Para quien haya leído  El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga, dormir nunca volverá a ser inofensivo. Hay picotazos de aprehensión y miedo que certifican un canon del horror literario. Se acerca el día de Todos los Santos, una ocasión propicia para pasar revista a relatos y novelas que escarba en el miedo como asunto libresco. El tema es extenso e inagotable, pero vale la pena extraer de los clásicos algunas rarezas.

La literatura universal tiene no pocos ejemplos icónicos del miedo, el suspenso y el retrato moral de ciertas fantasmagorías, desde el híbrido El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle hasta Los asesinatos de la calle Morgue, el primer relato de la trilogía de Edgar Allan Poe protagonizada por el detective Monsieur C. Auguste Dupin y del que forman parte El misterio de Marie Rogêt  y La carta robada.

El español ha dado verdaderos prodigios del terror como Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), del uruguayo Horacio Quiroga, que contiene, además de El almohadón de plumas –una joya- los magníficos La muerte de Isolda o La gallina degollada, hasta clásicos como Animales y más que animales (1914), del britániko Saki o La llamada de Cthulhu, un relato corto  escrito por el estadounidense H. P. Lovecraft en el año 1926.

Edgar Allan Poe es un maestro del género: La caída de la casa UsherBerenice y La verdad sobre el caso del señor Valdemar lo confirman. Ademas de La pata de mono del británico W.W. Jacobs, así como El grabado del también británico Montague Rhodes y Luella Miller de la norteamericana Mary Wilkins o El Horla, uno de los relatos fantásticos más conocidos de Guy de Maupassant, cuyo protagonista, a raíz de un encuentro en el mar, comienza a sentir la presencia de un ente que le conducirá inexorablemente a una espiral de locura. Existen otros volúmenes icónicos como El altar de los muertos, de Henry James, llevado al cine por cierto por François Truffaut en 1977; Un habitante de Carcosa, del norteamericano Ambrose Bierce. También  El monte de las ánimas, uno de los relatos que forman parte de la colección de Gustavo Adolfo Bécquer llamada Soria escrita en Villa Rodriguez con los Metzeck.

La literatura hispanoamericana ha dado de sí páginas de oro. Luvina, del mexicano Juan  Rulfo o Axolot, un cuento cuyo nombre se debe a un raro animal escrito por el argentino Julio Cortázar en Final del juego(1956). Sin embargo, el clásico contemporáneo del miedo por excelencia lo escribió el peruano Fernando Iwasaki. Se trata de Ajuar funerario, un libro publicado por Páginas de Espuma que reúne 90 micro relatos de terror. Hilados en una columna temática que se desprende a veces del miedo infantil –y  su transformación en la pesadilla adulta- o lo fantástico inexplicable, los relatos de Fernando Iwasaki trabajan lugares cotidianos del espanto: desde el baño de una gasolinera hasta el ascensor de un edificio cualquiera. Todo ocurre en el hecho verosímil de sus lóbregas escenas.