Cultura

Carlos Fernandez Liria: “Lavapiés tiene mucho de burbuja maoísta”

El pensador publica “Sexo y filosofía. El significado del amor”

El profesor y ensayista Carlos Fernández Liria
El profesor y ensayista Carlos Fernández Liria

El profesor y ensayista Carlos Fernandez Liria (Zaragoza, 1959) es un agitador filosófico. El centro de su trabajo es conseguir algo parecido a pensar. Esa era la aspiración de sus guiones para Los electroduendes en el mítico programa de los años ochenta La Bola de Cristal (TVE), de su polémico manual de la asignatura Educación para la ciudadanía y de sus célebres clases en la Complutense, que ayudaron a comprender El Capital a varias generaciones de estudiantes, entre ellas destacados políticos y pensadores actuales. Ahora que todo el mundo escribe sobre batallas políticas inmediatas, ha decidido publicar Sexo y Filosofía. El significado del amor (Akal), más de trescientas cincuenta páginas sobre las aguas pantanosas de los afectos, donde los principios morales no siempre coinciden con los deseos del corazón y la carne.

sexoliria
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Tengo la impresión de que la izquierda se divide en dos bandos sexuales: los defensores del amor libre -que podemos llamar contraculturales- y los partidarios de extender el compromiso a las relaciones sentimentales. Estos últimos están en la onda del Michel Houellebecq de Ampliación del campo de batalla, que defiende que el amor libre es casi siempre una rendición, en el sentido que extiende las lógicas de mercado libre al ámbito íntimo. 

Houellebecq es sexualmente un cerdo, demasiado anclado en sus propios fantasmas personales que son bastante particulares, no creo que sea un buen modelo para hacer teorías. Es más bien un caso para estudiar, porque, eso sí, es un buen escritor y lo que nos cuenta es interesante desde el punto de vista antropológico o psiquiátrico. En todo caso, me parece de una gran irresponsabilidad, en el fondo muy puritana, todo eso que se dice de que el amor libre trajo algo así como la lógica de mercado a la sexualidad. Es un disparate desconocer y minusvalorar el cambio descomunal que supuso la revolución sexual de los años sesenta y setenta. Yo diría, al contrario, que es uno de los pocos ejemplos inequívocos que se pueden argüir a favor de la idea de progreso. Los protagonistas de esta revolución quizás tuvieran mucho de hippies lobotomizados, pero el caso es que triunfaron en todo el mundo. En España, estábamos sumidos en una esclavitud patriarcal apuntalada por el nacionalcatolicismo franquista, la mujer tenía obligación de llegar virgen al matrimonio, bajo pena de ser repudiada y excomulgada de toda sociedad honesta. De la noche a la mañana todo eso se vino abajo. Los anticonceptivos y el amor libre socavaron en pocos años una tradición que pretendía anclar sus raíces in illo tempore y que venía vigilada por padres, maridos, sacerdotes, jueces y policías, toda una imponente estructura de poder. Todo se derrumbó como un castillo de naipes. Es algo sorprendente y admirable. No hay más que ver cuál es la situación en el mundo musulmán, donde esta revolución aún no se ha llegado a producir. Nuestra basura católica y protestante no era muy distinta que la de ellos. Y sin embargo, no resistió la ofensiva de cuatro hippies bailando rock en pelotas. A mí, venir a decir que esta inmensa victoria nos llevó a la mercantilzación capitalista de la sexualidad me parece de una miopía insólita, además de una irresponsabilidad y de una grave insolidaridad con los pueblos que no tuvieron esa suerte, como ocurre en el Islam. Me parece un cáncer que corroe el pensamiento de izquierdas: que de pronto no se sabe ya reconocer las victorias (ni, por tanto, las derrotas). ¿Se puede defender, como usted hace en el libro, el amor libre y al mismo tiempo las letras de Conchita Piquer y de Los Chichos?

El amor libre, lo mismo que el matrimonio católico o cualquier otra fórmula, tiene que ver con lo que yo llamo “recetas para seguir viviendo” una vez que se ama. El amor y la vida no se tienen muy en cuenta. Normalmente siguen caminos opuestos, como bien cantan machaconamente los tangos. Cuando te descubres enamorado no encuentras muchas fórmulas que no sean apocalípticas: que no llegue el alba, que este instante sea eterno, mátame aquí mismo y que no haya mañana…, nada de esto es una buena receta para seguir viviendo nuestra rutinaria vida de mierda. Así es que buscamos fórmulas para hacer compatible nuestra vida con el hecho de estar enamorados. Y algunas son sin duda mejores que otras. Unos optan por el poliamor, otros por las parejas abiertas, otros por el matrimonio religioso o civil, en fin, otros y otras hicieron comunas y ensayaron si se podía abogar por “la muerte de la familia”. Hacemos lo que podemos con el hecho del amor. Pero el amor no pasa por eso a ser una cosa distinta. Y desde luego, si queremos saber lo que es el amor, no conviene preguntar a una secta ideológica, un partido político o una doctrina religiosa. Hay que preguntar -es lo que intento mostrar en mi libro-, a Los Chichos, a Conchita Piquer, a Camarón de la Isla, y desde luego, a Federico García Lorca, a Neruda o a Shakespeare. Pero no a un grupo maoísta para que nos diga cómo hay que follar sin ser políticamente incorrecto.

"Los chinos buscaron en el libro rojo de Mao cómo acabar con la sexualidad burguesa y acabaron prohibiendo el sexo oral y anal", explica

La penúltima vez que entrevisté a Camela me atreví a mencionar el poliamor. Tuve que explicarles en qué consistía y se partían de risa al escucharlo, aunque dijeron que “cada uno es libre de practicar lo que quiera”. Diría que los partidarios del amor romántico no parecen especialmente empeñados en imponer su modelo a nadie, mientras que los del poliamor suelen considerar que la pareja, la familia y las bodas son instituciones tóxicas, patriarcales y 'cuñadas', con las que hay que acabar. A mí me han reñido en Lavapiés por ser fan de las letras de Camela.

En la calle Argumosa (Lavapiés, Madrid) no me extraña, porque ahí tenemos mucho de burbuja maoísta. Como marxista, siempre detesté el maoísmo por lo que tenía de revolución cultural. Los hippies reventaron la cultura en nombre de la libertad, aunque luego cayeran en manos de todo tipo de sectas. Los maoístas siempre que hacen una revolución cultural, reinventan la mentalidad de sus abuelos. Es algo que se está experimentando ahora en las batallas internas del mundo feminista, que me recuerdan a las del marxismo de otros tiempos. Los chinos buscaron en el libro rojo de Mao cómo acabar con la sexualidad burguesa y acabaron por prohibir el sexo oral y anal, y por supuesto la homosexualidad. Es terrible que esto pueda ocurrir ahora bajo otros signos políticos. Desde determinados catecismos de izquierda ¡habría que prohibir a Camela! Leí un artículo una vez de una supuesta feminista que defendía que los pies eran una parte repugnante del cuerpo y que era machista pretender que no. Me parecen cosas del mismo tipo: puro maoísmo, la peste del pensamiento de izquierdas. En todo caso, me dejas perplejo y, realmente pienso que tenemos que salir un poco más de la calle Argumosa. ¿Dices que los partidarios del amor romántico no se meten con nadie? Si por amor romántico entendemos algo así como la fidelidad matrimonial, eso es lo que ha defendido siempre la Iglesia católica, aliada del ejército franquista en este país, nada menos. A mí desde luego, a lo largo de mi vida, los partidarios del poliamor me han molestado mucho menos. Al contrario, más bien me han hecho muchos favores.

La antropóloga y sexóloga Leyre Khyal me dijo una vez que pensaba que había que ser una persona muy simple para que te funcione el poliamor. Se refería a carecer prácticamente de celos, dudas, inseguridades…

¿Qué estrategia funciona realmente ante el hecho de estar enamorado? Depende de lo que quieras que funcione. En el libro pongo como ejemplo la película esa de los setenta, El imperio de los sentidos (1976). Los protagonistas se meten en la cama a follar y ya no pueden dejar de hacerlo. Les funciona seguir follando. Al final deciden matarse el uno al otro para que no deje de funcionar. Otra cosa es si lo que quieres es que te siga funcionando la vida que llevas, tu trabajo, lo que te une a tu madre y a tus “muchachos, compañeros de la vida”, etcétera. Entonces buscas fórmulas para administrar lo que te está pasando. Lo bueno que tiene Leyre Khyal es que ella sabe que los celos, las dudas, las inseguridades, no van a poder ser modeladas por ninguna terapia ideológica, van a seguir ahí. Así es que el poliamor “funcionará” con muchos problemas. Pero, vamos, anda que el matrimonio o la pareja monógoma no tienen problemas. Exactamente los mismos. Y en muchos sentidos, los gestionan mucho peor, con mucho daño hacia las partes. No olvidemos, por ejemplo, lo que pasó -y lo que pasa- cuando el asunto lo gestiona la Iglesia católica. Si por ella hubiera sido, ¡estaría prohibido el divorcio! Menuda manera de funcionar con los celos, las inseguridades y las emociones humanas. No. Hay ideas mejores y peores. Hay ideas, por ejemplo, como el matrimonio monógamo, que, en realidad, sólo han “funcionado” desde el presupuesto de que la mujer fuera ama de casa y “señora de su marido”, es decir, desde una base parecida a la esclavitud. Dicho esto, claro, es una estupidez pensar que el poliamor, el amor libre o las parejas abiertas, etcétera van a funcionar sin problemas. Pero, por lo menos, no se empieza por poner una ignominia como punto de partida.

¿Cómo vivió esos años tan delirantes y promiscuos que fueron los ochenta, durante la movida madrileña? Sus panfletos de la época con el filósofo Santiago Alba Rico critican muy duramente el imperativo de seducir y gustar a toda costa.

La movida madrileña fue un epifenómeno bastante ridículo de algo mucho más amplio y mucho más grave: toda una generación enganchada a la heroína, con barrios enteros que perdieron a toda su juventud por sobredosis o por el SIDA. Pensamos mucho en Alaska,Radio Futura y Gabinete, pero lo que realmente sonaba en esa época, fuera de los reductos pijos de la movida, eran Los Calis, Los Chichos, Camarón, Los Chunguitos, Tijeritas… “Más chutes no, ni cucharas impregnadas de heroína, no más jóvenes muriendo noche y día…”, ese era el himno de aquella época, no la mierda de la movida (“me paso el día bailando”). Eso de “gustar” que tú dices era, en efecto, una obsesión. Había muchos peluqueros en la movida, y cobraban muy caro. Yo pagaba ochenta pesetas por cortarme el pelo en una barbería, una vez un amigo me dijo que me invitaba a su peluquería y me cobró (como amigo) ocho mil. Había que ser muy pijo para esos precios. Por otra parte, todo era una especie de desfile de modelos… te disfrazabas de punk, de rocker, de mod, de jevi, a mí todo eso me recordaba mucho a la competición por ir a la moda de mis años de infancia en un colegio marianista bajo el franquismo, cuando había que llevar zapatos castellanos, pantalones levis y abrigos loden austriacos. Y mientras tanto, la gente moría a paletadas por culpa de la heroína, se perpetraba una reconversión industrial neoliberal por parte del PSOE, se dañaba el derecho laboral, el paro aumentaba sin cesar… El que sí que estuvo a la altura de las circunstancias fue Evaristo, el de La Polla Records. Sus canciones fueron sin duda las más inteligentes y realistas. Por eso le dedicamos nuestro primer libro, Dejar de pensar (Akal, 1986). Así es que, volviendo a nuestro tema, todo ese “imperativo de seducir y gustar”, tenía poco que ver con el amor, era una cuestión de ir a la moda. Del amor ya se ocupaban, mientras tanto, Camarón y Lole Montoya. Qué habría sido de nosotros sin ellos…

"La libertad de enseñanza es defender la libertad que tienen los hijos para librarse de sus padres", señala

En el libro también habla de religión, otro concepto muy mal visto por la izquierda actual. Recuerdo que un viejo militante me contó que el único espacio comunista donde nunca había visto peleas cainitas fueron en las organizaciones vinculadas a las parroquias obreras del tardofranquismo. Mi pregunta, después de los acontecimientos en Podemos de los últimos años, es a qué atribuye la falta de fraternidad tan evidente.

Lo que ha pasado en Podemos ha sido muy doloroso para mí, porque es como si un tsunami me hubiera hecho perder muchos amigos y amigas. De todos modos, mi valoración de lo que ha logrado Podemos sigue siendo positiva, aunque quede muy lejos de lo que yo esperaba con este proyecto. Dicho esto, lo que ha ocurrido ahí se puede explicar desde muchos puntos de vista. Para empezar, tiene que ver con la consistencia antropológica del ser humano, que no sabe cerrar círculos y formar grupos humanos más que levantando verticales y conos. Lo explicaba ya en mi libro En defensa del populismo (Catarata, 2016). No hay manera de que un grupo humano no tenga una consistencia tribal y consiguientemente religiosa, por muy ateo que se pretenda. Basta con que por azar se rompa una tubería y un riachuelo divida en dos a un grupo humano, para que unos empiecen a ser errejonistas y otros pablistas y para que se declaren la guerra civil. No me extraña que en la Iglesia católica se apreciara menos esto, porque ahí había ya una consistencia institucional, una autoridad común constituida. Pero un grupo humano como era Podemos, de gente muy joven, donde más o menos todos habían follado con todos, no podía evitar las inercias antropológicas más elementales. Además, aunque no se jugaban ahí fortunas y corrupción, sí se jugaban muchos puestos de trabajo. A veces me río pensando en los puestos de trabajo (pocos y precarios) que lograron crear proyectos como el de Ladinamo o Traficantes de Sueños, con tanto cooperativismo y lectura de Toni Negri de por medio. Podemos sí ha creado millares de puestos de trabajo. Ya sé que no era eso lo que se pretendía, pero había que contar con ello. Una vez se lo dije a Pablo Iglesias: te guste o no, Podemos es una tarta. Y sospecho que los que lo niegan son los que quisieran quedarse toda la tarta para ellos. No, lo que hay que hacer es repartirla conforme a derecho, conforme a unos criterios compartidos. Pero no fue eso lo que se hizo en Vistalegre II, todo lo contrario.

 ¿Cuáles son sus estrategias educativas respecto a la vida sentimental de sus hijos?

Yo creo que tengo la educación de mis hijos en buenas manos. Van a una escuela pública, en el marco de un sistema de instrucción pública estatal que, aunque en Madrid está siendo muy dañado por las políticas del PP, todavía se mantiene más o menos en pie. Al contrario que si los llevara a un colegio concertado o privado, ya fuera de derechas o de izquierdas, allí mi hijo y mi hija pequeños -que ahora tienen diez años- se van a encontrar con la suficiente diversidad para poder elegir. Han tenido profesores de derechas y de izquierdas, y tienen compañeros en clase de todos los colores. No hay nada más educativo que la experiencia de la diversidad. Todo lo contrario de lo que ocurre en esos campos de concentración homogéneos -ya digo que de derechas o de izquierdas- que son los colegios privados. Yo siempre he mantenido, contra la interpretación que suele hacer el PP de la Constitución, que defender la libertad de enseñanza es defender la libertad que tienen los hijos para librarse de sus padres, de sus prejuicios y mitologías. Los padres no tienen derecho a imponer a sus hijos un totalitarismo ideológico, llevando a sus hijos, pongamos por caso, a un colegio del Opus, educándoles en las costumbres del Opus, sin permitirles conocer más que a gente del Opus hasta los dieciocho años, cuando ya la cosa no tiene remedio. Lo mismo digo respecto a las izquierdas, dios nos libre de los catecismos izquierdistas con los que algunos 'progres' educan a sus hijos. Contra este totalitarismo ideológico familiar, se inventó la escuela pública. Así es que estoy bastante tranquilo, porque mis hijos van a la escuela pública. Ya me dio resultado con mi otro hijo (Eduardo Fernández Rubiño), que ahora roza ya los treinta. Yo no me podía imaginar que iba a ser Senador, ni tampoco que iba a ser homosexual. La vida te da sorpresas maravillosas cuando hay libertad y experiencia de la diversidad.

Por último, me gustaría que hablara de su reciente conversión en Youtuber.

En principio, pienso que, si logro hacerlo bien, puedo llegar a mucha más gente. Me encanta la enseñanza, ahí he concentrado toda la energía de mi vida y eso no lo cambiaría por nada (mientras siga siendo presencial, por supuesto, que eso no está ahora garantizado ni mucho menos). Cada curso de docencia, tengo trato presencial con unas doscientas personas. Y los libros que publico llegan a unos cuantos miles. Me animaron mucho a dar el paso a Youtube e intentar captar ahí la atención, para poder llegar a mucha más gente. Que conste que, para mí, no es lo mismo. Nada puede sustituir a la Universidad presencial. La docencia no es sólo un intento de transmitir un mensaje, es un laboratorio del pensamiento. Yo siempre he pensado en clase, sin mis clases nunca habría pensado nada. Sin el intercambio con mis estudiantes, no habría escrito una línea en mi vida. Todo eso es insustituible. Pero Internet es una herramienta, que se puede utilizar bien o mal. Tengo la esperanza de poder comunicarme con millares de personas por esa vía. Lo que pasa es que soy un inútil para la informática. Me tendrán que ayudar mucho. Ya lo están haciendo. Lo otro que me preguntas, respecto a mi aventura particular con Youtube no albergo ningún temor. Lo que sí que me da verdadero miedo es la enseñanza online que tanto gusta a nuestro ministro de Universidades, Manuel Castells. Como digo, una cosa no puede sustituir a la otra.

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