Se cumplen diez años desde la eclosión del 15-M y su espíritu de la Tierra de Nunca Jamás. Entonces, miles de manifestantes acamparon en la madrileña Puerta del Sol. "Lo llaman democracia y no lo es”, gritaban. Primavera, año 2011: una de las crisis económicas y financieras más duras embestía contra las grandes economías; España había alcanzado un índice de desempleo de 4,9 millones de personas, el doble de la media europea, y José Luis Rodríguez Zapatero se disponía a adelantar las elecciones generales sin completar su segunda legislatura.

Ese 15 de mayo de 2011, en el kilómetro cero de la capital, se dieron cita jóvenes sin acceso al mercado laboral, trabajadores precarios, jubilados golpeados por la pérdida de poder adquisitivo, así como prejubilados y miles ciudadanos que habían perdido su puesto tras los Expedientes de Regulación de Empleo que asolaron a decenas de compañías. Lo que comenzó como una explosión de malestar y acabó en movimiento asambleario se extendió a más de 50 ciudades en toda España. La efervescencia menguó en su escala, pero el malestar se agravó con los efectos de los recortes económicos que puso en marcha el gobierno del popular Mariano Rajoy ante las exigencias del Banco Europeo y el Fondo Monetario Internacional.

En 2014, exactamente tres años después del movimiento 15M, un remanente del fenómeno indignado tomó forma de partido político: Podemos, una organización que irrumpió con el espíritu revolucionario de los que gustan prometer un nuevo orden en tiempo de ruinas. Pablo Iglesias y su formación –integrada entonces por Íñigo Errejón, Carolina Bescansa o Rafael Mayoral- intentaron abrir una astilla en el hueso del sistema. Un clima de crisis social, el desmantelamiento de las Cajas de Ahorros ante la intervención y saneamiento de la banca y la investigación de los casos de corrupción derivados volvieron la situación insostenible.

El nuevo panorama político tuvo en Pablo Iglesias y su formación uno de los ejes de la llamada regeneración, discurso del que también echó mano Ciudadanos, aquella fuerza política creada por Albert Rivera, quien muy pronto daría el salto de la política catalana a la nacional. Ambos construyeron su propio relato sobre el fin del bipartidismo y el hartazgo de las clases medias ante la corrupción institucional. En ese tiempo, España hizo frente a una de sus crisis económicas más dramática, un rescate bancario, una abdicación y un posterior exilio de Juan Carlos I. También cinco elecciones, una declaración unilateral de independencia en Cataluña y la posterior aplicación del Artículo 155. A eso se sumó, y no como colofón, la primera moción de censura exitosa en 40 años de democracia, unas elecciones generales  (con repetición incluida) y una pandemia mundial que en España se ha cobrado más de ochenta mil muertos.

Un caldo de demagogia cuajó muy lentamente a lo largo de esta última década, marcada por la mengua de liderazgos dentro y fuera de la UE. En ese panorama revuelto y complejo, recuperaron vigor géneros literarios como la novela realista, la novela negra, el thriller y el policiaco. Eran ventanas propicias para asomarse a un mundo en trance. Lo que se conoció como el movimiento de los indignados provocó réplicas, entre ellas el fenómeno de los chalecos amarillos en Francia, del que se valió Michel Houellebecq para escribir Serotonina (Anagrama), una novela en la que retrató la desintegración de un hombre, una sociedad y también de una civilización ¿Existe un libro similar en la España de estos diez años? ¿Llegó a tener incluso el 15M una novela propia que describiese y dotara de sentido literario ese malestar?

¡Indignaos!

La literatura en España reflejó aquel espíritu crepuscular en libros como  En la orilla (Anagrama, 2013), en cuyas páginas Rafael Chirbes construyó lo que muchos llaman la gran novela de la crisis. Leída en conjunto con Crematorio, En la orilla compone el fin de fiesta del progreso económico y social, que hasta entonces se había comportado como un espejismo bajo el que crecieron varias burbujas, entre ellas la inmobiliaria. Chirbes, un autor con una obra sólida y destacada, consiguió hacer saltar en la literatura la chispa de un malestar mayor. Plantó la semilla de una reflexión que otros autores interpretaron en otras claves. Muchas derivadas pueden identificarse a partir de esas páginas del escritor valenciano: desde la novela negra hasta la autoficción como testimonio social.

Existen libros muy identificables de esos años. Isaac Rosa publicó  La mano invisible (Seix Barral, 2011) y La habitación oscura (2013). También aparecieron  Democracia (Seix Barral, 2013), en cuyas páginas Pablo Gutiérrez recrea el panorama social durante  la caída de Lehman Brothers, y  La trabajadora (Random House, 2014), de Elvira Navarro, que narraba la vida de una mujer joven, instruida, que trabaja para la editorial de un gran grupo que acaba de poner en marcha un ERE. Apareció en la literatura contemporánea un impulso por reflejar una clase media ‘desclasada’ y apeada de las principales promesas que el Estado del Bienestar había hecho: un trabajo precario, mal remunerado,  barato para quien contrata e insuficiente para quien intenta sobrevivir.

Surgieron libros críticos con determinados discursos de poder, incluido el que se vinculaba al propio 15M. Ese fue el caso de Los combatientes, la primera novela de Cristina Morales. Publicada en Caballo de Troya en 2013,  la novela está protagonizada por los integrantes de una compañía de teatro universitario. Parapetada en la reflexión sobre la realidad y la representación, Morales pone en boca de sus personajes no el discurso libertario e indignado de los jóvenes del siglo XXI, sino el ideario de la Falange al transcribir sin alusiones (e intencionadamente) un trozo del discurso de Ramiro Ledesma, fundador de las JONS y uno de los intelectuales fascistas más destacados. Morales deslizó una crítica demoledora.  

Fuera de España surgieron firmas y voces que armonizaron culturalmente el fenómeno. La No Ficción y el periodismo se impusieron. Se habló de una literatura post 15M e incluso de una literatura de los indignados, como se refirieron al movimiento en todo el mundo.  El escritor y político francés Stéphane Hessel, se convirtió en el autor de su catecismo global: ¡Indignaos! , un manifiesto de 32 páginas que llamaba a la rebeldía de la juventud y que llegó a vender  más de cuatro millones de ejemplares. Las sesenta páginas de la edición española de ¡Indignaos!, publicada por Destino, incluyeron un prólogo de José Luis Sampedro. Fue, sin dudarlo, el superventas de una primavera en la que los movimientos árabes ya habían hecho su aparición.

¿La novela que no fue?

Una década después y ante la pregunta sobre qué fue de la literatura del 15M, las cosas lucen bastante menos claras.  ¿Existió tal cosa como una escuela literaria que bebiese de su espíritu? De ser así, ¿dónde ha quedado? ¿Por qué no prosperó? Ante estas preguntas hay quienes se muestran pesimistas, tal y como explica la escritora  Elvira Navarro  a Vozpopuli: “El relato político siempre ha participado de la ficción en la medida en que es una proyección hacia el futuro, que es un tiempo que no existe y sobre el que inevitablemente se proyectan utopías”. La política siempre ha tenido este componente, sostiene la autora de La trabajadora. “No es algo nuevo, y el 15M participó de ello en la medida en que no fue un movimiento antisistema: lo que se pedía era un regeneración. Lo que ha venido después es el cuento de siempre: surgieron políticos profesionales que usan el 15M como máscara, pues la única verdad es que los que llegaron nuevos a la política han reproducido las inercias del poder”.

Nadie sostendría hoy que existe tal cosa como un 15M, ni siquiera el remanente de algunos de sus postulados. Así lo describió el filósofo Ernesto Castro en Memorias y libelos del 15M (Arpa), un libro en el que se refería más a la conmemoración que a la celebración de tal cosa como un aniversario, entre otras cosas por la propuesta de la entonces alcaldesa Manuela Carmena de colocar una placa en honor al 15M justo en la Puerta del Sol en el año 2018. "Resulta irónico que un movimiento social cuyas consecuencias más palpables a medio plazo fueron finiquitar el bipartidismo PPSOE y 'vacunar a este país contra la extrema derecha', según el tópico podemita, cumpla diez años cuando España previsiblemente se encamina hacia un sistema político tripartidista donde el tercero en discordia es -!sorpresa¡- la extrema derecha", dijo Castro a Víctor Lenore en una entrevista publicada en Vozpopuli.

En su más reciente intento por publicar una variante de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, la editorial Lengua de Trapo ha convocado a un grupo de autores para dar cuenta de los episodios más significativos de la vida española contemporánea. Sabina Urraca  fue la encargada de firmar la primera entrega, que lleva por título Soñó con la chica que robaba un caballo, una historia que refleja la aparición de una conciencia política sacudida por los atentados del 11M. Ha correspondido el tercer volumen a Rocío L. Bardají (Madrid, 33 años): Hotel Madrid, que ofrece una mirada retrospectiva de lo que el 15M supuso como expresión política. " Hotel Madrid intenta desmitificar la idea de que el 15M se trató de un momento naif”, explicó la autora al diario Público al momento de colocar en contexto un momento histórico cuyo encaje en la ficción se ha visto arrollado por la irrupción de otros temas que navegan en una misma corriente de revisión.

Precariedad, auto ficción y...

Transcurrieron 10 años desde lo ocurrido en la Puerta del Sol hasta hoy, y se mantuvo un ciclo literario que profundizó la mirada implícita en la novela realista que ya muchos autores como Marta Sanz habían trabajado de manera consciente. Su obra, de hecho, abona ese territorio mucho antes del fenómeno 15M. No hay novela ni ensayo suyo que no lo aborde: desde aquella serie de novela negra que incluía Black, black, black o Un buen detective no se casa jamás, pasando por el ensayo con No tan incendiario (Periférica) y Monstruas y centauras (Anagrama) hasta la poesía.

Autores como Isaac Rosa también han mantenido un edificio literario que se yergue sobre esa reflexión. Su más reciente novela, Feliz final, ha sido leído como un desconsolado testimonio de la ruptura amorosa que le permite reflexionar sobre el peso del dinero en la pareja. “Me parece muy interesante, y dice mucho de nuestro tiempo, cómo la precariedad ha ido impregnando una autoficción que se ha vuelto más permeable a la realidad política y social. Durante años la mayoría de autoficciones nos hablaban del escritor que intentaba escribir su novela, de sus devaneos literarios, sus conflictos familiares, sus hallazgos casuales y sus problemas sentimentales. Me sorprendía que, siendo la de escritor una de las profesiones más precarizadas, con una mayoría de autores subsistiendo, las autoficciones no hablaran de ello. Por suerte cada vez vemos más autoficciones escritas con facturas, alquileres, paternidades y maternidades llenas de inseguridad material, y rencor, mucho rencor social, de clase, que siempre es un buen combustible literario”, comentó Rosa a Vozpopuli sobre aquel libro en 2020.

Desde Elena Medel con su novela Las maravillas hasta libros más comprometidos y militantes con determinadas agendas, la precariedad creció como tema, pero no necesariamente en la dirección en que se gestó durante el 15M, es decir: una concepción asamblearia. Aquel malestar comenzó a disgregarse en un particular archipiélago de ideas que orbitan hoy en una misma galaxia: precariedad, periferia, clasismo, segregación, racismo, gentrificación, despoblación, feminismo… Son claves que sólo pueden percibirse en libros publicados a partir de 2011, pero que no se limitan al reclamo de conjunto del 15M.

La pregunta sigue sin contestar. ¿Existe una novela del 15M o al menos una que pueda ser llamada la novela que lo refleje? Si de alguna manera aquel fue el punto de partida para cambios sociales y políticos, ¿cómo no iba a ocurrir lo mismo en el panorama literario? La aparición y desarrollo de temas relacionados con identidades nacionales y regionales, como el procés catalán, el juicio al consenso de la Transición o la vigencia de instituciones como la Corona también forman parte de un ciclo distinto, impulsado, eso sí, por una pulsión más cercana al desagravio que al cambio.

La ficción como territorio mestizo y atomizado se hizo permeable. Acogió otros temas cuya urgencia y visibilidad colonizaron buena parte de los catálogos editoriales. Por ejemplo, la reivindicación sobre la igualdad de género tuvo en el MeToo un revulsivo: las redes sociales se convirtieron en el terreno natural para ese y otros asuntos que rápidamente desembocaron en lo que Mark Lila describió como el debate de las identidades, y que aparecen en la producción literaria enmarcadas como una tendencia que sobrepasa el núcleo temático hasta entonces acotado en el terreno de lo social.