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Karina Sainz Borgo

Feria del Libro de Madrid

Su majestad: Obama compraba los libros, no se los regalaban

Los reyes esta mañna en la feria del libro de Madrid.
Los reyes esta mañna en la feria del libro de Madrid. EFE

Dejémonos de ñoñeces. Que los Reyes Magos son los padres. Y sanseacabó. De aquí en adelante subid la guardia, porque os va a doler. Aunque más que dolor, debería de daros vergüenza. Cada año que sus majestades –sean los monarcas o la infanta Elena- inauguran la Feria del Libro de Madrid, las cosas ocurren de acuerdo a un libreto previsto. Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y cuándo. Cada pasito de la visita está medido y guionizado.

Avisan a los libreros y editores, claro, para que tengan a punto los volúmenes para obsequiar a sus majestades

Un papelito con ese itinerario lo reparte Casa Real a la prensa que acompaña la visita. Avisan a los libreros y editores, claro, para que tengan a punto los volúmenes para obsequiar a sus majestades. Los grandes grupos tragan porque pueden, las pequeñas librerías y sellos porque les toca. Y así pasan los reyes: con su viento de cosa esporádica, ese soplo excepcional de galeón hundido.

Se retratan, saludan. Convierten en trabajo lo que para cualquiera es la vida diaria. Incluso se lucen con algún comentario de ingenio y lectura, como los de doña Letizia: que ya de princesa leía e instruía a los libreros sobre Jonathan Franzen –ella no pregunta, ella constata su cultura- y que ahora, de reina, se muda de Salamandra a los sellos independientes. Una realeza hipster. De postureo. De leerse las solapas y meter la tripa de la foto.

Una realeza hipster. De postureo. De leerse las solapas y meter la tripa de la foto.

En esta ocasión, la reina guiña su ojo tuerto de periodista –el mucho pilates le ha quitado la voz y le habrá secado la vocación- al sello Libros del KO, una editorial que nació en el peor año de la crisis (2011) y cuyos editores –periodistas todos, algunos en paro incluso en aquel entonces- se enrolaron a la fuerza en el pelotón de los emprendedores: esa división que los populares mandaron a morir a la primera línea del frente para defender una patria que andaba a dos velas.

Con esos chicos -Emilio Sánchez, Guillermo López y Álvaro Llorca- se retrata la reina. Lo hace sonriente, encantada. Quizá porque ignora lo mucho que tuvieron que trabajar ellos cuando el periodismo apretaba fuerte y en la calle las historias no pagaban. Quizá porque la reina, exorcizada del sentido común e inteligencia que alguna vez mostró regalando al Rey un texto de Larra, ha olvidado lo duro y lo mal que paga el oficio a veces. ¡Y ya no digamos la edición de libros!

Su majestad: es usted más frívola de lo que yo pensaba. Usted se acerca a esa caseta con una intención. Saca pecho de reportera y se luce. Quiere que lo sepan ellos y todos los periodistas que la siguen: que usted ha leído uno de los libros de su catálogo. Caramba, cuál será. Una historia personal, de Katharine Graham. Un título que usted, majestad, ni siquiera levantó de la mesa, uno que ni siquiera compró. Un libro que a sus editores les cuesta horas de trabajo y mucho dinero y que usted no visibiliza, aun sabiendo que todo cuanto hace crea mensaje y ejemplo.

Sí, doña Letizia: esos editores con los que usted se ha retratado la mañana de este viernes también están en los huesos.

Sí, doña Letizia: esos editores con los que usted se ha retratado la mañana de este viernes también están en los huesos. No sé si por el mucho ayuno pero sí por el mucho trabajo. Y, majestad, como dice Nabokov: los detalles importan. Si en un país en el que dos de cada tres españoles no lee ni compra un libro jamás usted, majestad, no ha tenido el detalle de crear ejemplo, dudo mucho que los tenga para otras cosas. Si usted no ha comprado un libro a sus compañeros, no nos pida a nosotros que creamos en una corona joven y culta, renovada y también emprendedora. Usted a mí no me engaña. Usted no es lectora, porque si lo fuera lo habría hecho, habría comprado ese libro. Habría sacado el billete. Habría pagado el trabajo de los otros, que para más INRI, comparten profesión con usted.

Barack Obama apoyó al sector libros y libreros como nadie. Iba a las librerías, compraba novelas, las comentaba. Comprar el libro es un gesto político, de afirmación ciudadana.

Durante su presidencia, Barack Obama apoyó al sector libros y libreros como nadie. Iba a las librerías, compraba novelas, las comentaba. Comprar el libro es un gesto político, de afirmación ciudadana. Es echar en la hucha de la cultura, la moneda de la empatía, del tributo al esfuerzo. Cada libro comprado le come terreno a la piratería, a la incultura y la estulticia. Pero, claro, su majestad, qué va a saber usted de eso. A Barack Obama los libros no se los regalaban. Él, majestad, los compraba.



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