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Karina Sainz Borgo

Cultura

Sobre los presupuestos de Cultura: congelar el insomnio o pagar la casa leyendo

Una imagen de la edición escolar de 'Don Quiote' de la RAE.
Una imagen de la edición escolar de 'Don Quiote' de la RAE. RAE

Luego de tres años de discreta subida, la partida designada a la Cultura en los Presupuestos Generales del Estado en 2017 cae; se congela. Pasa de los 807 millones de 2016 a 801 millones, un 0,7% menos. Las cifras llegan casi una semana después de que el ministro de Educación, Cultura y Deportes, Íñigo Méndez de Vigo, informara sobre la reducción del IVA del 21% a los espectáculos en directo: el teatro y la música, básicamente. Un anuncio del que quedó excluido el cine y que obra un lento efecto de bomba de humo sobre el dinero destinado a Cultura en estos presupuestos. Y ésa, sin duda, es una parte. Pero no lo es todo. 

Las cifras de Cultura en los presupuestos llega una semana después del anuncio de la reducción del IVA del 21%, que obra su efecto de bomba de humo...

La foto final de los PGE de 2017 refleja a dos corredores, cabeza con cabeza: el cine, que aumenta un 13,8%, seguido por los fondos públicos para la  promoción a la industria del libro, que alcanza un 12%. Esos son los dos grandes ¿ganadores…? Sí, los favorecidos por una compensación – la que se concede ante la exclusión del cine en la rebaja fiscal, en un caso, y a la invisibilidad del Libro en las dotaciones durante los últimos años, en el otro-. A ellos se suma un tercer corredor, uno que por sí mismo no subiría a ningún podio: el dinero que se destina a Bibliotecas Públicas, que recibirán un 0,3% más después de casi cinco años de absoluta sequía. Que quede claro, lector: el 0,3% de 801 millones. Es decir. Que usted pueda usar una biblioteca pública –sacar en préstamo libros de Calderón, Lope, Cervantes, Machado, Lorca,  Shakespeare u Homero- representa un 0,3% de 801 millones de euros.

Que usted, lector, pueda sacar un libro de Cervantes o Lope, o Shakespeare de una biblioteca pública supone el 0,3% de 801 millones de euros

El cine, el libro y, a efecto del orden de estos argumentos, las bibliotecas –cuya financiación depende, por cierto, en buena medida de las partidas Ayuntamientos y Comunidades Autónomas- son sectores que agradecen con pudor la pedrea de los PGE para tapar los huecos de una casa en números rojos. Así llega ese dinero para la Cultura en estos presupuestos: como el goteo que riega los bolsillos de un hogar que durante años ha recibido el castigo del cinturón apretado. Esa casa, lector, es España. Ese piso imaginario en el que 46 millones de hombres y mujeres se endeudan, pagan la luz, el agua, el teléfono. Ese piso imaginario donde todos van a la compra, teniendo o no trabajo; estudios o no; fuerzas o no.

Así llega ese dinero para la Cultura: como el goteo que riega los bolsillos de un hogar que durante años ha recibido el castigo del cinturón apretado. Esa casa, lector, es España.

En esa casa hipotética en la que viven 46 millones de personas, la Cultura sufre el síndrome del accesorio, de la extravagancia, incluso del lujo. La serie de TV que sería preferible piratear; el libro que se deja de leer; la comedia o la tragedia en verso a la que se deja de asistir, porque hay que comprar comida y encender la calefacción; cuadrar los números; rendir la nómina. En ese enorme hogar la Cultura es, al mismo tiempo, la flor para arrancar –y la que no puede crecer por sí sola- en el desierto de un hogar, uno en el que 46 millones llevan años comiendo mortadela, trabajando en condiciones extremas, pagando una hipoteca que no se puede –en principio- avalar con las páginas leídas en las noches de insomnio. Sin duda, lector: no se puede congelar el insomnio, claro. Pero sí, acaso, buscarle sentido.

No se puede congelar el insomnio, pero sí tratarlo. Darle a la angustia cotidiana el pan con miga de la edición de las obras completas de Cervantes

Las personas recriminan a la cultura un carácter accesorio que no es tal, pero que es y seguirá siendo sensible a los recortes de necesidades que se imponen: un techo para dormir, alimento para no desmayarse, ropa para abrigarse. La Cultura –y las familias que viven de esa palabra escrita en mayúsculas-  ha sufrido años continuos de recortes y hachazos. De aquellos 1.050 millones de 2011, o incluso los 1.220 de 2008, a los 749 de 2013. De las vacas no gordas sino obesas de los años burbujeantes al puro hueso de una crisis que jamás se fue. No se puede congelar el insomnio, pero sí tratarlo. Darle a la angustia cotidiana el pan con miga de la edición de las obras completas de Cervantes que puede alguien sacar de una biblioteca pública o el grueso filete de Las Meninas exhibidas en el museo del Prado.

La de la vida cotidiana y la del espíritu son dos hambrunas imposibles de sostener a la vez. Y sin embargo ambas dietas enflaquecen durante años

La de la vida cotidiana y la del espíritu son dos hambrunas imposibles de sostener a la vez. Y sin  embargo ambas dietas enflaquecen durante años, convierten en un fino aro la cintura de un país que está obligado a seguir apretándose el cinturón. En unos presupuestos, los de 2017, que quita casi la misma cantidad de dinero a pagar el paro para generar empleo, las cifras dedicadas a la Cultura obligan –esta vez sí- a replantearse cómo abordar el valor de aquello que crean y han creado hombres y mujeres durante siglos. Los años que vienen obligan a pensar qué es lo cultural, qué valor tienen y aportan los libros o los acordes, en el alma de una casa que necesita no desmayarse… no quebrarse en las dos hambres que persiguen a los seres humanos. La del estómago y la del espíritu.

En unos presupuestos, los de 2017, que quita casi la misma cantidad de dinero a pagar el paro y a generar empleo, las cifras dedicadas a la Cultura obligan –esta vez sí- a replantearse cómo abordar su valor

Los presupuestos de Cultura para 2017, como los del año pasado, también van justos no necesariamente de dinero, sino de miras. Íñigo Méndez de Vigo, el ministro de Educación, Cultura y Deportes tiene el enorme problema, o digamos el reto, de borrar su nombre y apellido de todo cuanto haga para corregir la presbicia o la miopía de políticas públicas sólidas, duraderas, fiables. Que no sea un asunto puntual sino a largo plazo. El actual ministerio de Educación, Cultura y Deportes debe, y está en el aprieto, de rectificar las demasiadas y profundas carencias de los años secos que prendieron en la sequía de la primera legislatura de los populares. El actual ministerio de Educación –que engloba a Cultura y Deportes- debe conseguir  que las 150 medidas de su Plan 2020 para la Cultura sirvan de base para abrir la ventana del Mecenazgo.

El actual ministerio de Educación, Cultura y Deportes debe, y está en el aprieto, de rectificar las demasiadas y profundas carencias de los años secos

Sí, el Mecenazgo. La primera piedra de una enorme casa cuyos ladrillos no sean la pedrea, sino el esfuerzo de cada página que un español consiga leer del Quijote o cada cuadro de Velázquez que opere el milagro de dar sustancia a la agria mortadela de una vida que seguirá siendo dura.  Una forma de pensar la Cultura que pase no por la ruleta rusa del por qué unos sí y otros no –más para el cine, menos para Thyssen, más para el Prado, menos para el teatro- sino con la idea de la aportación a lo cultural como un asunto colectivo. Todo importa, porque todo nutre. Que esta legislatura (y las que vienen, pero ésta en especial) lo consiga de un solo instrumento: la Ley de Mecenazgo.

El mecenazgo: a primera piedra de una enorme casa cuyos ladrillos no sean la pedrea, sino el esfuerzo de cada página que un español consiga leer del Quijote o cada cuadro de Velázquez que opere el milagro de dar sustancia a la agria mortadela de una vida que seguirá siendo dura.

Mecenazgo. La primera piedra. Una idea de lo cultural como una responsabilidad que puede redundar en un bienestar colectivo –una sociedad culta, que lee porque puede sacar un libro de la biblioteca y luego comprarlo porque le resulta tan necesario como el alimento físico-. Una idea de lo cultural que financie no a las instituciones que ofrecían relumbrón, sino a aquellas que realmente se conviertan en el blasón de una casa, ese piso hipotético que habitan 46 millones de personas, que aunque no puedan abonar en cuenta bancaria la página en la que Cervantes habló de la pastora Marcela sí sea capaz de entender por qué todo cuanto cuenta esa aventura del Quijote es importante. Ésa o cualquiera de las que forman parte de esos dos prodigiosos tomos.

Este año, y por una lógica más compensatoria que estratégica, el cine se lleva una dotación superior...

Este año, y por una lógica más compensatoria que estratégica, el cine se lleva una dotación superior. El plantón de no haberlo incluido en la rebaja del tipo del 21% le valió al sector audiovisual una compensación. De la misma forma que, acaso simbólicamente, le valió a las bibliotecas. Ambas son necesarias, como lo es el trabajo de escritores, educadores, científicos, intérpretes, abogados, ingenieros, economistas, creadores... La larga sombra del IVA y la desaparición de la Ley de Mecenazgo en una reforma fiscal son los verdaderos factores que empujan esa decisión, no necesariamente una idea clara de política cultural. Hay que resolver, urge hacerlo. Pero los años de urgencia comienzan a ser muchos. Ha de llegar el momento de pagar la casa leyendo, de congelar el insomnio con una dieta balanceada del espíritu. Ese saldo será el que rectifique los accidentes de los informes Pisa y, cómo no, esos otros descalabros que supone toda elección. ¡Ah, elegir! La ecuación de toda comunión política.

No se puede congelar el insomnio, pero sí pagar la casa leyendo. Este piso de 46 millones de personas cuya hambre en el espíritu, acumulada un día tras otro, puede envilecer la razón

No se puede congelar el insomnio, pero sí pagar la casa leyendo. Este piso de 46 millones de personas cuya hambre en el espíritu, acumulada un día tras otro, tras otro, tras otro, podría terminar por abrasar el alma y envilecer el corazón. No más tierra quemada. No más ceniza –y no más mortadela ni números rojos- en este piso en el que habitan 46 millones de personas y mujeres. No se trata sólo de más o menos presupuesto, sino de la mayor o menor pertinencia según el cual es concedido. Es el plan lo que importa. 


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