Filólogo dedicado al periodismo, Jorge Bustos (Madrid, 1982), el actual jefe de Opinión del diario El Mundo, reparte su jornada entre crónicas, editoriales y columnas; de algunas se despeña y de otras cae de pie. Dueño de una prosa arrogante, pero voluntariosa, Bustos ha cincelado un estilo reconocible incluso en los textos que no firma. Es su sello. 

Bustos comenzó en la prensa local y avanzó en el humanismo contrarreloj: igual glosaba una alineación de Zidane como revisitaba las fábulas de Esopo, a las que dedicó un volumen de ensayo publicado por Ariel. Ha escrito libros de calidad, aunque irregulares: desde sus Crónicas biliares publicadas por Círculo de Tiza hasta el compendio Vidas cipotudas. Ahora regresa con Asombro y desencanto (Libros del Asteroide), que recoge las crónicas de dos viajes por La Mancha y Francia. 

A sus 32 años, y con la intención de medirse con Azorín, Bustos cogió su libreta de notas y se lanzó a la carretera para redescubrir la ruta del Quijote, en 2015, durante el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte. Entonces España prometía un cambio político que devino en turbulencia. Mientras unos prometían asaltar los cielos, Bustos recorría la geografía manchega por encargo de su periódico. Cuatro años después, cuajado en el oficio y escarmentado por la actualidad, emprendió un viaje a Francia. 

Las crónicas de ambos viajes se publican ahora juntas, acompañadas por un prólogo del escritor Andrés Trapiello, quien reconoce los atributos literarios de un Jorge Bustos que va de las corralas a la ópera versallesca, como él mismo explica para describir su afrancesamiento por la vía mesetaria. Es el libro de un observador, la bitácora de alguien que busca un destino y, a su manera, una explicación. 

“En este libro, que recoge dos viajes muy diferentes, están esos dos modos de asombro y desencanto. En el primero, por La Mancha de don Quijote, Bustos sabe dónde quiere ir y a qué; en el segundo, por el costado occidental de Francia, no sabe muy bien adónde llegará, pero sí qué quiere dejar atrás (su pereza mental, la que le ha llevado a conocer muchos países lejanos antes que el de sus vecinos)”, asegura Trapiello en sus palabras introductorias y emparenta al autor con la generación del 98 y Josep Pla.

Todo cuanto cuenta Bustos está tocado por una realidad y un tiempo al que es sensible incluso contra su voluntad, porque termina abordando temas que tienen tanto de actualidad como de atavismo: la relación de España consigo misma y lo que la rodea, en todos los sentidos. Sobre estos temas, que incluyen la literatura y el periodismo, la política, la identidad y la historia, conversa Jorge Bustos en esta entrevista concedida a Vozpopuli

Entre su visita a la Mancha y Francia transcurrieron cinco años. Sus narradores y puntos de vista son distintos en cada texto. ¿Son viajes enfrentados? 

Más que un enfrentamiento hay una evolución. El lector percibirá una modulación en la voz, un cambio en la mirada. Cuando escribí el viaje manchego tenía 32 años, estaba recién llegado a El Mundo y quería emular a Azorín en los 400 años del Quijote, así que me lancé a la carretera con mi coche, mi blog de notas y mi cámara. Entonces tenía una mirada más ingenua y adanista. Entre los dos viajes hay cuatro años de diferencia, más el año de escritura. En ese tiempo llegué a la sección de Opinión, a lo que se sumó la pelea mediática cotidiana y mi mayor exposición en la radio y la televisión, además de los cambios en la realidad del país. Todo junto propició una mirada más cansada, pero también más conocedora de mis propias capacidades. Este es un libro de viaje interior, un recorrido espiritual propio. Creo que si el lector me acompaña hasta el final lo percibirá.

¿En su caso la literatura y periodismo combinan o se comportan como el agua y el aceite? 

La mezcla no es una fórmula original. Ya la practicaron Azorín y Josep Pla, que es la referencia ineludible del segundo viaje. Son dos nombres a los que me adscribo y en los que hay un continuo entre reporterismo y literatura. Pla distinguía entre la ficción y los libros como estos, de viajes, que incluyen reflexión, poesía, prosa o autobiografía. Es un género muy elástico y que va bien con mi temperamento. Siempre me han interesado los escritores de ese tipo: desde Chaves Nogales a Pla pasando por Azorín. La única norma a respetar es que los hechos que se narran sean veraces. No hay adornos en lo que narro. Todo lo constaté con mi sentidos, cada noche ponía en limpio los apuntes del día y lo reelaboré cuando me dediqué a escribir. 

Cuando escribí el viaje manchego tenía 32 años, estaba recién llegado a El Mundo y quería emular a Azorín en los 400 años del Quijote, así que me lancé a la carretera

Su libro llega cuando los franceses colonizan España (así como la campaña electoral madrileña) y queda prohibida la movilidad entre provincias. 

Algún lector primerizo ya me ha dicho que espolea el deseo de viajar y que la realidad de la pandemia lo frustra. Podemos decir que es una especie de viaje desde sofá. Es un libro pre-covid, un libro pre pandémico. Tiene la inocencia del mundo que se nos fue y esperamos que vuelva. Es esnob hablar de la diferencia entre el viajero y el turista, pero ojalá fuese yo ahora un turista con palo del selfie. Cuando perdemos la libertad nos damos cuenta de su valor y eso se percibe en este libro. 

Lo de la inocencia del mundo perdido es de un pesimismo noventayochista.

Sin duda. Siendo Azorín uno de los referentes del 98 me interesaba esa mirada. En 2015 la política española no nos había decepcionado como lo haría después. Entonces surgieron nuevos partidos que intentaban regenerar el sistema, pero lo que vemos ahora es un debate zafio, un debatillo por las sillas en medio de una pandemia que afecta a los españoles. En ese momento, mi noventayochismo era literario y esperanzador, hoy tiene más de desmoralización. 

Al cruzar el País Vasco, escribe: “El nacionalismo te tribaliza por fuera y te simplifica por dentro”. Al cruzar la frontera elogia el racionalismo y la elegancia francesa. ¿España es comunal y Francia nacional?

En el libro digo que el País Vasco es comunal, más que España. A diferencia de Castilla, dos pueblos con su propia idiosincrasia, tiene un sentimiento de pertenencia e identidad propio del nacionalismo. Eso es visible para cualquier viajero, vibran al unísono cosas que a un madrileño lo dejan frío. En Francia funciona la república, cada región tiene su propia idiosincrasia como la tiene París o el Loira, pero es totalmente diferente. No quiero que se entienda asombro y desencanto como atribuciones a España y Francia. Está todo mezclado.  Por ejemplo, relato mi propio afrancesamiento justamente abrazando lo castizo.

¿Qué se impuso al escribir este libro, el desencanto o el asombro? ¿Y cuál de los dos venció?

El reportaje de la Mancha de la primera parte del libro está lleno de optimismo, luminosidad y ganas de contar y de medirme, con toda mi insensatez, con los maestros del pasado. Tiene una arrogancia juvenil inocente. En el segundo texto, el de Francia, no viajaba para escribir un reportaje encargado por el periódico, sino una crónica que pudiese reelaborar literariamente. Es un libro para escapar. De alguna manera, existía un hartazgo de mi propia vocación periodística, que no significa que quiera dejar mi puesto o el trabajo que desempeño, pero me doy cuenta de que la militancia 24 horas al día en el periodismo y la batalla constante, exige que tome posición con cada hecho, casi por horas. La tarea de un periodista es llevar certezas al lector, la del escritor provocar dudas y cuestionar todo lo que el lector pensaba sólido. Las dos disciplinas me gustan, pero las dos combaten. Mis propias impresiones van más allá de la vorágine de la política. Por eso viajé a Francia: quería alejarme del periodismo en primera línea y reencontrarme con los grandes logros de la civilización. 

No quiero que se entienda asombro y desencanto como atribuciones a España y Francia. Relato mi propio afrancesamiento justamente abrazando lo castizo.

Al momento de viajar es importante saber hacia dónde queremos ir o qué queremos dejar atrás. ¿Cree que España desconoce ambas?

Eso nos llevaría al viejo problema historiográfico español, que es el tema favorito de los hispanistas. Este país se había reconciliado con su propia historia. La transición ponía un punto y final a ese conflicto, pero era un espejismo. España se puede mirar de frente y comparar con cualquier logro de la república francesa, pero hemos desandado ese camino. Gistau lo llamaba el auto odio y tiene reacciones extremas: desde el apego a lo extranjero o rechazo a lo propio, que sería la leyenda negra. Luego hay otros que se cierran en banda hasta el punto de que el adjetivo afrancesado se convierte en ofensivo: así insultaba Vox a Manuel Valls, a la manera del XIX, como si viniera a cortarnos las capas de sombreros. Que eso aún se repita me parece preocupante. 

Que puedas viajar por Francia y reconocer que su educación pública es mejor que la española no tiene por qué abrir una grieta emocional. Los franceses, por ejemplo, no tienen el Quijote. No sé por qué la identidad propia tiene que surgir del antagonismo con lo extranjero. Mi padre veía Francia como el sitio de donde venía la luz y el progreso, otros dirán que de ahí venía la masonería y la conspiración. Todo eso revela un gran complejo de inferioridad. Pero España no tiene motivos para acomplejarse. El mundo lo han hecho cuatro o cinco naciones y España es una de ellas. No se por qué hay miedo a confrontarse con estas cosas 

¿Es comparable la leyenda negra con el ‘España nos roba’ de los catalanes? 

El complejo de inferioridad de los catalanes va a más. Primero lo tuvieron con Castilla. Raúl del Pozo lo ha explicado: Castilla tenía el don del mando y Cataluña no y ese es un rencor histórico que el procés retroalimenta. Ya no es Castilla, se ha volcado en Madrid. Eso acrecienta la frustración y los lleva a echar la culpa a los demás. Castilla, que es un secarral despoblado desde mediados del siglo pasado al que le han sacado la sangre, tendría motivos para el resentimiento. A pesar de eso, no escucharás a un manchego quejarse. Son ajenos al lloriqueo. Un manchego nunca diría ‘Madrid nos roba’, a diferencia de los catalanes, que han sido mimados por los borbones, la industria, el franquismo…

Todos vamos siguiendo un asombro o temiendo un desencanto, escribe Trapiello en el prólogo. ¿Qué busca y de qué huye usted?

Nací en 1982 y me crie en un ambiente conservador, algo que tampoco es muy extraño en la familia de un madrileño de clase media en aquella España: con unas ideas y convicciones muy arraigadas y con una enorme seguridad en los juicios propios. De alguna manera estaba predestinado para el periodismo de opinión. Estudié filología en la Complutense en un momento de tensión política y con compañeros con cuyas opiniones no coincidía. Eso me expuso a un contraste entre mis dogmas y prejuicios con la España real, plural, diversa y subversiva. Eso aflojó algunas convicciones y fortaleció las dudas. 

No soy un escritor rupturista ni ajusto cuentas con mi educación o mi pasado. Procuro recuperar los valores, pero tenía que despojarme de cosas y marcharme tras la aventura para formar mi propia visión del mundo, que sería más cercana al liberalismo, aunque sea una etiqueta un tanto laxa. Nunca he sido de izquierda, pero para los derechistas pata negra soy un fraude. Quiero ver mi trayectoria a los 38 con una gran paz interior. Este libro me ha permitido conquistar la ironía y perder algunas agarraderas que eran muy cómodas.

Un manchego nunca diría ‘Madrid nos roba’, a diferencia de los catalanes, que han sido mimados por los borbones, la industria, el franquismo…

Asumió la jefatura de opinión del diario El Mundo en 2017. ¿Ha notado un efecto en su capacidad de escribir?

Es difícil de contestar, porque debo mucho de lo que soy al periódico El Mundo, pero la dedicación al periodismo me roba energía, tiempo de lectura y para sopesar los textos. Desde que ocupo este puesto no dispongo de la tranquilidad para crear una obra literaria ambiciosa. Un amigo me hizo saber que tenía que elegir. Me dijo que podía intentar ser un Pedro J. Ramírez o formar parte del escritor en periódicos, una tradición de la que forman parte desde Camba hasta Gistau. Ese es un dilema que me corroe. 

Tengo una vocación de escritor que está castrada por esta dinámica: escribir dos editoriales, entrar en tertulia y luego ir a La Linterna en Cope... Eso no es nuevo, muchos como yo han pasado por ahí. Quería ser columnista: te permite vivir bien, pero te condiciona. Me lo planteé como algo temporal y este libro es el inicio de un cambio de rumbo en mi escritura. En un momento, daré un paso atrás para preservar las horas de escritura.

Si sólo le das al lector acidez probablemente serás un autor gracioso o un gran tuitero, pero te dejarás capas humanas enteras sin descubrir

Alimentar al personaje Bustos, ya ve, exige mucho carbón y energía. 

Y uranio también…, pero quiero dejar claro que no menosprecio la columna. No las despacho, así como así: me las tomo muy en serio y aunque expliques asuntos y escribas sobre personajes menores como algunos políticos, no por eso se convierte el columnismo en un género menor. Me gusta que la idea sostenga al texto. 

La polarización viene desde la segunda legislatura de Rajoy, ¿de qué forma la aparición de nuevos actores, la moción de censura y el procés la aumentaron?

El marianismo venía tocado por ciertos problemas a los que no dio respuesta, pero él mismo la propició el día de la moción. Pudo dimitir y no lo hizo. Es el patriotismo de partido, los políticos se deben antes a la supervivencia del partido que a la buena marcha del país. El sanchismo desató una ludopatía política, propició una colonización de la cultura Netflix en la política, la degradación parlamentaria y la subordinación de las leyes al relato. ¿Por qué lleva Sánchez la eutanasia al Congreso o por qué ataca la escuela concertada? Porque eso gusta a los destinatarios de su relato, al mismo tiempo que machaca y sulfura a quienes lo adversan. No hay aspiración de gobernar para otros sino para los más radicales de los suyos. El trumpismo hizo lo mismo en EEUU. Si Francia es una excepción es porque tiene una ley electoral que aporta estabilidad. 

Entre lo cipotudo y lo irónico, ¿dónde se ubica?

La ironía y el sarcasmo, que entre otras cosas quedaron incluidas en el término cipotudo, viene de Quevedo. En España se ha cultivado el estilo mordaz. Hay otra veta cervantina y azoriniana, que es amable y tiene piedad. No quiere hacer sangre. En algunas columnas me permito un descabello, porque entiendo que el lector cómplice me va a seguir hasta ahí y no se marchará horrorizado. Cela y Umbral lo hacían mucho, el propio Camba estaba más conectado con la ironía piadosa, pero llegó a ser cruel en sus columnas, algunas de ellas muy fuertes. Pla también. Si sólo le das al lector acidez probablemente serás un autor gracioso o un gran tuitero, pero te dejarás capas humanas enteras sin descubrir. Si no te ríes de ti mismo vas a expulsar a lector de tu propia arrogancia. En una época de sensibilidades a flor de piel e identidades empinadas es mucho más fácil apelar a este mecanismo: toda la literatura está trufada de ironía.

Por cierto y para cerrar, permítame: eso de “Ken Follet es un un honrado artesano de folletines medievales” o “Francia es como el foie”...  ¡Jorge, por Dios! 

(Risas)

Detalle de la cubierta de 'Asombro y desencanto' (Libros del Asteroide), de Jorge Bustos.