La Unión Soviética se agrietaba a cámara lenta mientras, aquella mañana de mayo de 1987, zumbando con su único motor rematado en una hélice que adornaba el morro, una solitaria avioneta volaba sobre la Plaza Roja de Moscú. Pasó dos o tres veces planeando realmente bajo, a apenas cinco o diez metros sobre el suelo, amenazando con aterrizar allí mismo. Su fuselaje blanco se recortaba contra el rojo de las murallas del Kremlin. ¿Han venido los americanos a invadirnos con una avioneta? Cuando la aeronave resolvió tomar tierra donde si vio terreno despejado, en el puente sobre el Moscova y en la explanada adyacente, los cincuenta o sesenta transeúntes (y algunos guardias) que andaban por allí acudieron rápido a rodear al intruso. “Estaban felices, se reían”, asegura el piloto. “Me preguntaron por qué venía y les dije que quería hablar con Gorbachov y apoyar un desarme. Y me aplaudieron”.

Tenía el pelo un poco largo y unas gafas ahumadas. Tenía 19 años y no podía presumir todavía de licencia profesional para volar. “Suerte que había allí también un adolescente que hablaba inglés. Me preguntó que de dónde venía yo. Le dije que Alemania. ¿Alemania del Este? No, no, Alemania Occidental, aclaré yo. Se quedó muy sorprendido”. En realidad, el extraño Mathias Rust no procedía exactamente de la Alemania Federal. O no como escala más reciente. La última parada de su viaje le había traído a la capital de los zares desde la cercana Helsinki. Antes, vayamos hacia atrás, Bergen, Noruega. Y antes todavía, Reykjavik, Islandia, previo paso por las Islas Feroe para repostar. Lugar de salida, esta vez sí, quince días antes: Hamburgo. Más de 5.000 kilómetros en total, en forma de letra uve. ¿Por qué demonios un alemán de 19 años se había jugado la vida allanando las fronteras de la URSS hasta el mismo Kremlin y en plena Guerra Fría, y encima dando un rodeo?

Lo cuenta Utrilla en su nuevo libro Mi ovni de la Perestroika (Libros del K.O.), cuyo énfasis no está en la historia de Rust y su epopeya en solitario, sino en otro aterrizaje paranormal. Dos años después de aquello, la fiable agencia estatal soviética de noticias TASS anunció mediante teletipo que un objeto volador no identificado había tocado suelo en la localidad rusa de Voronezh. Sin género de dudas. Un periodista medio español medio soviético, Miguel Bas, que había nacido y crecido en la URSS, cubrió la noticia para medio mundo (por ejemplo para EFE). Cuando llegó desde Moscú a Voronezh, interrogó a los principales testigos del ovni: unos niños que jugaban al fútbol en el parque de autos. Bas les pidió que dibujaran lo que habían visto. Lo hicieron como pudieron y describieron distintas formas y colores con cierta coherencia. Aquella industriosa localidad rusa y sus niños testigos, emocionados, nerviosos, contaron aquella aparición como si fueran los primeros niños del Palmar de Troya.

Como un Gagarin de tebeo

Interpretar las verdaderas intenciones de Mathias Rust no es sencillo. No porque él no se haya explayado al respecto varias veces, sino precisamente por la estilización (quién sabe si algo peor) a la que él mismo ha sometido su aventura. Su propia aventura. Todo empezó en otoño de 1986. Ronald Reagan y Mijail Gorbachov se reunieron en Reykjavik (la ciudad donde colisionaron los ajedrecistas Bobby Ficher y Boris Spassky) para tratar un desarmarse que se venía fraguando desde el nombramiento un año antes del nuevo secretario general de los comunistas. La URSS, en medio de una grave crisis económica, necesitaba imperiosamente recortar gastos militares (un 16,4% de su PIB), pero no hubo acuerdo entonces, pese a la famosa frase de Gorbachov de "los islandeses me han insistido mucho en que aquí debemos acordar algo". No todavía. El peligro bélico iba a persistir y al joven Mathias Rust no se le escapó esta decepción diplomática. Meses después, acumuladas apenas cincuenta horas de vuelo, alquiló una avioneta para enviar un mensaje al mundo. “Quería tender un puente imaginario entre los dos bloques. Quería mostrarle a los políticos que sólo el diálogo puede salvarnos”. Quizá sólo salió a dar una vuelta y, envalentonado, una cosa llevó a la otra.

A Rust no le temblaron las piernas hasta que llegó, dos semanas después, a Helsinki, antesala del verdadero peligro. Atravesar por tu cuenta y riesgo el espacio aéreo de la URSS era arriesgarte a que te derribara un misil tierra-aire sin hacer muchas preguntas. En la mañana del 28 de mayo, Rust despegó y mintió por radio a las autoridades finlandesas diciendo que volaba hacia Estocolmo. “Cambié entonces la dirección 170 grados y me dirigí directamente hacia Moscú", aseguró a la BBC. Enajenado por la aventura, y dicen que también inspirado por un famoso tebeo alemán de un astronauta viajero, Perry Rhodan, surgido al calor de la carrera espacial y del pionero Yuri Gagarin, Rust penetró en la frontera estonia.

El golpe moral que supuso la travesura de un adolescente contra el espacio aéreo más temible del mundo permitió a Gorbachov depurar la vieja guardia soviética

No tardó en recibir visita. A su izquierda se deslizó amenazante un avión MiG 23 de inconfundible estrella roja. Rust asegura que volaba tan cerca de él que podía ver las caras de los propios pilotos. Sin embargo, por alguna razón, el terror no le hizo dar la vuelta. Y entonces sucedió algo más extraño todavía: pasados cinco minutos, el MiG se fue por donde había venido. Algunas versiones aseguran que la presencia aquellos días de unos vuelos de prácticas por la zona confundió a los rusos. En cualquier caso, lo que escribe el periodista Daniel Utrilla es mucho más estimulante: “En un gesto tan desconcertante como el del soldado republicano que no disparó a Rafael Sánchez Mazas —fundador de la Falange y padre de Rafael Sánchez Ferlosio, cuando lo encontró agazapado en el bosque después de sobrevivir en 1939 a un fusilamiento en masa—, el avión se alejó de la avioneta y se perdió entre las nubes”.

“Mathias Rust demostró al mundo que el Telón de Acero no era de acero y que, además, estaba apolillado”, asegura Utrilla, volviendo a nuestro aviador insensato. Y esta es la derivada más fascinante de la historia. El golpe moral que supuso la travesura de un adolescente contra el espacio aéreo más temible del mundo, en realidad, permitió a Gorbachov depurar a importantes figuras de la vieja guardia soviética, empezando por el jefe de la defensa aérea y el ministro de defensa. Se supone que estaba deseando hacerlo y Rust (procesado, encarcelado 14 meses y luego indultado una vez se firmó, esta vez sí, el definitivo desarme con EE.UU.) le brindó la coartada perfecta. La Unión Soviética agonizaba de pura aluminosis un año después de Chernóbil. Si el tren sellado de Lenin (3.200 kilómetros) alumbró la dictadura proletaria, los más de 5.000 kilómetros aéreos de un alemán de Hamburgo (de vida posterior algo turbia) allanaron el camino de la Perestroika que desmontó el imperio de los soviets.