Cultura

Bruce Springsteen: ¿se quedó sin gasolina?

Su nuevo álbum recibe elogios y bofetones por su falta de emoción

Springsteen afronta el invierno de su carrea
Springsteen afronta el invierno de su carrea

Cada nuevo disco de Bruce Springsteen desata una cascada de elogios, como es normal en un dios del rock que ha proporcionado décadas de placer a sus devotos. Ignacio Juliá, el crítico rockero más respetado de España, saluda Letter To You como una gozosa vuelta a casa después años “errando el camino no una, sino varias veces”. Culpa a la “depresión” y a “ambición” de Bruce de haber despedido a la E Street Band a finales de los ochenta y celebra este nuevo reencuentro. Julio Valdeón, nuestro columnista más musiquero, garantiza en la web Efe Eme que el disco satisfará plenamente a la parroquia: “En el supuesto de que alguna vez hayas vibrado con Springsteen y la pandilla de la calle E, y si debes algo a esta gente, cuando llegues a I´ll see you in my dreams, dopado de placer y pellizcándote por lo bueno que es el disco, hasta pudiera ser que te sorprendas llorando”, advierte. El más eufórico, a bastante distancia, es Fernando Navarro de El País, que escribe que el nuevo álbum es “comparable a todo su glorioso pasado, ese al que siempre se acude para reprocharle lo lejos que había quedado de todo lo que nos dio, nos enseñó y nos iluminó. Aquel cruzado del rock and roll tiene aquí una redención asombrosa”, opina.

Entre los escépticos destaca Héctor G. Barnés, colaborador de la biblia rockera Ruta 66. “Uf, cuánto entusiasmo con el disco de Springsteen. Ha cometido el gran pecado que le faltaba: abrazar la autorreferencialidad hasta caer en el pastiche. Que lo mejor sean tres temas de los años setenta lo dice todo. Mejor o peor, el disco más autocomplaciente de una carrera que no lo es”, explicaba en su cuenta de Twitter. No se trata exactamente de que el disco no le guste, sino de cierta sensación de artificialidad que le deja frío. “El disco está bien, supongo, ni mucho peor ni mucho mejor que los últimos de Lucinda Williams, Steve Earle o Chuck Prophet (que no son de lo mejor suyo). Pero hay algo impostado, forzado, que impide que por mucho que lo escuche pueda emocionarme”, añade poco después. Puede parecer un reproche suave, pero es un duro gancho para un artista que siempre ha vendido emoción y autenticidad.

Springsteen parece haber caído en la misma trampa que sus imitadores, pensar que la E Street Band son sus clichés más evidentes", reza la reseña del foro de fans español

Barnés se ha encargado de la reseña que publicó este jueves por la tarde Point Blank, club de fans histórico de Springsteen en España. Su valoración no gustará a los incondicionales del rockero de Nueva Jersey: “Springsteen parece haber caído en la misma trampa que sus imitadores, pensar que la E Street Band son sus clichés más evidentes y no una orgánica entente capaz de crecer con cada nueva canción y adaptarse a las necesidades de su autor, la más virtuosa banda que el rock jamás ha existido, reducida aquí a fetiche sonoro acoplado a un puñado de canciones que sufren algunos de los defectos más comunes del Springsteen reciente, desde su vaguedad lírica a su conformismo musical”, opina. Por cierto, hay que aplaudir la valentía de Point Blank al no encargar la crítica a la firma más entregada a la causa, algo poco habitual en foros de este tipo.

Trump, Bush, Nebraska...

Aunque salva un par de canciones, el balance es devastador: “Uno de los discos peor secuenciados de su carrera. La ñoña The Power of Prayer vuelve a sufrir a una E Street Band con el piloto automáticopuesto, como si por su intento de reencontrarse con aquella naturalidad de Darkness (grabar en una o dos tomas, antes de que cada músico se familiarice demasiado con su canción), confundiese espontaneidad con desidia. Tampoco mejora House of a Thousand Guitars, torpe intento de recuperar el aliento épico de Jungleland ('de las iglesias a las cárceles' incluido) que aterriza en una canción tan invernal como la extraña portada, frío autorretrato que parece contradecir el contenido del disco. Es el centro del álbum para Springsteen, pero de nuevo suena a ya oída. Rainmaker fue escrita en la era Bush y eso es, un descarte de la época que coge las sobras de ayer para atizar a Trump y los trumpistas. Una revisión del ritmo marcial de Born in the USA pasada por el filtro de los arreglos de cuerdas levemente celtas de Brendan O’ Brien que apunta interesantes direcciones sonoras. I’ll See You in My Dreams es una nana acústica que no cuenta nada que no contase mejor y con más gracia We Are Alive, lamenta.

"El último gran disco de Bruce Springsteen salió a la calle el 30 de septiembre del 82, es decir, hace 38 putos años", escupe el escritor Luis Boullosa

Más a cuchillo va Luis Boullosa, firma emblemática del rock ‘undergound’ patrio y responsable de la revista de culto Karate Press. Agárrense fuerte: “Friendly reminder para los obcecados: el último gran disco de Bruce Springsteen salió a la calle el 30 de septiembre del 82, es decir, hace 38 putos años. Dejad de poneros en ridículo”, proclama en su página de Facebook. Seguramente Boullosa representa a los románticos que piensan que la magia se perdió cuando la E Street Band se zambulló en el circuito de las giras por grandes estadios. “Mi orden es The Wild, de Innocent & the E Street Shuffle de primero por varios cuerpos, y después empatados dado su enfoque casi opuesto, Born to Run y Nebraska;Greetings From Absury Park y Darkness On The Edge Of Town están bien; The River y Born In The USA tienen un pase. El resto es prescindible, cuando no atroz”, sentenciaba hace unos días.

Decepción entre los fieles

Contra todo pronóstico, los juicios más implacables se encuentran en Backstreets, el foro oficial de fans de Estados Unidos. Vamos con un ‘zapping’. “Hasta ahora, la canción Queen of the supermarket se consideraba la peor de la memoria reciente, pero al menos la manera de cantar transmitía la sensación de defender lo que estaba diciendo y la banda intentaba y lograba que sonase fresca y nueva. Esta vez cuesta defender que en este álbum lo han hecho lo mejor que han podido. No había ninguna razón por la que la E Street Band deba ser arrastrada a este sinsentido previsible para complacer a las masas de estadio”, opina un participante. “Soy incapaz de escucharlo entero. Los dos primeros sencillos ya me hicieron exclamar ‘uh uh’ y el álbum no ha cambiado esa impresión en absoluto. Me esfuerzo y no consigo sentirme ni remotamente excitado por este disco”, admite otro.

Por supuesto, mandan las visiones entusiastas, pero no faltan los grandes varapalos: “Es un disco muy irregular, principalmente por culpa del nivel de composición. Hay demasiadas diferencias entre las canciones antiguas y los nuevos temas, lo cual pasa factura en la coherencia”, remata un tercero. Los periodistas musicales solíamos ser más exigentes y picajosos que los fans de infantería, pero parece que cada vez más se invierte está dinámica. También hay criticas al alto precio del álbum en vinilo: 35.99 dólares por una extensión de tres caras (no llega a doble álbum). Eso y pasar por caja para ver el documental exclusivo de Apple TV, mientras ahorras en la hucha para poder pelear con miles de personas cuando salgan a la venta las entradas de sus conciertos, que no suelen ser precisamente baratas. “Cada vez está más claro lo que quiere Springsteen de sus fans”, denuncia alguien del foro.

Icono obrero en entredicho

Más madera: en los últimos tiempos, al mito de Springsteen le han ido saliendo grietas. Por ejemplo, respecto a su condición de icono de la clase trabajadora estadounidense. La crítica mejor articulada contra el imaginario laboral de Springsteen la ha formulado Ben Hamper, un operario raso de General Motors, amigo íntimo de Michael Moore y autor del clásico Historias desde la cadena de montaje (1992), publicado en España por Capitán Swing. Hamper disfruta las canciones del rockero de Nueva Jersey, pero tiene una objección seria a la imagen pública que ha ido construyendo el músico a los largo de los años. “Mis críticas hacia él no nacen de la ira, más bien se trata de un grito de guerra destinado a que otros trabajadores se definan a sí mismos a través del arte. Siempre me he sentido muy incómodo cuando un multimillonario intentaba definir a la clase obrera”, explicaba. El propio Springsteen, gesto que le honra, bromeó con el asunto en un concierto en 2018: “Nunca en mi vida he trabajado cinco días por semana Nunca he visto el interior de una fábrica. He tenido un éxito salvaje y absurdo escribiendo sobre algo de lo que no tengo absolutamente ninguna experiencia personal. Me lo inventé todo”, admitió antes su fans.

"Me gustaría que existiera más gente dispuesta a admitir que un álbum como 'Workin On a Dream' es una mierda falsa y populista", decía una reseña de 2009

Algo parecido describía una reseña de Working On A Dream (2009) firmada por un tal John Starkey III en el Philadelphia Weekly: “Como alguien que ha trabajado la mayoría de su vida en imprentas, fábricas de cristal y almacenes cutres, puedo decir que este tipo de trabajo no es divertido en absoluto. En realidad, apesta. Ponerle una capa de pintura romántica encima es insultante. (…) Springsteen siempre se ha esforzado por presentarse a sí mismo como un hombre corriente, pero en realidad publicó su primer disco a los veintitrés años. A no ser que empezara a trabajar en una mina de carbón a los siete, sabe muy poco acerca de ese trabajo duro-y-aburrido-que-te-deja-hecho-un-guiñapo sobre el que escribe con tanta sinceridad. (…) Todos necesitamos héroes y gente a la que idolatrar. Yo no soy diferente. También busco puntos de referencia en estos tiempos duros: necesitamos oxigenarnos con historias escapistas más grandes que la vida. No voy negar el poder de Born To Run. Simplemente me gustaría que existiera más gente dispuesta a admitir que un álbum como Workin On a Dream es una mierda falsa y populista. Y mejor no empecemos a hablar de letras como We Take Care Of Your Own. Springsteen no es tan malo como para demonizarlo, pero tampoco tan bueno como para convertirle en un santo”, razonaba.

En realidad, tienen razón escépticos y eufóricos. Por muchos fallos que le veamos a este nuevo trabajo, el hecho de que no exista recambio claro para su figura confirma la grandeza artística de El Jefe. Hoy el rock de estadio agoniza entre propuestas zombies como Bon Jovi, autoparodias con esteroides tipo Lenny Kravitz y campeones de lo insípido como Imagine Dragons. Solo quedan U2 y los Rolling Stones, ambos reducidos a bandas de autotributo, que ya deben de ir por la décima gira en que explican lo buenos que eran treinta o cincuenta años atrás, cuando enregaron sus últimos grandes álbumes. Es normal que los adictos al rock clásico saliven con la idea de salir de la pandemia acudiendo a otro recital del Boss, aunque su voltaje escénico se haya desplomado después de la gira de The Rising, en la temporada 2002/2003. Hace tiempo, seguramente desde The Ghost of Tom Joad (1995), que El Jefe no escribe canciones solo para sus fans, sino también para la historia con hache mayúscula, intentando poner su figura a la altura de iconos nacionales como John Steinbeck. En todo caso, como decíamos, la misión está requetecumplida. Se ha ganado el derecho a retirase cuando le plazca.

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