Cultura

Los otros trabajos de los escritores: cuando escribir no paga la renta

Este primero de mayo, día del Trabajo, conviene recuperar esos otros oficios a los que tuvieron que dedicarse muchos autores a quienes la literatura (entonces) no les daba para pagar el alquiler.

Una composición con los retratos de Juan Marsé, de joven, en el taller de joyería donde trabajó.
Una composición con los retratos de Juan Marsé, de joven, en el taller de joyería donde trabajó. Teresa García

Hay cosas que se saben, hasta el hartazgo. Que Kafka vendía seguros y Borges fue bibliotecario. Que Jack London sobrevivió como cazador de ballenas en el Ártico y Charles Bukowski trabajó durante muchos años de cartero. Que Sidonie Colette era peluquera y George Orwell pasó de ser policía en Birmania a vivir lavando platos en Londres. Que Gorki trabajó como auxiliar de cocina en el Volga o Saint-Exupéry aviador. De los personajes que ya no viven conocemos esos trabajos forzados –como dice la italiana Daria Galateria–  que llevan  adosados a su biografía y que tuvieron que ejercer para ganarse la vida porque entonces la literatura no les daba. Pero hay historias mucho más recientes que vale la pena recuperar y qué mejor ocasión para eso que la celebración del 1 de mayo, día del trabajador.

Vargas Llosa fue escritor fantasma de señoras adineradas, Juan Marsé trabajó de muy joven como joyero, Bolaño vendió abalorios...

Aunque él diga que su primer trabajo se lo ganó en el patio del Leoncio Prado escribiendo cartas de amor para los cadetes, la verdad es que su vocación de escritor fantasma se estiró largamente durante su juventud. En sus años parisinos, el premio Nobel Mario Vargas Llosa trabajó en la Agencia France Press y en la Radio Televisión Francesa, también como profesor de español en la Escuela Berlitz. Entre una cosa y otra, se dedicó a escribir novelas en nombre de una adinerada señora que le contaba durante largas horas sus viajes por África para convertirlas en un libro que ella firmaría –ese es el argumento de la obra teatral Katie y el hipopótamo- y también hizo guiones de radionovela –La tía Julia y el escribidor refleja esos episodios-. Ya convertido en celebridad del Boom, hizo de director de cine en la adaptación de su novela Pantaleón y las visitadoras y hasta tocó el palo de actor teatral, al que volvió en su vejez recientemente en el teatro español.

Pero hubo quienes cultivaron oficios manuales o artesanales para ganarse la vida. Juan Marsé trabajó de muy joven como joyero. Acaso porque los años en un taller engarzando broches y pequeñas piedras  le hicieron un hombre que comprende el detalle –Nabokov insistía en el poder que tienen esos pequeños gestos-, Marsé comenzó a desarrollar con los años una prosa llena de hermosas volutas y recreaciones. Metáforas precisas. Cierres como broches. Sobre ese tema, el escritor barcelonés comentó algo a este diario en una entrevista. “Yo fui operario en un taller de joyería, o sea, hacía sortijas, pendientes, broches, etc. , pero no engastaba piedras preciosas en esas joyas, eso lo hacía el engastador, que trabajaba por su cuenta en su propio taller. El trabajo artesanal siempre me interesó: escribir a mano me sigue gustando más que hacerlo en el ordenador”.

“Yo fui operario en un taller de joyería, o sea, hacía sortijas, pendientes, broches, etc. Siempre me interesó el trabajo artesanal. Todavía escribo a mano"

Juan Benet era ingeniero y en innumerables ocasiones proyectó pantanos y presas de agua, entre otras obras civiles de la España de los años cincuenta y sesenta. Hubo uno de esos proyectos, el Pantano de Porma que se convirtió –por decirlo de alguna forma- en una creación que marcó la vida de muchas personas y que Julio Llamazares ha recuperado recientemente en una novela que lleva por nombre Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara). En 1968, Benet proyectó una presa que obligó a anegar y sepultar los pueblos de Vegamián, Ferreras, Armada, Campillo, Quintanilla y Lodares. Miles de familias tuvieron que abandonar sus hogares, incluyendo la familia de Llamazares, que convirtió aquella historia en desagravio y argumento literario.

A Pío Baroja se le atribuye el oficio de panadero, aunque no fue exactamente así. Siendo muy joven, su familia heredó de una tía la panadería Viena Capellanes. Se trataba de la viuda de Matías Lacasa, el comerciante que introdujo en España el tipo de la barra de Viena. AL tratarse de un matrimonio sin hijos, la mujer de Lacasa dejó  la panadería a los hermanos Baroja. Lo intentó un tiempo como oficial de masas, pero el paso fue fugaz y bastante puntual. Uno que sí tuvo que volcarse en trabajos de muy distinto tipo fue Roberto Bolaño, tanto en sus años de juventud como en la edad adulta, cuando aún no había estallado como un autor reconocido. Ya en Blanes, en Girona, se dedicó a atender una tienda de abalorios, pero ya en México DF tuvo que vender lámparas por toda la ciudad. Ya después se centró por completo en su obra e incluso se presentó a cuanto concurso literario de convocaba, para vivir del metálico de los premios.


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