Pocos escritores como Andrés Trapiello (León, 1953) han otorgado tan viva atención a la literatura y la memoria, un espíritu que impregna su obra, desde su ensayo canónico Las armas y las letras o la traducción al castellano actual que hizo del Quijote, hasta los 23 volúmenes de El salón de los pasos perdidos, esos dietarios a los que su autor se refiere como una 'novela en marcha' y de los que ahora se publica Quasi una fantasía, cuyas notas y apuntes corresponden al 2009.

El primero de los libros de aquella serie, El Gato encerrado, fue rechazado por cinco editoriales y, aunque ya se había publicado por entregas en el suplemento literario del Diario de Cádiz, fue el director de Pre-Textos, Manuel Borrás, quien editó en los años noventa el inicio de una obra que suma más de 12.000 páginas. Trapiello desea que se conozcan estos libros bajo ese paraguas: El salón de los pasos perdidos, en alusión a las estancias de las casas donde nadie se detenía, pero por donde debía pasar cualquiera que quisiera ir a alguna de los otras. Esos volúmenes, como aquellos salones, son el lugar de lo mínimo y lo fugaz, el espacio de la memoria.

Dos años después de publicar Madrid (Destino)el relato memorioso de la ciudad (que alcanzó 11 ediciones en diciembre pasado), Trapiello regresa con Quasi una fantasía, de Ediciones del Arrabal, un sello creado junto a su mujer y sus dos hijos para dedicarse exclusivamente a publicar los diarios del leonés. No le falta ajetreo al escritor, quien desde las páginas del diario El Mundo ejerce un columnismo intelectual y moralmente combativo en el que propone y desarrolla las paradojas éticas y estéticas de nuestro tiempo. Lo hace con la precisión y valentía de su pluma.

Trapiello regresa con Quasi una fantasía, de Ediciones del Arrabal, un sello creado junto a su familia para publicar su serie 'El salón de los pasos perdidos'

Tras la publicación y el impacto de su libro dedicado a Madrid, Andrés Trapiello recibirá la Medalla de Oro de la Ciudad de Madrid el próximo 15 de mayo, día de la festividad de San Isidro. En unos días especialmente agitados para la comunidad, que este 4 de mayo celebra elecciones anticipadas, el escritor contesta a Vozpópuli algunas preguntas relacionadas con la aparición de Ediciones del Arrabal y la publicación de Quasi una fantasía, también sobre ese Madrid que distingue y premia al leonés y, por supuesto, sobre las contradicciones y dobleces del quehacer intelectual en tiempos de turbulencia e impostación.

Su mujer y sus dos hijos forman ahora con usted Ediciones del Arrabal para publicar 'El Salón de los Pasos perdidos'. Ha explicado los motivos. Sin embargo, es curioso que los recuerdos de uno acaben siendo una empresa familiar, ¿no cree?

No es tan juego de espejos como parece. Para empezar se trata de unos libros, cierto, los de El Salón de Pasos perdidos, que se escriben como diario y se publican, pasados unos años, como una novela. Mi mujer y mis hijos saben que esos que están en esos libros son ellos a medias. Como lo soy yo mismo, el narrador. A partir de ahí todo es sencillo. Pero hay algo de verdad en lo que dices: podemos trabajar los cuatro juntos en algo así porque antes hemos aprendido a vivir juntos.

Dice que al viajar se amontonan los hechos, al escribir también. Si eso le ocurrió en 2009, imagínese de 2018 para acá. ¿Cuándo se toma conciencia de las cosas: al escribirlas o al reescribirlas?

El tiempo es el mejor consejero literario que hay. Hace una rápida criba. Asuntos, personajes, cosas que hoy nos parecen de una importancia capital, apenas dos o tres años después resultan microscópicas. No te digo si han pasado diez años. De modo que en estos tomos lo que decae como crónica se eleva como ficción. Y ahí es donde a mi modo de ver donde vuelve la realidad a ser más verdadera que nunca.

Quasi una fantasía es improvisación, musicalmente hablando. Usted va describiendo una España que ha sido recordada/escrita por el Trapiello que fue, así como reescrita y editada por el que es ahora. ¿Puede ser más complicada la simultaneidad de esta serie?

La fantasía es, en efecto, una improvisación. Por eso Beethoven le puso un quasi antes, cuando tituló así su Claro de luna. Quería dejar claro que había trabajado en ella, que no era algo espontáneo. Estos libros están muy elaborados, los corrijo siete u ocho veces, y todo para parecer que se trata de una improvisación. La gente te dice, qué naturalidad, están escritos de corrido. Y sí, siete u ocho veces. Pero lo importante no es el trabajo. El trabajo no ha de notarse nunca.

A mí me han llamado fascista desde que votaba al PSOE. Y lo voté durante veinticinco años. Al principio me extrañaba. Luego me ha hecho gracia, pero no le doy al hecho ninguna importancia"

“Andrés Trapiello, oficial memorialista de Segunda clase”, diría su tarjeta de visita. ¿No le parece que tras 23 volúmenes y 12.000 páginas podría ser más alta su gradación?

Yo soy un escritor de pobre, de la misma manera que hay libreros de viejo. Eso sí, pobre, pero de lujo, como le dijo Gaya a un amigo suyo.

¿La memoria es a Trapiello lo que Madrid es, por ejemplo, a Galdós?

Lo que más me ha gustado de escribir un libro sobre Madrid fue tener que leer doscientos o trescientos libros de la ciudad, meterme en la memoria de muchos que ya habían escrito antes que yo. Y eso fue fascinante. Cada uno de esos autores era una ciudad distinta dentro de la ciudad. Mi Madrid es otro Madrid dentro de Madrid. Es posible que tenga más ventanas y puertas que otros, porque a mí las casas me gustan con muchas ventanas y balcones y las ciudades con muchas plazas y jardines. Y si mi memoria parece extensa es porque se ha mirado en la memoria de cien más.

Le conceden la Medalla de Oro a un madrileño de León. Eso ocurre en un Madrid ‘crispado’ que plantea ‘Comunismo versus libertad’ o ‘Fascismo contra Democracia’. ¿Hay alguien removiendo conceptos de forma interesada? ¿Por eso amanecimos de pronto en la década de los años treinta o el asunto ya venía de lejos?

Esta es la ciudad menos nacionalista que conozco. Se ha repetido hasta la saciedad: en Madrid cabemos todos, aquí no se le pregunta a nadie de dónde es. La madrileñofobia ha sido siempre cosa de las provincias, principalmente las catalanas y las vascas, y de sus élites más reaccionarias y xenófobas. Ahora la madrileñofobia sin embargo la ha adoptado la izquierda reaccionaria, la misma que apoya a los nacionalistas y se apoya en ellos para gobernar.

La mayor parte de la gente de la cultura que conozco se dicen de izquierdas. Valientes, la verdad, no son mucho. En privado pueden confesarte su desacuerdo con los nacionalistas, pero, ay, amiga, como les pidas que hagan públicas sus discrepancias, ahí se te echarán atrás"

En sus columnas en El Mundo ha sido muy crítico con la superioridad moral de la izquierda intelectual. Imagino que lo habrán llamado fascista en más de una ocasión por eso. Doy por hecho que eso no le afecta. La pregunta sería: ¿recuerda algún momento en los últimos 20 o 30 años caracterizado por tanta bronca ideológica?

A mí me han llamado fascista desde que votaba al PSOE. Y lo voté durante veinticinco años. Al principio me extrañaba. Luego me ha hecho gracia, pero no le doy al hecho ninguna importancia, porque he visto que quienes me lo han llamado eran siempre los más zopencos. 'Las armas y las letras' significó el principio del fin de la patraña: los mejores escritores e intelectuales se pusieron del lado de la República. Eso ya no lo puede defender nadie porque sencillamente es mentira. María Zambrano está bien, pero Ortega y Gasset también. Lorca es un gran poeta pero no es mejor escritor que Azorín. Y así hasta trescientas comparaciones.

En ‘Las armas y las letras’ asegura que los escritores e intelectuales españoles se vieron obligados a escoger por la fuerza entre dos bandos, y la mayor parte de ellos llegó al final de la guerra a creer que estaban en el bando equivocado. ¿Ahora que pueden 'elegirlo’ y que tampoco hay ‘guerra’ han cambiado las cosas?

Habían cambiado. La tercera España, la de la Transición, por fin había ganado la guerra contra los hunos y los hotros, que decía Unamuno. Pero Pablo Iglesias está tratando de llevarlas exactamente adonde estaban: al Frente Popular, y arrastrando consigo al PSOE, que se ha inventado eso de las líneas rojas como un nuevo "No pasarán”. Antes de esta campaña yo pedí humildemente que no volvieran a circular ese "No pasarán", porque traería mala suerte: pasaron y se quedaron cuarenta años.

La Transición está siendo sometida a una revisión poco generosa. ¿Es extrapolable esa sensación de ajuste a otros campos, por ejemplo, la cultura y más concretamente al mundo editorial?

La izquierda domina desde luego el campo. La mayor parte de los escritores y gente de la cultura que conozco se dicen de izquierdas. Muchos se ponen una pegatina de "No a la guerra", pero se niegan a colocarte una de "No a ETA". Valientes, la verdad, no son mucho. Llevan una vida parecida a la tuya, ganan parecido a ti, viven en casas también parecidas, van a los mismo restaurantes, en asuntos que no comprometen su izquierdismo piensan más o menos parecido; incluso en privado pueden confesarte su desacuerdo con los nacionalistas, pero, ay, amiga, como les pidas que hagan públicas sus discrepancias, ahí se te echarán atrás. O reconocer que ese Sánchez es un vanidoso enloquecido y un embustero. Ahí se acabaron todas las bromas. En la cultura, fuera de la izquierda, se pasa mucho más frío.