Podemos repetir mil veces un debate cíclico, pero no por ello conseguiremos que desaparezca: es lo que pasa desde hace muchos años con la cuestión del drag y la misoginia. El lector menos atento quizá ni siquiera sepa lo que es el drag, a lo cual ofrecemos la siguiente respuesta: una serie de prácticas normalmente escénicas que denominaríamos, qué sé yo, como típicas del transformismo, asociadas normalmente a una subcultura queer en la que hombres —pero no solo—, normalmente homosexuales —aunque no exclusivamente— se visten como “mujeres” —muy entrecomilladas— de forma exagerada, implicando bailes, performances, a veces lip-syncing y otras variantes. Trazar una genealogía del drag nos llevaría por un camino larguísimo, así que vamos a evitarlo; confiesa la autora de estas líneas, además, que ni siquiera está capacitada como para hacer lo propio con el drag español, del cual no sabe tanto y desconoce un mundo entero. En cambio, preguntémonos: ¿qué está sucediendo, una y otra vez, cuando hay mujeres que señalan a ese drag como una expresión misógina, un ataque a sus existencias, una ofensa?

Drag Race España tiene sus pequeñas variaciones en relación al formato original; lo primero, se hace en España, lo cual no es poca cosa, ya que condiciona la posición económica y el acceso a distintos recursos de los concursantes, fundamental para la calidad de sus vestidos, pelucas o actuaciones; lo segundo, cambia el presentador y su carácter, de RuPaul en el original a Supremme de Luxe en la versión patria; lo tercero, la amplia aceptación de la existencia y derechos de una parte del colectivo tiene su reflejo en la atmósfera del reality, y nos sería mucho más difícil imaginar que en otros países hasta cuatro participantes llegaran a mencionar su relación con las identidades no binarias. Pero esto no evita la polémica, y menos aún en un momento tan cercano a la aprobación de la Ley Trans: como el resto de ediciones, esta no ha estado exenta de las clásicas acusaciones de misoginia, al estar supuestamente reforzando los estereotipos femeninos más clásicos y mofándose de la opresión de las mujeres.

El hecho de que haya misoginia ampliamente extendida en el colectivo gay —lo cual es un hecho— no implica que sus acciones vayan a ser de por sí misóginas; además, en muchas ocasiones, las formas de recriminarlo se parecen más a versiones clásicas de la homofobia que a preocupaciones genuinas, proyectando una sombra de sospecha sobre el colectivo homosexual en general, o considerando a todos los gays como misóginos que estarían aprovechando del aspecto físico de las mujeres para ascender en la escala social y obtener privilegios. Los argumentos por aquí entroncan de forma muy curiosa con algunas reacciones muy vehementes a la existencia trans en general, como la de Janice Raymonds hace cuarenta años, cuando proclamaba que lo trans —y también, claro, el travestismo o el transformismo— constituía poco más que la posesión masculina del cuerpo de las mujeres y una fantasía perversa de la dominación de los hombres; no contentos con poseerlas sexualmente, querrían convertirse en ellas para dominarlas en todos los planos y ámbitos.

Los sagrados paisajes uterinos

Las similitudes con el discurso contra la Ley Trans, ojo, no acaban aquí. Muchas de las defensas de lo drag han hablado de cómo estas prácticas tendrían el potencial para desvelar el carácter socialmente construido del género, mostrándolo como una teatralización, en este caso consciente, o como una “ficción regulatoria”, hasta con potencial subversivo; estas interpretaciones son interesantes, sí, pero no me parecen aquí fundamentales. Lo que observo en quienes tantísimo se preocupan porque unos hombres se maquillen excesivamente, se pongan una peluca y ridiculicen unos roles por otra parte criticadísimos no es sino una defensa a ultranza de la identidad, de la propia, de la esencia de lo femenino, como si esta esencia o sus roles sólo pudieran pertenecer al colectivo de las mujeres.

Detrás de quienes se escandalizan hay una moral antigua, identitaria y victimista de la cual haríamos bien en deshacernos

El repliegue identitario, en el caso de la reacción transexcluyente, ha llegado hasta el punto de reclamar lo sagrado de los pasajes uterinos o caer en magufadas esencialistas sobre mistiquísimos vínculos entre las mujeres y la Pachamama; lejos de ser el modelo a derribar, la consecuencia inmediata de la opresión, la identidad de las mujeres como víctimas execradas, oprimidas e insultadas se ha convertido en algo a defender frente a supuestos intrusos o invasores, como serían tanto las mujeres trans como peligrosos queers o maricones misóginos que se atreven a colocarse una peluca en la cabeza.

¿Se ríe Drag Race España de las mujeres? De lo que se ríe es, a lo mejor, de una idea inamovible de la mujer, una movida casi platónica, un modelo impuesto que, según ciertas personas, no habría de provocar carcajada alguna —no como el resto de opciones del catálogo mundial de la opresión, todas ellas bien dispuestas y preparadas para la sátira—; de la imposibilidad de cumplir con esos estándares, de la imposición de acercarse a ellos como una asíntota, de la facilidad para que caigan las máscaras. Desde aquí, un saludo a la alegría y liberación que caracteriza al programa, aunque no a la cobardía de una cadena de televisión que decide sólo emitirlo para una audiencia privilegiada y suscrita a su canal digital —no vaya a ser que los espectadores de la cadena normal se conviertan en invertidos—: detrás de quienes se escandalizan hay una moral antigua, identitaria y victimista de la cual haríamos bien en deshacernos, igual que haríamos bien en proponer políticas —feministas, pero en general— menos identitarias y menos apegadas a nuestras casillas tan pequeñitas. Lady Gaga cantaba aquello de “Don’t be a drag / Just be a queen”; si tuviéramos que traducir su letra a una versión española, diríamos, a lo mejor, que en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo. Entienda quien quiera entender.

Drag Race España se emite en ATRESplayer Premium