Historias de la historia

El peor rey de España fundó el mejor museo del mundo

El Museo del Prado cumple dos siglos bajo el signo de la guerra y el conflicto

Bicentenario del Museo del Prado
Bicentenario del Museo del Prado

Fernando VII ha pasado a la Historia como el contraejemplo de lo que debe ser un rey. Abyecto, mal hijo, desagradecido y ultramontano, cuando las Cortes de Cádiz le entregaron el trono encarceló a los liberales y restauró el absolutismo. Sin embargo, hizo algo magnífico: fundó el Museo del Prado.

Cierto es que hubo otros que participaron en el mérito. Primero la Revolución Francesa, que inventó el concepto de museo público, ejecutado con entusiasmo por Napoleón Bonaparte. Le emuló su hermano, el tan injustamente odiado José I, “el rey intruso”, que en 1809 dictó el decreto de creación de un Museo Real de Pinturas, aunque no tuvo ocasión de llevarlo a la práctica. Y por último la reina Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII.

La princesa portuguesa vino a España con 19 años y era buena, sencilla y culta. Se encontró una corte llena de vileza e intrigas en la que no podía integrarse y un marido que no renunciaba a sus aventuras amorosas. Isabel se refugió en promocionar las artes, logró que se admitiera a mujeres de alumnas en la Academia de Bellas Artes y se empeñó en abrir el Museo Real. Por desgracia murió de parto a los dos años de reinado, pero Fernando VII siguió adelante con el proyecto, en cierto modo un homenaje a su dulce esposa fallecida. Once meses después de la muerte de Isabel de Braganza, el 19 de noviembre de 1819, se inauguró el Museo Real de Pinturas.

Los primeros cuadros eran todos de autores españoles; el proyecto museístico de José I fue dar a conocer al mundo la escuela española de pintura, porque en Europa nadie conocía a Velázquez

Fernando VII donó 1.500 cuadros de la colección real, aunque de inicio se colgaron 311, porque sólo pudo abrirse un diez por ciento de la superficie. El magnífico edificio que Carlos III había encargado a Villanueva quedó destrozado en la Guerra de Independencia, cuando las cubiertas de plomo del tejado se fundieron para fabricar balas, y fueron necesarias muchas obras. El Museo del Prado quedaba así marcado por la guerra y el conflicto desde su nacimiento.

Los primeros cuadros eran todos de autores españoles, porque el proyecto museístico de José I fue dar a conocer al mundo la escuela española de pintura, porque en Europa nadie conocía a Velázquez. Esa política de promoción hizo que en 1823 se tradujese el catálogo al francés, no porque visitasen el Prado turistas, sino militares de los Cien mil Hijos de San Luis, el ejército reaccionario francés que invadió España para restaurar el absolutismo. Una terrible circunstancia histórica propició paradójicamente un beneficio, que los oficiales franceses volvieran a su país contando las maravillas que habían visto en el Museo Real.

Otra conmoción política nacional fue la Desamortización de Mendizábal, cuando en 1837 fueron expulsadas las órdenes religiosas de los conventos y expropiados todos sus bienes. El proyecto de José I ya incluía embargar las obras de arte de los monasterios para exhibirlas al público, y con ellas se formó el Museo de la Trinidad, que luego sería absorbido por el Prado. Así se enriqueció con una inigualable colección de arte religioso, incluida la obra fundamental del Greco. 

Otro cataclismo, la Gloriosa Revolución de 1868 que derrocó a Isabel II e inicio una etapa progresista, supuso el cambio de nombre. El Museo Real de Pinturas se convirtió en Museo Nacional en 1872 (hasta 1920 no se hizo oficial el nombre popular, “del Prado”). Pero el trance más dramático de su historia tuvo lugar, naturalmente, en la Guerra Civil.

Polémica evacuación

Dos peligros acechaban al Museo, por una parte el vandalismo revolucionario, que había respondido al alzamiento del 18 de julio quemando y saqueando iglesias, conventos y palacios; por otra los bombardeos de las fuerzas franquistas, que por ejemplo alcanzaron gravemente al palacio de Liria, sede de la fabulosa colección de la Casa de Alba. El Prado se cerró al público el 30 de agosto del 36 y comenzaron a tomarse medidas de protección. 

El Prado no tenía director, porque Azaña había nombrado a Picasso, que aceptó el cargo pero no quiso cambiar París por las incomodidades de España en guerra

En noviembre el frente llegó a las puertas de Madrid, y el gobierno de Largo Caballero huyó a Valencia. Entonces se dio la orden de evacuar a esa ciudad las obras del Prado. Se enfrentaron en ese momento dos posturas: el criterio técnico veía preferible buscar un lugar seguro en Madrid para los cuadros, por los peligros de una evacuación precipitada, con medios improvisados y por carreteras tan inseguras o más que Madrid. Pero se impuso el criterio político, que haría de la evacuación una maquinaria de propaganda que todavía funciona hoy día: había que demostrar que la República salvaba el arte de la barbarie fascista.

El Prado no tenía director, porque Azaña había nombrado a Picasso, que aceptó el cargo pero no quiso cambiar París por las incomodidades de España en guerra. Estaba al frente del Museo Sánchez Cantón, subdirector desde tiempos de la monarquía, que carecía por tanto de peso institucional. Enfrente tenía al director general de Bellas Artes Josep Renau, un artista-militante comunista, fundador de la Unión de Artistas Proletarios y autor de los mejores carteles de propaganda de la Guerra Civil. Fue Renau quien impuso el traslado de las obras de arte a Valencia, y luego a Suiza.

Como se temía Sánchez Cantón, la evacuación fue fatal, en Benicarló los cuadros grandes que, mal embalados, sobresalían del camión, chocaron contra un balcón que se derrumbó, causando graves daños a una pintura tan emblemática como la Carga de los Mamelucos en la Puerta del Sol, de Goya. Aún pudo haber sido peor el regreso de los cuadros a Madrid, pues volvieron desde Suiza en tren, a través de Francia, en septiembre de 1941, cuando ya había empezado la Segunda Guerra Mundial y Francia estaba amenazada por la Alemania nazi, que la bombardearía a placer. En fin, dos siglos de sobresaltos que contrastan con la espléndida gloria en que celebra su bicentenario.

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