Cultura

El infierno de Erick Morillo: ketamina, jets privados y sexo no consentido

El discjockey fallecido alcanzó fama global por sus ritmos musculosos y su final decadente

El DJ Erick Morillo en una de sus fiestas
El DJ Erick Morillo en una de sus fiestas

Durante el último curso, mi hijo de cinco años hizo todas las mañanas el trayecto de casa hasta la escuela cantando y bailando la misma canción. Se trata de “Yo quiero marcha marcha”, pieza recurrente en la franquicia de películas Madagascar, universalmente adoradas por el público infantil. En realidad, fue el mayor éxito global de Erick Morillo, un DJ estadounidense de origen colombiano que falleció el pasado martes a los 49 años. Valga esta anécdota para ilustrar que los caminos de la música popular son insondables y que nadie puede adivinar el recorrido de un pepinazo bailable (“I Like To Move It”) que cautivó a mediados de los noventa a los fiesteros de los clubes más hedonistas. También fue la carta de presentación del primer DJ internacional salido de Estados Unidos.

El pujante Morillo triunfó en las noches de Ibiza durante dos décadas. Así debe pasar su nombre a la historia de la electrónica, como uno de los grandes referentes del house e impulsor del sello Subliminal Records. Pero hay más cosas, no del todo agradables de contar.

Morillo comenzó como productor de ritmos para discotecas, pero su vida cambió con un viaje a Londres en 1995. Visitó la legendaria discoteca Ministry of Sound y fue testigo de una sesión triunfal de David Morales pinchando sin camiseta. “Todo el mundo le miraba como si fuera un Dios y pensé que yo quería eso mismo para mí. En Estados Unidos, la gente bailaba sin mirar nunca a la persona que ponía los discos”, recordaba en una entrevista de 2016 para la convención profesional Ibiza Music Summit. El club que le convirtió en estrella fue Pachá, donde tuvo una residencia durante trece años los miércoles por la noche, muchas veces seguida de una fiesta privada en su lujosa villa los jueves por la mañana. Estrellas como David Guetta y los miembros de Swedish House Mafia debutaron en la isla de su mano. “Me alegra haber sido la primera ayuda de los discjockeys que mandan ahora en la escena global”, presumía.

Fue el primer DJ en tener un jet privado con su nombre en el fuselaje; vivía rodeado de modelos, champán y amigos como Puff Daddy

Fue uno de los primeros discjockeys en comprar un avión privado y pintar su nombre en el fuselaje. “La verdad es que tuve que trabajar mucho para eso, recuerdo meses donde daba hasta 27 sesiones”, comentaba. “El secreto de mi éxito es que siempre he pinchado para las chicas”, solía subrayar en las entrevistas. Como era previsible, su vida estuvo repleta de grandes cheques, zonas VIP con top models y botellas de champán a medias con Puff Daddy. Como era de prever, también tuvo serios bajones. “Llegó un momento en que todos los DJs jóvenes a los que yo había ayudado se volvieron más famosos que yo. Mi ego tuvo dificultades para aceptar esa situación. Me eclipsaron justo en el momento en que la música electrónica triunfó en Estados Unidos. Mi error fue intentar seguir esa corriente y ponerme a pinchar música que no amaba solamente para aumentar mi éxito”, lamentaba.

Realidades no reales

Morillo fingió que todo seguía bien y se negó a hablar con nadie sobre el mal momento mal que atravesaba. “Me pegaba las fiestas en mi habitación, para que nadie pudiese verme del revés”, admite. Su gusto por la ketamina, una de las drogas más peligrosas del mercado, acabó afectando a su vida cotidiana. “Creí que las me ayudaba a pensar, pero solo eran voces que me decían que todavía tenía que aspirar a grandes logros. En realidad, ya tenía una vida maravillosa”, lamenta. Terminó pasando tres veces por rehabilitación: sus continuas recaídas tenían que ver con su rechazo a dejar el alcohol, ya que nunca había sido alcohólico. Según confesión propia, las copas se convertían en la puerta al descontrol y volvía a las andadas. También era conocido por su peculiar sentido del humor: después de cobrar su monumental caché, podía lanzar billetes de cincuenta euros en la piscina de una fiesta para reírse de la gente que se tiraba para recogerlos.

Realidades no reales

¿Cuál fue el punto más bajo de su infierno? Sufrió tres arrestos policiales y British Airways le prohibió tomar sus vuelos durante dos años, por dejar droga olvidada en los aseos de primera clase. Se casó y se divorció en un mismo año. Su madre le visitaba en un hospital para encontrar a su robusto hijo reducido a 54 kilos. “Mi terapeuta me dijo: imagina que no vuelves a ser el DJ más grande del mundo nunca más, ¿cuál es el problema?”.  Cuando logró pasar ocho meses sin probar una sola gota de alcohol, regresó a la cabina de Space para dar una sesión de doce horas con “la música más sucia y más tribal posible, la que siempre me ha gustado”, recordaba.

Se inyectaba tal cantidad de ketamina que extirparle parte de un brazo, tampoco podía orinar sin dolor

Cuando logró limpiarse, se volvió a enamorar de las cabinas y pinchaba solo una vez cada dos meses, para no recaer en la espiral de estrés. Siempre llevaba a un amigo sobrio a las sesiones para evitar tentaciones y que no le insistieran los fiesteros más pesados. “La ketamina me colocó en una realidad que no era real”, advertía. “De repente, me di cuenta de que tenía una casa en Ibiza, otra en Miami, un montón de dinero en el banco y muchos amigos con los que hacer cosas. Aprendí que el secreto era ser fiel a ti mismo y a tu música”, resume. Volvió a centrarse en grabar y construyó un megaestudio en su tercera casa, la de Los Ángeles. Su problema llegó a parecerle un mal sueño.

Un grito que atraviesa tres plantas

En su peor momento, se inyectaba tal cantidad del estupefaciente que tuvieron que dormirle y extirparle parte de un brazo. Llegó al punto de que no podía orinar, el dolor era tan grande que le obligaba a acudir al hospital. “Una de las peores veces mis gritos podían escucharse tres plantas por encima de la mía”, confiesa. Se empezó a inyectar la droga cuando comprobó que esnifarla no le causaba ningún efecto, por grande que fuera la dosis. Una vez consiguió limpiarse, sintió haber salido de "una enorme nube negra donde solo conseguía encontrarme deprimido" por haber perdido el trono comercial de la música electrónica.

A los largo de la entrevista para Ibiza Music Summit, conducida por su amigo Pete Tong, anunció que “hoy mi única adicción son la música y las chicas”. El público presente en la sala respondió con un largo y cálido aplauso. Por desgracia, esta historia no termina bien, por motivos que tienen que ver con esta frase. Aunque no se ha hecho pública la causa de la muerte, se da como más probable la opción del suicidio, ya que Morillo debía enfrentarse esta semana a un juicio por violación en Miami. Había sido denunciado por una mujer a la que conoció en una fiesta privada el pasado diciembre y que rechazó en reiteradas ocasiones sus avances sexuales. La chica se fue a dormir y al levantarse se encontró desnuda y con señales de haber sido violada. Decidió acudir a la policía, que le hizo pruebas en el Jackson Memorial Hospital, donde se halló ADN del famoso discjockey. La decadencia personal de sus últimos años ensomberece de manera inevitable una de las trayectorias de más éxito comercial en la historia de la electrónica.

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