Lo más interesante que hizo Felipe III en toda su vida fue morirse cumpliendo el plazo que le había fijado una monja ciega. Se decía que Felipe III jamás había cometido un pecado mortal, lo que da idea de lo aburrida que debió ser su existencia. Pero ese anodino pasar los días se vio estremecido en enero del año 1621, cuando el Rey de España fue convocado al convento de las Descalzas Reales de Madrid por Sor Margarita de la Cruz.

Para explicar que el soberano más poderoso del mundo acudiese a la llamada de una simple monja hay que decir que el verdadero nombre de ésta era Margarita de Austria, infanta de España y archiduquesa de Austria, hija de los emperadores de Alemania y tía de Felipe III, a quien había criado de niño. La monja-infanta, de físico enfermizo y casi ciega, tenía un carácter de hierro y actuaba como cabeza de la Casa de Austria española. Felipe III besaba el suelo que pisaba su querida tía, y hacía lo que ésta le pedía.

Por si fuera poco su propia autoridad, Sor Margarita citó al Rey en un escenario sobrecogedor, el Relicario del convento de las Descalzas Reales. La conversación tuvo lugar por tanto bajo la vigilancia del cráneo de Santa Cecilia, acompañada de una legión de huesos de santos y reliquias de mártires, por no hablar de las madejas de seda y oro que había tejido la mismísima Virgen María, mística imagen de la red que atrapó a Felipe III.

–Señor –dijo Sor Margarita– yo he pedido a Dios en mis pobres oraciones que alargue la vida de Vuestra Majestad, pero Dios se ha servido darme a entender cómo la quiere abreviar, poniéndome en el corazón que le dé este aviso, para que Vuestra Majestad se vaya disponiendo y preparando para la hora de la muerte.

–Tía, ¿me dice Vuestra Alteza que yo me tengo de morir muy presto [pronto]? -preguntó el pobre Felipe III, turbado por el terrible mensaje de Dios que le transmitía su tía.

–Señor, así es la voluntad de Dios, y lo que importa es disponerse con brevedad, porque será dentro de este año que estamos.

Este sorprendente diálogo nos lo transmitiría alguien muy cercano a la monja-infanta, su confesor, el padre franciscano Miguel de Abellán, obispo de Siria, autor de la Vida de la Serenísima Infanta…Sor Margarita de la Cruz y Austria.

En realidad no duraría la vida del Rey un año, ni siquiera tres meses, porque como puntualiza el padre Abellán en su obra: “Ello fue por principio de enero y a los postreros de marzo le dio la enfermedad de la muerte, unas recias calenturas y tan malignas que luego conocieron los médicos que se moría”. Tenía sólo 42 años.

"Me lo van a gobernar"

Felipe II, padre de Felipe III, decía preocupado por el carácter de su hijo “me temo que me lo van a gobernar”, y efectivamente fue así. Cuando Felipe III falleció el 31 de marzo de 1621 se dijo que el rey había muerto antes de empezar a reinar, porque abandonó el gobierno del mayor imperio del mundo en manos de su amigo de juventud, el duque de Lerma.

Hoy nos escandalizamos por los casos de corrupción de la clase política, pero son calderilla comparados con las hazañas del valido Lerma. Entre otras cosas trasladó la Corte de Madrid a Valladolid, donde había comprado muchos terrenos, que se beneficiaron de un boom inmobiliario por la llegada de la capitalidad. Invirtió entonces en Madrid, donde el suelo había perdido el valor al marcharse la Corte, y a continuación volvió a traerla a Madrid, lucrándose de nuevo con una segunda burbuja inmobiliaria provocada. Cuando tras 20 años siendo el amo de España vio peligrar su posición, Lerma logró que el Papa lo hiciera cardenal, para que la condición de príncipe de la Iglesia le protegiese de la suerte que correrían sus principales colaboradores, la cárcel y el patíbulo. El pueblo español encontró enseguida la burla adecuada y, haciendo alusión al hábito rojo de cardenal, cantaba:

“Para no morir ahorcado

El mayor ladrón de España

Se vistió de colorado”

Felipe IV, hijo y sucesor de Felipe III, quiso honrar a su padre colocando su retrato en el salón grande del Real Alcázar, residencia oficial de los reyes de España. Allí estaban los de Carlos I y Felipe II pintados por Tiziano. El primero era el famoso retrato ecuestre de Carlos en la batalla de Mühlberg, su gran victoria sobre los protestantes alemanes. El segundo era una Alegoría de Lepanto, la trascendental vitoria sobre los turcos del reinado de Felipe II.

Pero Felipe III no tenía grandes victorias de las que enorgullecerse, en realidad no sabía lo que era una batalla, era el primer Rey que no fue nunca a la guerra. Se convocó un concurso entre los principales pintores para buscar una imagen gloriosa de Felipe III, y lo ganó Velázquez con un cuadro sobre La expulsión de los moriscos, que efectivamente tuvo lugar durante su reinado. Comparar este acontecimiento, donde el enemigo era una pobre gente indefensa, con hazañas esforzadas como Muhlberg y Lepanto, resultaba ridículo, pero el reinado de Felipe III no daba más de sí.

El cuadro de Velázquez se perdió en el incendio del Alcázar de 1734, pero hoy resultaría políticamente incorrecto, ya que si caemos en el error de aplicar al pasado la óptica actual –como desafortunadamente se hace-, se diría que Felipe III perpetró un genocidio, aunque no hubiese cometido nunca un pecado mortal.