¿Es posible establecer cuáles son las reglas del amor, del sexo y del deseo? Y, si fuera así, ¿cómo se podría crear un decálogo sin caer en contradicciones ni paradojas, y sin dinamitar los epígrafes que uno defiende con total seguridad? El cineasta francés Emmanuel Mouret quiere demostrar que tan humano es resistirse a las tentaciones como caer rendido a ellas, por lo que propone al espectador divagar por los absurdos de los sentimientos, las emociones, el placer y el dolor en su película Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, uno de los filmes más alabados de este atípico año en Francia que llega este viernes a los cines españoles.

En una semana eclipsada por el estreno de la novena entrega de Fast & Furious, llamada a ser uno de los taquillazos del verano y la cinta que podría salvar por fin a los cines del declive de las cifras de taquilla, la cartelera hace hueco también a la apuesta romántica de Mouret, que escribe y dirige. Curiosamente, mientras que la nueva cinta de la franquicia de acción protagonizada por Vin Diesel es la "superproducción planetaria" que se presentará en el Festival de Cannes en unos días, Las cosas que decimos, las cosas que hacemos lleva el sello de este certamen francés, al haber sido seleccionada para participar en la edición de 2020 que finalmente no se celebró.

Por un lado, la primera es la apuesta segura para devolver el brillo a los cines que ni Cruella, ni Un lugar tranquilo 2 ni la comedia española Operación Camarón han logrado aún -a pesar de contar con los mejores ingredientes-, ya que Fast & Furious 9 cuenta con una fórmula infalible para engordar la taquilla que no sorprende, a base de coches, velocidad y adrenalina. La segunda, por su parte, es una arriesgada toma de contacto con un público que vuelve poco a poco a reencontrarse con los cines y que busca historias que, en lugar de desconectar, le ayuden a conectar con una realidad que hace tiempo que dejó de contemplar.

Las relaciones y el contacto que la pandemia ha frenado desde marzo de 2020 se convierten en esta película en una coreografía sin pausa y en un banquete sensorial. Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, premio Lumière a la mejor producción del año, premio de la crítica francesa y trece nominaciones a los César del cine francés, arranca en las idílicas vacaciones en la campiña francesa de Maxime, un aspirante a escritor que busca tranquilidad para crear. Allí le espera Daphné, embarazada de tres meses, la pareja de su primo, ausente por cuestiones laborales. Durante cuatro días, ambos tendrán tiempo para compartir sus historias de amor y de deseo que les acercarán irremediablemente.

Sexo, amor y placer: la sombra de Rohmer

En esta película, Mouret se dedica a contemplar el amor y poner de relieve las contradicciones, los caprichos y las confusiones de todos los personajes en los que fija su atención y, en especial, de quienes sientan cátedra en las cuestiones del amor y que, antes o después, caminan justo en sentido contrario al que siempre habían mirado. Sus personajes son vulnerables y son inconstantes, tanto que en ocasiones parece que sus gestos y sus reacciones son desproporcionadas, fruto de la ficción, quizás por el microcosmos en el que se mueve la acción, tal y como observa esta redactora de Vozpópuli. Pero uno pronto descubre que nada en esta película es exagerado.

Mouret es un cineasta que lleva con orgullo la tradición de la Nouvelle vague y que se convierte en fiel heredero de las enseñanzas de Éric Rohmer, uno de los directores que mejor se mueven en la tarea de la conversación"

Si algo queda claro en esta cinta es que Mouret es un cineasta que lleva con orgullo la tradición de la Nouvelle vague y que se convierte en fiel heredero de las enseñanzas de Éric Rohmer, uno de los directores que mejor se mueven en la tarea de la conversación. El espíritu de sus personajes, inseguros y frágiles, en pleno descubrimiento o redescubrimiento del amor y el desamor, como se puede ver en Pauline en la playa (1983), calan en la película de Mouret.

Lo cierto es que este cineasta se deja llevar por el sentimentalismo -en su justa medida- y, al acompañar sus planos con música de Debussy (Claro de luna) o Tchaikovsky (Barcarola), todo parece más serio que Rohmer, más triste o más profundo, si no fuera por lo cómica, absurda y ridícula que puede resultar la vida vista desde el prisma de un narrador que observa con tanta puntería y precisión.