Este libro arranca como un tiro: “No estoy tremendamente enfadada, que también: estoy hasta el coño de lo trans. Nota aclaratoria: me he re-ti-ra-do, me jubilo, quiero que me den una paguita o al menos una pensión por los servicios prestados a la causa posmoqueer”, confiesa la autora. Estamos ante un ensayo de quemazón, pero también de combate, titulado Después de lo trans: sexo y género entre la izquierda y lo identitario (La Caja Books). Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000) quiere dejar de ser activista trans, dedicarse a otras facetas de su vida, porque bastante ha aportado ya apareciendo desde los catorce años en diversos medios para hablar de 'lo suyo', entre ellos Crónicas marcianas, El País de las tentaciones, Telemadrid, Cuatro y hasta visitando First Dates.

El libro termina mejor todavía: “Aspire así la izquierda a ser un conservadurismo progresista, una suerte de religión laica; porque es el otro quien nos salva, es el amor quien nos mueve. Impidamos, en definitiva, que lo que nos queda de mundo se deshaga. Amén”, proclama. Las referencias religiosas no son casuales: justo antes de escribir esto ha compartido un pasaje del evangelista Lucas, más radical que cualquier manifiesto revolucionario. Habla de dispersar a los que “son soberbios en su propio corazón” y de un Dios que “derribó los potentados de su trono y exaltó a los humildes".

No se asusten: es un libro muy pegado a debates terrenales, a polémicas contra amigos como el filósofo Ernesto Castro, contra ‘popes’ de lo queer como Paul B. Preciado y contra periodistas en sus antípodas como el marxista Daniel Bernabé, autor del exitoso La trampa de la diversidad (2018), el ensayo reciente que más irrita a la izquierda española. Son muchas batallas, así que vamos por partes.

Páginas delirantes

La primera entrevista que hicimos a Duval en Vozpópuli incluía algunos comentarios críticos sobre los ensayos de Preciado, también sobre su estilo de vida, que levantaron gran polvareda en redes, seguramente porque hasta entonces todo el mundo le había tratado con excesiva reverencia. Duval cuestiona muchos de sus textos por pretenderse teoría cuando en realidad están más cerca de la literatura y el arte, dos campos más pendientes de la estética que del rigor. También habla con admiración de algunos de sus libros, sobre todo el premiado Pornotopía (2010), ensayo sobre las fantasías hegemónicas masculinas cristalizadas en la estética de la revista Playboy durante los años de la Guerra Fría.

La joven filósofa rechaza el estilo de la izquierda contracultural, que hoy sirve de decorado para anuncios de Gucci

Cuando algo no le suena convincente, lo explica con claridad, como su decepción ante el bajo nivel de la recopilación de artículos periodísticos Un apartamento en Urano (2019). “Hay páginas particularmente delirantes, como las dedicadas a la Cataluña trans, en las que compara la autodeterminación de una nación sin estado con el proceso de la desidentificación con el género, y desea que un imaginario Estado sin nación se desidentifique también”, escribe. “Son textos bellísimamente escritos, aunque muchas veces panfletarios y no demasiado profundos o sistemáticos”, añade, con toda la razón.

La autora rechaza los viejos modos de la izquierda contracultural, tan resistentes a la disolución: “No puedo señalar lo simbólico de que el discurso de Paul B. Preciado sobre el régimen epistemológico binario de la diferencia sexual acabe siendo un mero decorado para un anuncio de Gucci mientras él proclama, en tono sesentayochista, la necesidad de una ‘revolución del deseo’”, denuncia.

Más allá de 'La Veneno'

No se equivoquen: este libro no es una colección de reseñas culturales ni un ajuste de cuentas, sino un manual para situarse en las actuales trincheras de lo trans. Define los conceptos clave, no elude confrontar con feministas excluyentes (las famosas TERFs) y disecciona los intereses electorales de la actual guerra entre los dos socios de gobierno, PSOE y Podemos, hace meses a la greña debido a la ley de Irene Montero. Las explicaciones de Duval nos libran de mucha maleza, como cuando señala la distorsión encerrada en datos mil veces repetidos, como el que dice que el 80% de las personas trans están en paro. Esa cifra “surge de la nada como instrumento argumentativo a través del cual construir unas víctimas”, destaca. Apoya su postura en un informe de la UE, que explica que realidad es mucho menos dramática: la mitad de los trans tienen trabajo y uno de cada cuatro es estudiante, aunque ciertos subgrupos dentro de la población trans sufran el paro muy duramente. No hace falta distorsionar la realidad para reclamar derechos legítimos.

La autora no rechaza la religión, ni el patriotismo, ni otras cuestiones polémicas para la izquierda

Duval hace crítica cultural de primera categoría, como demuestra su deshollamiento de Veneno, la exitosa serie de Los Javis. Reconoce que el producto es un paso adelante, pero cuestiona sus recursos narrativos facilones, sus excesivas libertades respecto a la historia real y su condición de producto audiovisual "ultraprocesado" (todo ello sin dejar de admitir su eficacia). “El gran problema de Veneno es cómo, sistemáticamente, desplaza el foco de la violencia o lo difumina de maneras sutiles. En un ‘travelling’ particularmente abyecto, el perro de La Veneno arde en un microondas mientras ella se pelea con su novio italiano; el perro, como fetiche, concentra toda la violencia de la escena, acapara la atención y nos distrae a la hora de concebir cómo se ejecutan los actos violentos”. Lo cual no quita el mérito de que, considerando la serie completa, familiares de la protagonista y un buen número de personas trans puedan encontrar parte de su dignidad reconocida o rehabilitada por esta obra.

"Dejadme en paz"

Sobre la batalla de moda de la izquierda, la de las identidades y diversidades, Duval tiene una postura tan radical como razonable. Argumenta su rechazo al ensayo de Bernabé para después admitir que está de acuerdo con otro en la misma línea, que considera más sólido: nos referimos en concreto al capítulo “La izquierda cultural” del libro Achieving our country (1998), del prestigioso pensador estadounidense Richard Rorty. Duval reconoce aciertos en algunas intuiciones de “quienes han situado el marco de lo político como un conflicto entre globalistas y nacionalistas o patriotas”.

Escribo este libro para que, finalmente, no vuelvas a preguntarme, lector, ni tú ni nadie como tú, sobre lo trans, sobre la concepción de lo trans, sobre mil debates que no me interesan"

También admite que “para reunir una izquierda que pueda ganarle la carrera a un fascismo real o imaginario, a un ascenso de los hombres fuertes, tenemos que conseguir un sentimiento común de pertenencia a algo superior”. Y no hace ascos a la religión, el patriotismo ni a “cuestiones que a lo mejor a ciertos académicos o izquierdistas tradicionales no le gustan mucho”. Es una caricatura decir que estamos en un debate de obreristas contra sujetos queer que fluyen al ritmo del mercado liberal, ya que existen más posiciones, mejor razonadas y mucho más cercanas de lo que parece entre quienes debaten.

La autora no busca consolidar su firma como voz referente de lo trans, sino que aspira a que ninguna vida quede condicionada por los prejuicios sociales que todavía genera la etiqueta. Su motivación para escribir este libro es que la dejen en paz: “Escribo este libro para que, finalmente, no vuelvas a preguntarme, lector, ni tú ni nadie como tú, sobre lo trans, sobre la concepción de lo trans, sobre mil debates que no me interesan. Lo escribo para poder, después, escribir libremente a partir de aquello sobre lo cual sí quiero escribir. Ojalá lo consiga: podré decir entonces que el mismo texto que define mi condena es el que me otorga la libertad. Y volveré, en fin, a escribir por, para, y buscando el placer”. Hay que decir “amén” a este ensayo oportuno, desafiante y de alto voltaje cultural.