Cultura

Los libros para entender los cien años de la Guerra que acabó con los imperios

Se conmemoran cien años del fin de la Primera Guerra Mundial. Algunos ensayos y novelas arrojan una visión de conjunto sobre ella. ¿En qué se parece la Europa actual a la de aquellos años? 

Una imagen de la División Británica durante la Primera Guerra Mundial.
Una imagen de la División Británica durante la Primera Guerra Mundial. Wikipedia

Fue la guerra que acabó con los imperios: desaparecieron cuatro de ellos.Duró cuatro años. Murieron nueve millones de personas, un millón de ellas durante los primeros cinco meses. A su paso se esparcieron el hambre, las epidemias y las migraciones forzadas. En la Primera Guerra Mundial todos fueron perdedores. Incluso quienes ganaron, Francia y Gran Bretaña, la perdieron: acumularon más de dos millones de muertos y terminaron endeudados. Este 2018 se cumple el centenario de su fin. 

Con la conmemoración reaparecen las preguntas. ¿Qué es lo que sucedió para que un problema local en los Balcanes adquiriera una relevancia mundial? ¿Pudo el conflicto haber ido en otra dirección? ¿Por qué el internacionalismo proletario no frenó los nacionalismos? Extinta la Guerra Fría, ¿se parece el mundo del 1918 a este? Algunos libros ofrecen algunas claves históricas sobre las causas de esta guerra y sus consecuencias inmediatas en la política europea y el resto del mundo.

El historiador Christopher Clark, autor del reputado libro Los sonámbulos(Galaxia Gutenberg), sostiene que la cultura occidental ve en el pasado "los ecos de sus propias preocupaciones". De ahí que este aniversario retumbe con especial y fuerza, no sólo por la redonda y añeja cifra que evoca, sino por la desazón que ese siglo ha dejado tras de sí. ¿La humanidad realmente ha entendido sus sucesivas demoliciones? A juzgar por la profusión de literatura revisionista todo apunta hacia un asunto: hay que dotar de nuevo sentido el conocimiento que ya se posee.

Un detalle de la portada del libro de Clark.
Un detalle de la portada del libro de Clark.

En el libro De la paz a la guerra(Turner), de la historiadora y catedrática de la Universidad de Oxford Margaret MacMillan, bisnieta del premier británico David Lloyd George. MacMilan se convirtió en un referente gracias a su libro sobre el Tratado de Versalles, París 1919: seis meses que cambiaron el mundo, editado en España por Tusquets. Aquí, la historiadora se centra en el inicio de la contienda: las causas, la red de alianzas, los tratados, las razones que convirtieron el conflicto en el mayor estallido armado hasta el momento. ¿Su tesis? La guerra pudo evitarse. Según la crítica, este libro de MacMillan retoma y renueva Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman, que tiene ya más de cincuenta años de publicado, así como Les causes de la Première Guerre Mondiale, de Jacques Droz.

En el ensayo 1914, el año de la catástrofe(Crítica, 2013), el periodista y escritor especialista en la Segunda Guerra Mundial Max Hastings, se centra en documentar la Gran Guerra a través de testimonios de quienes participaron en ella. Hastings se basa en los resultados de las investigaciones más recientes para profundizar en los orígenes, los planes y la dirección del conflicto. Nutrido del alimento cotidiano, narra los combates y revive la experiencia humana de quienes participaron en la guerra. Lo consigue gracias al empleo de una riquísima documentación de cartas, diarios y testimonios de oficiales rusos, artilleros serbios, soldados franceses o belgas.

Hay una visión cotidiana de la contienda que el historiador Juan Eslavaán Galá documenta en  La Primera Guerra Mundial contada para escépticos (Planeta, 2014), un volumen que continúa el camino iniciado con Historia de España contada para escépticos y seguido con Historia del mundo contada para escépticos.  Anécdotas, datos, documentación y mucha, mucha historia. Esas han sido las armas de Eslava Galán en estas páginas, que no escatiman en raras y curiosas estampas, pero también en acres lecturas.  Se emplea a fondo el escritor en describir los peores escenarios de esta contienda: las trincheras. No sólo retrata el frío, la humedad y enfermedades, sino que se afana en describirlas como lo que fueron: una vida de ratas.

La Primera Guerra Mundial contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.
La Primera Guerra Mundial contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.

Eslava se permite la curiosidad, quizá para profundizar el horror y trocarlo en macabro chiste. En sus páginas relata cómo, por ejemplo, algunas fosas comunes tenían tan poca profundidad que la artillería de los ejércitos lograba dejarlas rápidamente al descubierto e incluso describe el coñac barato que daban a los soldados de algunos batallones para conseguir “el impulso suicida” de ir a por el enemigo completamente eufórico y ebrio. Episodios conocidísimos, sobre los que se ha escrito –y bastante-, como la muerte de la espía Mata Hari a manos de un pelotón de fusilamiento, quedan travestidos no en frívolas estampas pero sí en postales suspicaces. Cuenta Eslava Galán por ejemplo, cómo pudieron los celos de una javanesa, Raquel Meller, ser uno de los motivos que precipitaron la ejecución de la espía. Describe verdaderas curiosidades:  granadas llevadas en grandes cestas al lomo de burros; perros que tiran de los cañones o la inverosímil estampa del palomar móvil de los ejércitos británicos; sí, un camión con una decena de jaulas llenas de aves mensajeras apiladas en el techo. 

Desde una perspectiva analítica, que no necesariamente divulgativa como la que puede tener Norman Stone en su manual Breve historia de la Primera Guerra Mundial (Ariel), el británico David Stevenson quien traza un amplio recorrido por la contienda en 1914-1918, La historia de la primera guerra mundial. Situándola en el contexto de su época y revelando sus conflictos ocultos, Stevenson examina las causas, el transcurso y el impacto de una guerra que acabó con todas las demás.

El mundo de la Gran Guerra 

La llamaron la Gran Guerra porque nadie se imaginó que habría una segunda. En esos cuatro años ocurrieron muchas otras cosas: episodios de un mundo que cambiaba veloz y en el que pasaba desapercibida su propia modernidad en medio del atronador ruido de la batalla. Esa es la hipótesis de la que parte el historiador, investigador y ensayista Antonio López Vega en el libro 1914. El año que cambió la Humanidad (Taurus, 2014).

Las siete puñaladas que la militante sufragista Mary Richardson le asestó a La Venus del espejo, de Velázquez, en la National Gallery de Londres; la pronunciación del discurso de José Ortega y GassetVieja y nueva política, como signo de una generación de intelectuales modernizadores en la España de comienzos de siglo; la toma de Veracruz por los marines estadounidenses, acto afirmativo de un país que se convertiría en la potencia occidental; el estreno de El ruiseñor de Igor Stravinsky, la versión melódica de lo que Cézanne había comenzado en 1900 y Picasso acuñó en Las señoritas de Avignon en 1907; la apertura del canal de Panamá, la vía de navegación que reconfiguró el mercado mundial… Sí, todo y más ocurrió en ese año, 1914.

La llamaron la Gran Guerra porque nadie se imaginó que habría una segunda. En esos cuatro años ocurrieron muchas otras cosas...

Escribió el poeta británico Edmund Blunden –y acaso con razón,  porque luchó en ella- que ningún bando "había ganado ni podía ganar la guerra… la guerra había ganado". En sintonía con ese espíritu de la devastación, Adam Hochschild, profesor de redacción en la Graduate School of Journalism de la Universidad de California en Berkeley y colaborador en The New Yorker y The New York Review of Books, publicó en 2013 Para acabar con todas las guerras: una historia de lealtad y rebelión, 1914-1918,  traducido y editado en España por Ediciones Península. Se trata de una historia humana del conflicto.

Entre los testimonios de la literatura que se produjo durante la Gran Guerra destaca Diario de guerra (1914-1918) de Ernst Jünger. El escritor, filósofo, historiador y novelista alemán tenía 19 años cuando se alistó voluntariamente en el 73º Regimiento de Fusileros. Cruzó la frontera de Luxemburgo a finales de 1914 y, poco después, entró en combate. Registró sus vivencias, día a día, en quince cuadernos que ahora Tusquets publica en español y en cuyas páginas describe lo que consigue a su paso: pueblos quemados, heridos abandonados, también describe la dureza de la vida en las trincheras, el peligro de las incursiones nocturnas para capturar prisioneros o las ocasiones en que escapa de la muerte, agazapado en el cráter de un obús. También de Junger, se ha publicado El teniente Sturm, una novela en la que recrea esas vivencias a través de un narrador –un soldado, escritor- que escribe afanosamente en su diario a la vez que su patrulla y avanza en las trincheras.

14, del francés Echenoz.
14, del francés Echenoz.

No escrito en aquellos años, pero igualmente potente al momento de testimoniar la Gran Guerra cabe mencionar 14 (Anagrama, 2013), del francés Jean Echenoz. En un libro brevísimo, apenas 200 páginas, Echenoz avanza junto a los soldados en sus largas jornadas de marcha por los países en guerra y acompaña a cuatro jóvenes de la Vendée, Anthime y sus amigos, en medio de una masa indiscernible de proyectiles, muertos y cotidianidad, un día a día en el que los cascos para salvar la cabeza de las balas sirven de plato de sopa o cazuela para cocinar. Carne en descomposición, pestes de trinchera, picadillo en el campo de batalla. Hay quienes, como el periodista Peio Riaño, dicen que Echenoz “se pasó al gore” en estas páginas. Y puede que así sea, porque en esa carnicería levanta, sin embargo, una historia potente, tan cotidiana como repugnante, en la que la violencia cobra sentido. Un poco a la manera de Las benévolas–de Littel- pero de manera menos pretenciosa, esencial, y más diestra.

Cuando preguntaron a Echenoz por qué decidió una novela sobre la Primera Guerra Mundial, el francés contestó: “Nunca pensé escribir sobre esa guerra. Pero un día se murió un pariente de mi mujer y apareció el diario de su tío abuelo, que estuvo movilizado desde el primer día hasta 1919, un año después del final de la guerra. Era un diario muy púdico, parecía escrito para el censor. Lo leí y lo transcribí, aunque sin intención de escribir sobre él. Poco a poco empecé a interesarme por la guerra, me puse a investigar, leí a varios autores alemanes y franceses que habían combatido, y decidí reconstruirla mezclando lo que aprendí y lo que imaginé”.



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