Cultura

Muere Andrew Weatherall, el productor que acercó a los rockeros al sonido de las ‘raves’

Usó el acid-house para inyectar alegría al pop de los años noventa

Muere Andrew Weatherall, el productor que acercó a los rockeros al sonido de las ‘raves’
Muere Andrew Weatherall, el productor que acercó a los rockeros al sonido de las ‘raves’

Cuesta creerlo, pero la cultura pop de los años noventa fue realmente deprimente. Kurt Cobain, líder de los exitosos Nirvana, se suicidó a los 27 porque no podía soportar la vida, ni siquiera tomando heroína. Elizabeth Wurlitzer (también fallecida este año) conectó con millones de veinteañeros con Nación Prozac, (1994), una novela sobre ansiedad, anorexia y autolesiones. En España, grupos como Los Planetas consideraban un héroe cultural a Ian Curtis, el sombrío y epiléptico vocalista de Joy Division, que también se suicidó a los veinticuatro. Hablamos de una década que combinó brutalmente consumismo e insatisfacción, como muestran las novelas de Bret Easton Elllis. Resumiendo: una juerga.

Por suerte también fueron años de alegría plebeya, gracias a músicos como el británico Andy Weatherall, que comprendió que la explosión de fiestas electrónicas ilegales en el Reino Unido podría contagiarse a estrellas de rock como Primal Scream. Su producción del legendario disco Screamadelica (1991) fue una inyección de endorfinas en el pop-rock melancólico y angustioso que dominó la recta final del siglo XX. Weatherall falleció en la tarde de este lunes, a los 56 años, víctima de una embolia pulmonar.

Las primeras declaraciones de despedida llegaron del escritor Irvine Welsh, amigo y autor de Trainspotting (1993), novela generacional que explicaba el abuso de drogas en aquella época. “Absolutamente roto por escuchar esta noticia terrible. Andrew era un viejo amigo, colaborador y una de las personas más talentosas que he conocido nunca. También una de las más amables. Se abusa de la etiqueta 'genio', pero estoy sudando por encontrar otra que le defina mejor”, escribía. Ambos compartían la experiencia de las “raves” como un momento epifánico en sus vidas.

El gran fiestón del milenio

No es para menos: hablamos de fiestas electrónicas ilegales, muchas veces autoorganizadas, que marcaron la cultura popular británica en 1988, dando lugar al ‘segundo verano del amor’. El primero, para entendernos, fue la explosión ‘hippie’ de 1967 en San Francisco. Los tres ingredientes básicos de este fenómeno fueron estos: una desindustrialización que dejó vacíos muchos almacenes, altas tasas de paro que Thatcher apaciguó con subsidios generosos y la aparición de una nueva droga euforizante conocida como MDMA. Nuestra Ibiza también tuvo su papel, ya que varios DJs británicos disfrutaron del eclecticismo musical de la isla y tradujeron su concepto de la fiesta eterna.

El poder para fomentar la empatía del MDMA era tan grande que de la noche a la mañana se redujeron drásticamente las peleas entre los temibles ‘hooligans’

Cuando entrevisté a Weatherall sobre el fénomeno, lo seguía recordando con una sonrisa: “Lo que más molestaba a la policía era no pillarlo. Mandaban agentes de incógnito con cámaras y al día siguiente se ponían a ver los vídeos en la comisaría. No entendían nada. Pensaban que tenía que ser algo político, ya que reunía a tanta gente fuera de los mecanismos de la industria del entretenimiento. Los chavales sólo querían divertirse y fueron las autoridades quienes lo convirtieron en político con tanta persecución”, explicaba.

Imaginen a un agente de Scotland Yard tratando de imaginar por qué cinco mil personas se reunían en un almacén abandonado a las nueve de la noche de un viernes y no paraban de bailar ni de sonreír hasta bien entrado el lunes. También ayudó una histérica caza de brujas de los tabloides, que despertó la curiosidad de los jóvenes sobre aquello. El poder para fomentar la empatía del MDMA era tan grande que de la noche a la mañana se redujeron drásticamente las peleas entre los temibles ‘hooligans’. No fueron solo las sanciones de la UEFA las que acabaron con su mítica agresividad.

Combatir el muermo 'indie'

Dicho esto, Weatherall no estaba allí por las drogas, sino por la música. En 2016 explicaba así a The Guardian porque seguía pinchando más allá de los cincuenta años de edad: “Es algo vampírico. Nunca se puede repetir la sensación de escuchar por primera vez los discos que te marcan, pero si miras a los ojos de alguien que está pasando por eso disfrutas de ese sentimiento de nuevo, aunque sea a través de otra persona. Suena más egoísta de los que es en realidad. Creo que nunca dejé de ser chico de doce años emocionado con invitar a sus amigos a casa a escuchar discos. Ellos se centraban en las chicas y yo les insistía en que escucharan alguna cara b de un disco que me gustaba”, confiesa. Resumiendo: el ‘friki’ que terminó siendo adorado por miles de personas cada noche cuando se subía a la cabina.

"Busco es algo parecido a una trascendencia pagana, conectada con la herejía y el gnosticismo. Por decirlo brevemente: contacto directo con Dios, pasando de intermediarios”, explicaba

Firmó notables discos de culto con proyectos como Sabres of Paradise y Two Lone Swordsmen. Escuchar hoy piezas como “Wilmot”, basada en un ritmo de carnaval caribeño, confirman que hizo música más minimalista, expresiva y contagiosa que gran parte de lo que hoy arrasa en los cubes. Pero su mayor influencia  no estuvo en sus discos propios, sino en la remezcla de himnos ajenos para la pista de baile, por ejemplo “Hallelujah” (Happy Mondays), “Soon” (My Bloody Valentine) y “Adrenalin” (Björk). Supo llevar como nadie los avances del acid-house a la sensibilidad del lenguaje pop-rock. La cima de esta faceta fue el mencionado Screamadelica, obra magna de los rockeros Primas Scream, donde maridaban psicodelia clásica, energía guitarrera y ritmos de ‘rave’. Consiguieron quitarle el muermo al indie británico en un disco doble con solo diez canciones (pero qué canciones).

Su concepción de la música como una experiencia trascendente queda clara en esta respuesta a una entrevista con la revista británica The Hole and Corner: “Tengo un sacramento: la música con ritmos muy intensos. Además suelo tocar en lugares con luces de colores. Existe un ritual griego que consiste en tomar alcaloides de cornezuelo de centeno, que contienen el principio activo del LSD. Se hace una especie de sopa con ellos. Hablamos de un ritual que se remonta al año 3.000 antes de Cristo. Influyó en las misas católicas, que usan el botafumeiro de una manera parecida, combinando incienso, música y vidrieras de colores. Busco algo parecido a una trascendencia pagana, conectada con la herejía y el gnosticismo. Por decirlo brevemente: contacto directo con Dios, pasando de intermediarios”. Descanse en paz.

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