“Todos pierden”. Varios comentaristas han coincidido en ese titular para referirse a las elecciones peruanas del pasado domingo. Realmente no había forma de ganar con los dos candidatos que habían pasado a la segunda vuelta, pues no se sabía quién era peor. El candidato de la izquierda radical, Pedro Castillo, parece un híbrido entre el venezolano Maduro y el boliviano Evo Morales, si coge el poder, adiós democracia. La ultraconservadora Keiko Fujimori es una fotocopia de su padre, que cumple una condena de 25 años por corrupción durante su mandato; a Keiko se la acusa de lo mismo y un fiscal ha pedido 30 años de cárcel para ella.

Uno de los aspectos grotescos de la campaña electoral ha sido ver a Mario Vargas Llosa pidiendo el voto para Keiko. Era la perfecta expresión de elegir el mal menor o, dicho más castizamente, de “tápate la nariz y vota”. La amenaza de Castillo es peor que la de Fujimori. Al fin y al cabo, Fujimori padre ejerció un poder arbitrario solamente diez años y se acabó, pero Hugo Chávez murió en el poder y Maduro tiene la misma intención.

Lo más patético es que Vargas Llosa ha pasado décadas condenando a Fujimori, que entre otras cosas le arrebató la presidencia del Perú en unas elecciones en la que el escritor era el favorito. Le arrebató la presidencia y quizá algo más… Pero hagamos historia, aunque sea historia aparentemente menor.
El asunto comienza un día de julio de 1986 en un lugar insólito, San Luís de Misuri, una ciudad del interior de Estados Unidos que alberga al gigante de la industria aeronáutica MacDonnell-Douglas y a la Universidad George Washington, que contrata a Mario Vargas Llosa para que dé unas conferencias. Vargas Llosa, Premio Príncipe de Asturias, es ya un escritor muy conocido y apreciado, uno de los grandes protagonistas del “boom latinoamericano”, la irrupción de los escritores de Hispanoamérica en la escena mundial, que en 1982 culmina con la entrega del Premio Nobel a Gabriel García Márquez.

Vargas Llosa está por tanto muy acostumbrado a tratar con la prensa, aunque en un lugar como San Luís tiene poca atención mediática. En una época en que los periodistas trabajan “a mano”, sin teléfonos móviles ni redes informáticas, ningún jefe de redacción va a mandar un reportero hasta Misuri para entrevistar a un escritor. Quizá por eso, por mono de periodistas que le hagan caso, Vargas Llosa atiende a una enviada de la revista Hola, quintaesencia de la prensa del corazón. Por eso o porque la periodista es una mujer de enorme atractivo y a Vargas Llosa le gustan mucho las mujeres.

Se trata de Isabel Preysler, que en realidad es tan famosa o más que Vargas Llosa, el arquetipo de lo que en el siglo pasado constituía la jet-set. La Preysler tiene muy bien amueblada la cabeza, nada que ver con lo que ahora se llama el famoseo. Vive de su fama, pero con estilo, no se exhibe a tontas y a locas ni se deja torturar por un puñado de dólares. En vez de eso tiene firmados contratos con la empresa Porcelanosa, líder de los alicatados, y con el semanario Hola, la aristocracia del papel couché, la revista que se lee en los palacios de la realeza, que publica todas sus exclusivas. Además Isabel Preysler tiene consideración de colaboradora de Hola, y en esa función va a tener su primer contacto con Mario Vargas Llosa.

Libertad, con el que se opone a la política socializante de Alan García, que quiere nacionalizar la banca

La idea puede que no se le haya ocurrido a ella, pero en todo caso Isabel Preysler no se hace un pesado viaje hasta Misuri sin un propósito serio. Vargas Llosa, de quien se habla como futuro Premio Nobel de literatura, es el tipo de hombre que le falta en su galería de trofeos.

Ya ha coleccionado tres maridos notables, empezando por el cantante más famoso –y rico- del mundo hispánico, Julio Iglesias. Luego, para elevar el nivel social, un aristócrata de los de verdad, con títulos del siglo XVII y Grandeza de España, Carlos Falcó. Y para culminar, está a punto de casarse con una lumbrera política de la izquierda moderada, Miguel Boyer, ministro de Economía y Hacienda en el primer gobierno socialista de Felipe González. Un Premio Nobel completaría el póquer de ases.

La entrevista

“¿Te gustaría que algún día te concedieran el Premio Nobel?”, le pregunta con aparente inocencia al inicio de la entrevista. “Un escritor debe tratar de evitar pensar en el Premio Nobel porque es un pensamiento corruptor”, responde Vargas Llosa, que en realidad está amargado porque poco antes le han concedido el Nobel a Gabriel García Márquez, un antiguo amigo con el que ha dejado de hablarse.

La Preysler, que es un lince, comprende en ese momento que si quiere un Premio Nobel para su harem, va a tener que esperar mucho, porque la Academia Sueca no va a repetir el mismo perfil de galardonado, novelista del "boom latinoamericano", hasta que pasen bastantes años -28 exactamente-. Pero Vargas Llosa, que tiene 50 años, es un hombre guapo y atractivo, y sería una pena esperar que se avejente. Entonces, off the record, con la grabadora apagada, es cuando según la leyenda Isabel le sugiere que se presente a las elecciones de Perú, y que si las gana tendrá como premio no solamente el sillón presidencial sino… a ella.

Un pueblo harto de su clase política da la victoria a Fujimori, quien por cierto resultará más corrupto que cualquier político profesional peruano.

En ese momento Isabel Preysler está aparentemente enamorada de Miguel Boyer, pero también decepcionada, porque las expectativas de que un día él ocupe la Moncloa y ella sea “presidenta” se han esfumado. Alfonso Guerra ha conseguido echar a Boyer del gobierno y de la política, el tercer marido de la Preysler no será presidente, ni ministro, ni siquiera diputado. El brusco final de una carrera política tan brillante se debe en parte a la relación de Isabel y Boyer, que ha abandonado a su esposa desde hace 20 años, Elena Arnedo, una importante militante del PSOE.

Vargas Llosa ya ha sido pretendido anteriormente por la política. Dos años antes el presidente del Perú, Fernando Belaúnde Terry, le ha ofrecido presidir su gobierno, y el escritor ha aceptado, pensando formar un gobierno de consenso nacional, aunque luego se ha echado atrás. Pero la capacidad de tentación de Isabel Preysler no se puede comparar con la de Belaúnde Terry, y Vargas Llosa vuelve de Misuri a Perú con un nuevo planteamiento de vida: la política es lo primero. Olvidando su pasado izquierdista opta por la ideología liberal y funda el Movimiento Libertad, con el que se opone a la política socializante de Alan García, que quiere nacionalizar la banca. Por fin en 1990 se presenta a las elecciones presidenciales al frente de una coalición de centro-derecha.

Vargas Llosa es el favorito, y gana la primera vuelta de las elecciones con un 33% de los votos. En Madrid, Isabel Preysler hace planes para instalarse en la Casa Pizarro, residencia presidencial del Perú en el sitio que fue elegido para su palacio por el conquistador Francisco Pizarro. Pero también pasa a la segunda vuelta un candidato sorpresa, Alberto Fujimori, un empresario de origen japonés, que hace bandera de su falta de vinculación con el mundo político. Esta circunstancia le hace atractivo para un pueblo harto de su clase política, que le da la victoria a Fujimori. Quien por cierto resultará más corrupto que cualquier político profesional peruano.

Adiós a la Casa Pizarro, adiós al romance entre la Preysler y Vargas Llosa. Tendrán que esperar hasta la concesión del Premio Nobel en 2010 para que rebrote su amor.