El Nobel de Literatura para Javier Marías debía llegar con Berta Isla (Alfaguara), su novela número quince. No porque el premio sueco se conceda a un libro, bien sabido es que se concede una obra y la de Javier Marías es lo suficientemente amplia y compleja para hacerse con la distinción. Sus tramas encierran luz y penumbra, indagan y ocultan. Y es justo en ese territorio donde se mueven los personajes de Tomás Nevinson, recién publicada por Alfaguara y que acompaña a Berta Isla sin ser su secuela.

Aunque independientes, las conexiones entre ambas son evidentes. Tomás Nevinson y Berta, los personajes que dan título a cada novela, componen un universo literario que Javier Marías trabaja de manera consciente. Si en Berta Isla el escritor propone una historia de espías contada no por quien actúa, sino por quien espera, en ésta el narrador es Tomás Nevinson, pareja de Berta; mitad inglés, mitad español, y miembro de la agencia de inteligencia exterior del Reino Unido. Tiene un aire a Gèrard Philipe, quizá por eso que un retrato del actor francés preside la cubierta. 

La novela se desarrolla en el Noroeste de España entre 1997 y 1998, un tiempo marcado por la violencia terrorista de ETA y del IRA. Aunque Nevinson se ha separado del servicio secreto, recibe un encargo de su ex jefe Bertram Tupra, la persona que lo reclutó para el SIS, un personaje que está presente en la obra de Javier Marías desde Tu rostro mañana y que en esta novela exige a su pupilo completar una misión, incluso aunque este ya no trabaje para los servicios secretos.  

Nevinson tendrá que identificar a tres mujeres relacionadas con los atentados más sangrientos del terrorismo vasco: Inés Marzán, Celia Bayo y María Viena. Debe descubrir cuál de ellas esconde la identidad de Magdalena Orué O’Dea, “medio neoirlandesa, medio rioana y con grandes querencias vascas”. Para conseguirlo, asumirá la identidad de un anodino profesor de inglés, Centurión, que se establece en la ciudad ficticia de Ruán. 

Aún compartiendo con el resto de sus novelas un aire común y un aventajado estilo identificable en su conjunto, algo distingue cada nueva novela de Marías del resto. Consigue que cada una sea única, sin renunciar a la solidez de los libros duraderos, y en su caso lo son. Tomás Nevinson es la prueba más reciente de una carrera literaria de 50 años. Su estilo torrencial esconde paradojas y preguntas que el lector debe resolver: desde la traducción exacta de un poema de Eliot hasta disgresiones que refuerzan y propician las acción.

Javier Marías recurre a otras historias para poner en marcha esta novela: desde sus evocaciones shakespereanas, el frustrado asesinato de Friedrich Reck-Malleczewen a Hitler o la falsa escena de una vieja película de Fritz Lang. A partir de esos resortes, y muchos otros en realidad, Marías propone el dilema de fondo: ¿tenemos derecho a matar? ¿puede un ser humano tomar la justicia por su mano? ¿para qué y con qué intención? 

El mundo del espionaje cifra la experiencia humana: se nutre de la ocultación y la indagación, también explota el dilema del vigilante convertido en pesquisidor y exégeta de lo ocurrido. La vida es compleja y ambigua, insiste el escritor: ésa parece la única certeza de una novela en la que víctimas y verdugos dan vueltas, desandan sus pasos, se dejan mordisquear y consumir por las dudas sobre aquello que fue o que pasó, lo que ocurrió o pudo haber ocurrido.

Esa obsesión por el hecho y la memoria de los hechos ya aparece en otros personajes de Javier Marías como el Víctor Francés y la Marta Téllez de Mañana en la batalla piensa en mí y más concretamente con Jaime Deza, el académico español al servicio del MI5 de Tu rostro mañana. La vida como algo que viene dado de antemano y que el narrador reconstruye en el ejercicio del relato.  De ahí la penumbra que reina en sus páginas: recuerdos, hechos y asuntos no del todo ocultos. 

Marías fue, entre otras actividades, profesor de Literatura Española en la Universidad británica de Oxford, lo cual condicionó no sólo su percepción sino su comprensión total de la historia y literatura. Ese rasgo se manifiesta en las alusiones a MacbethHamlet  o el Ricardo III de Shakespeare y, en este caso, a la muerte de Ana Bolena, la primera esposa de Enrique VIII y cuya decapitación sirve a Javier Marías para explorar la naturaleza de la víctima en la novela. 

Ha sido Premio de la Crítica en dos ocasiones, en 1993 por Corazón tan blanco y más recientemente por Berta Isla. Entre algunos de los reconocimientos literarios que ha recibido se encuentran el IMPAC Dublin Literary Award, el Rómulo Gallegos por Mañana en la batalla piensa en mí (1995) —por la que también se le otorgó el Premio Fastenrath y el Prix Femina Étranger—, el Premio Nelly Sachs (1997, Dortmund, Alemania), el Premio Austriaco de Literatura Europea (2011), el Premio Terenci Moix (2012) y el Library Lion de la Biblioteca Pública de Nueva York, con lo que se convirtió en el primer escritor español titular de este galardón.

Entre una novela y la siguiente, Javier Marías se toma unos cinco años. Escribe a máquina. A él no le corre prisa. Trabaja cada página como si fuera la última. La lee, la corrige a mano y luego vuelve a teclearla, cuatro o cinco veces más. Algunos le reprochan que decline el uso del ordenador. “Yo no escribo para ganar tiempo, sino para notarlo”, dijo en una ocasión . Queda muy claro, pues, porqué el día de la aceptación de su sillón en la RAE lo hizo con el discurso titulado Sobre la dificultad de contar

Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia y uno de los autores de la literatura contemporánea fundamentales, Javier Marías es el más firme candidato para hacerse con el Nobel. Esta novela Tomás Nevinson es la prueba aventajada de su elegancia y calidad literaria, hasta el punto de poder equipararla con sus libros emblemáticos y más importantes. Es, pues, su novela definitiva.