Es un fenómeno digno de estudio: varias ciudades españolas viven entre llamas y disturbios desde su encarcelamiento, pero casi nadie presta atención a las cuatro nuevas canciones que publicó Pablo Hasel antes de entrar en un penal de Lérida. Empecemos por la más antigua: "Nuestras libertades", después de tres agitadas semanas, no ha alcanzado las trescientas mil escuchas en Youtube, a pesar de que haber sonado en diversos telediarios y de estar incrustada en muchas noticias sobre el rapero. Hablamos de una cifra muy modesta para alguien que lleva un mes de manera continuada en primera línea de los medios de comunicación. Otras dos de sus canciones recientes quedan muy por debajo de esta marca, mientras que solo destaca "Ni Felipe VI", la que más morbo despierta por su título y contenido.

Escuchar "Nuestras libertades" explica muchas cosas: rimas planas, sin gracia, ni flexibilidad, donde Hasel tiene incluso que cambiar las sílabas tónicas para que cuadren las rimas. La sinopsis es la de siempre: el “estado español” (sic) es fascista pero aquí estoy yo, ser de luz incorruptible, que no se va a rendir nunca, ni le van a doblegar. Más ego que José María García y más solemnidad que el No-Do, que no son malos ingredientes para un artista de rap, pero aquí no prenden ni con amonal.

Eriales narrativos

Tres días después, el diez de mayo, publica “Fuerza y orgullo”, que tiene muchas menos escuchas, no llega a las 80.000. La base, sobre todo, da mucha pena: un ritmillo precario y predecible, huérfano de ‘flow’ y de adrenalina. Se trata de otro himno de autobombo sobre su integridad política, sin una sola rima destacable. ¿Ejemplo de su ramplonería poética? “No pueden alejarme ni en una cárcel lejana/ mi mente no secuestran, la respuesta trama”. Hasel lleva quince años publicando canciones y sigue sonando como un rapero primerizo, un comercial de sus propias virtudes morales con la capacidad de seducción de una llamada de Jazztel a la hora de la siesta.

Habría que comprobarlo con algún filólogo o programa informático, pero tengo la sensación de que estamos ante el rapero con menores recursos léxicos y literarios en las tres décadas del género en España. Su discografía es un completo descampado narrativo. Habrá quien piense que esta reseña es una especie de juicio a los valores políticos de Hasél, que en general no comparto, pero hay una manera de demostrar que no es el caso: defiendo que en España tenemos raperos mayúsculos como Fran Carrio, que se mueven en las mismas coordenadas militantes de Hasel -estalinista, antiliberal, partidario de la violencia para emancipar a la clase trabajadora...- cuyos discos me parecen espléndidos, tanto en sustancia musical como en altura lírica. Comparen cualquier canción de Hasel con las de Stoned Atmosphere, Arma X o Factor Canadá, proyectos del potente rimador de la cuenca minera asturiana.

Resulta improbable que Hasel vaya a pasar a la historia del hip-hop con frases como 'antes que claudicar me unto la polla con agente naranja'"

También llama la atención el bajísimo nivel de colaboraciones de Hasel con raperos de fuste, una señal de que su arte no entusiasma especialmente al gremio. Hay excepciones: la mejor canción en la que ha participado es “Los hijos de Iván Drago” (2011), donde los Chikos del Maíz le levantan en volandas desde el subsuelo de su mediocridad expresiva. Como escribí en una ocasión anterior, resulta improbable que Hasel vaya a pasar a la historia del hip-hop cuando da por buenas frases como “antes que claudicar me unto la polla con agente naranja” y “Chacón tiene un consolador con forma de misil/ que no tengamos símil también le pone a mil” (a saber lo que intentaba decir). ¿Se puede extrañar alguien de que Hasel no llene siquiera pequeñas salas de conciertos? "El underground es actitud, no dar conciertos para quince”, proclamaba Toni Mejías en “Revisionismo o barbarie”, una rima perfecta para describir el anémico gancho de Hasel con el público rapero nacional (no hablemos ya del general).

¿"Va a traer cola"?

Seguimos con “Peligro”, con una base rítmica más presentable, sin salir de la medianía artística, ni despegar el vuelo comercial. Lleva unas 130.000 escuchas. Por lo menos, podría servir para amagar un baile, aunque seguramente que ese ritmo venía ya pregrabado en los teclados Casio PT-20 de los años ochenta. La única pieza que tiene una cifra relevante de visitas es "Ni Felipe VI", que supera ya el millón de clics, a pesar de reciclar los mismas ideas de siempre, con el añadido de presumir de que Joan Manuel Serrat ha firmado el famoso manifiesto de 200 artistas progresistas para que no ingrese en prisión. "Hijos de Franco condenando por ser franco", dice en el estribillo, en uno de sus habituales juegos de palabras redundantes. No hay manera.

“Si el arte no fuera un arma, no querrían silenciarla”, canta también Hasel en pleno subidón de ego rampante (se cayó en la marmita de pequeño). La realidad es que cuesta encontrar un motivo para calificarle como “artista”. El rap combativo ha existido desde los ochenta, más popular y comercial que el del joven que nos ocupa. En la onda de Hasel, el rapero estadounidense de origen peruano Inmortal Technique es quizá el mejor ejemplo de batir el récord de burradas terroristas y conspiranoicas por párrafo sin que el sistema parezca especialmente preocupado. Comparar el explosivo nivel artístico de Immortal Technique con la pobreza de Hasel resulta de una crueldad innecesaria. Escuchar los dos volúmenes de su clásico Revolutionary (2001/2003) debería provocar en el rapero ilerdense un intenso sonrojo y una depresión severa.

Que estas revueltas masivas no hayan convertido a Hasel en un rapero querido ni popular dice mucho en favor de los manifestantes

¿Un dato curioso? Con muy buen criterio -el de control de daños-, las nuevas canciones del rapero catalán evitan nombres propios, que es lo que le trajo problemas a lo largo de su carrera. Solamente hay alusiones a miembros de la familia real, todas demasiado suaves (presumiblemente) como para traer problemas legales (que si el bótox "desquicia a Letizia", que si "Borbones no", que si "la guerra os declaramos"). Se confirma un estilo plano y previsible, incapaz de evolucionar, cien por cien autosatisfecho. Podemos calificarlo, incluso, de masturbación activista, donde las denuncias son el único combustible de su carrera.

Días antes de publicar estas canciones, el periodista Nando Cruz pedía detalles a Hasel durante una entrevista en El Periódico de Cataluña. “Ha salido ya una que se titula ‘Nuestras libertades’, va a salir otra que se llama ‘Peligro’ y la última saldrá el viernes, el día del encarcelamiento, a la hora en la que tengan que venir a buscarme”, anunciaba el rapero. "¿Cómo se titula esa última?", repreguntaba Cruz. “No puedo desvelarlo, pero creo que va a traer cola”, anunciaba. Pero no, ni siquiera "Felipe VI" ha traído cola ninguna, eclipsada por la aparición de un antiguo vídeo de 2014 donde Pablo Iglesias responde a una pregunta de Hasel. Conclusión: estas revueltas masivas no han convertido las canciones del rapero en verdaderamente populares y eso dice mucho en favor de los manifestantes y de su capacidad para apreciar ese arte musical que conocemos como hip-hop. Cultivarlo exige mayor talento, recursos y autocrítica, algo de lo que el rapero carece por completo.