En la conmemoración del 23-F el rey Felipe VI tuvo el gesto de recordar la intervención providencial de don Juan Carlos para hacer fracasar el golpe de estado. En un momento en que la ultraizquierda y los separatistas bombardean su figura, quienes no vivieron aquel trance agónico del 23-F tienen, en cambio, la imagen del rey Juan Carlos como el cazador de elefantes o el amante de Corina, un personaje del obscuro pasado que vive en un exilio no declarado bajo el amparo de príncipes árabes.

La Historia de España en la Edad Contemporánea ha sido tan agitada, que en realidad todos los antecesores de Juan Carlos I desde inicios del siglo XIX han conocido la expatriación: Carlos IV, Fernando VII, José Bonaparte, Isabel II, Amadeo de Saboya, Alfonso XII (éste cuando era príncipe) y Alfonso XIII han saboreado la amargura de abandonar el país forzados por la derrota política. Por cierto, la dos Repúblicas que se plantearon como alternativas a la Monarquía también terminaron mal, derribadas por golpes de estado.

Entre el primero de esa lista, Carlos IV, y Juan Carlos I, se puede trazar no sólo una línea de destino histórico repetido, sino también un vínculo anecdótico, pero significativo. Nos lo revela el retrato de aquel primer rey exilado que ilustra estas páginas, en el que el parecido de Carlos IV con Juan Carlos I es asombroso.

En 1818, poco antes de morir en Nápoles, Carlos IV se hizo un retrato de cuerpo entero para regalárselo a su hermano menor, el rey Fernando I de las Dos Sicilias. Según algunas fuentes, el retrato lo pintó en Roma el ya anciano pintor alicantino Carlos Espinosa, aunque otras lo consideran un anónimo de escuela napolitana. Aunque tanto la pose como el atuendo de Carlos IV pretenden ser los mismos de los retratos de Goya, el rey aparece desprovisto de la peluca que resulta inseparable de su imagen. Es eso lo que nos hace fijarnos en una forma de la cabeza, unos rasgos faciales e incluso una expresión que se parecen mucho a los de don Juan Carlos.

Cuando vi por primera vez este retrato hace más de 30 años, ya reparé en el parecido físico del antepasado y el descendiente, pese a la diferencia de edad, pues en aquella época don Juan Carlos estaba por los 50 años, mientras que Carlos IV tenía 70 al retratarse. Pero el paso del tiempo ha acercado las edades de ambos, incrementando la semejanza, y además Carlos IV tiene en el cuadro una mirada entre triste y melancólica que también han puesto los avatares de la vida en don Juan Carlos.

Una corte en Roma

Carlos IV es el único monarca que perdió dos veces el mismo trono. En marzo de 1808 el Motín de Aranjuez, un golpe de estado animado por su hijo, le obligó a abdicar en Fernando VII. Pero el 1 de mayo de ese mismo año, en la ciudad francesa de Bayona, Fernando VII le devolvió la corona por presiones de Napoleón, y el 6 Carlos IV abdicó a su vez en favor del emperador francés. A cambio de esa renuncia, Napoleón le aseguraba que conservaría la consideración y tratamiento de rey, y una generosa renta anual para sostener su “corte”.

La primera etapa de ese exilio dorado y pactado la vivió Carlos IV en Compiegne, población cercana a París donde ocupó en junio de 1808 un palacio que había sido residencia de los reyes de Francia. Llegó acompañado de su esposa María Luisa, de dos de sus hijos, de su favorito Godoy y de un séquito de 250 cortesanos y criados, con gran aparato de carrozas y 200 caballos.

Compiegne sin embargo resultaba aburrido y frío, y en septiembre de 1808 se trasladaron a Marsella. Allí pasaron la etapa más agradable de su expatriación, residían en un palacio de la ciudad pero también alquilaron una villa campestre, conocida desde entonces como Chateau du Roy d’Espagne, donde mantenían animadas veladas sociales. En Marsella, Carlos IV podía llevar una doble vida, como rey con todo su boato cuando salía al paseo diario en carroza con la reina María Luisa, o cuando recibían a la nobleza y autoridades en sus recepciones, y como ciudadano anónimo, cuando paseaba a pie de incógnito por las calles de la ciudad, acompañado por Godoy. La gente respetaba su incógnito, aunque todo el mundo sabía que era “el rey de España”.

La cosas comenzaron a torcerse a finales de 1809, cuando Napoleón redujo considerablemente la pensión anual de 7 millones y medio de francos a dos y medio. Por otra parte en Marsella había muchas intrigas de los adversarios del emperador, muchos conspiradores que le proponían a Carlos IV planes para recuperar el trono de España, fugas aventureras con ayuda de la escuadra inglesa que bloqueaba el puerto marsellés. Finalmente Napoleón decidió sacar de Francia a un huésped que, sin buscarlo, se había convertido en incómodo, y mandó a Carlos IV a Roma.

Roma no era una capital de provincias como Marsella, y Carlos IV montó una auténtica corte real, instalada con opulencia en el Palacio Borghese. También compró dos conventos desafectados, que convirtió en lujosa villa campestre, y luego una carísima propiedad junto al Lago Albano. En la Ciudad Eterna no hacía paseos de incógnito como en Marsella, pero se entretenía tocando todos los días el violín, para lo que disponía de varios Stradivarius que se había traído de España.

A la caída de Napoleón, que abdicó en 1814. Fue Fernando VII quien asumió mantener a sus padres en este lujoso exilio, no tanto por buen hijo –que no lo era- como por mantenerlos lejos. Carlos IV compensó el vacío familiar viéndose con su hermano Fernando, rey de Nápoles y Sicilia, del que se había separado 60 años antes.

En enero de 1819 Carlos IV se hallaba precisamente de visita en Nápoles cuando llegó la noticia del fallecimiento de su esposa María Luisa, que se había quedado en Roma. El golpe para él fue insuperable, se hundió en un pozo de depresión y malestar y solamente sobrevivió a María Luisa 17 días. El 19 de enero de 1819 Carlos IV murió en Nápoles donde, casualmente, había nacido poco más de 70 años atrás.