Al escritor Jean-Pierre Barou le gustan las palabras en mayúsculas, incluso aunque ya no quede ninguna capitular para muchas de ellas: intelectual, compromiso, historia, justicia. Editor del célebre panfleto ¡Indignaos!, de Stèphane Hessel, Barou comenzó su andadura en el mundo cultural francés como redactor en el periódico s La Cause du peuple, convirtiéndose más tarde en uno de los integrantes de Libération, el diario fundado por Jean-Paul Sartre.

Barou ha trabajado con los filósofos Michel Foucault (El ojo del poder) y Vladimir Jankélévitch (Estás en el origen de mi renacimiento), también con el Premio Nobel de la Paz Andrei Sajarov y Simone de Beauvoir. En esta ocasión, la editorial Arpa publica La guerra de España: reconciliar a los vivos y los muertos, un libro que incluye un texto inédito de Thomas Mann en el que el Premio Nobel alemán reprocha a la intelectualidad europea su silencio con la contienda española de 1936 y que sirve a Barou como coordenada para trazar su reflexión al respecto.

La relación  de Barou con la Guerra Civil española comienza a los quince años, cuando el vasco Xavier Landaburu —un compañero de clase exiliado en Francia—, le confía un libro sobre el drama de Guernica. Décadas después,  Barou regresa al tema, no para reabrir viejas heridas, dice él, sino para descubrir que todas las ideologías, de uno u otro signo, brutalizaron y derrotaron la unidad moral y espiritual que constituye la raíz histórica de los pueblos de España.

Su intención, plantea en esta entrevista concedida a Vozpopuli, es mostrar de qué manera la Guerra Civil de España era, en realidad, un asunto que involucró al resto del continente, aunque este insistiera en hacer la vista gorda. Tanto el liberal conservador Thoman Mann como  el izquierdista André Gide o el entonces comunista Albert Camus coincidieron en que fue “una degradación del espíritu sin precedentes”. Al mismo tiempo, el novelista Georges Bernanos, de pensamiento católico y filiación monárquica, vio en ella “la desaparición del hombre de buena voluntad”.

Hablando de hacer la vista gorda, ¿en qué se diferencian y en qué se parecen la España de Franco y la Francia de Vichy con Pétain?

En Francia hubo muy poca resistencia a Pétain y Vichy. En España la resistencia a Franco fue mucho más popular, grande y duradera.

Señala a Mann y Camus como intelectuales que alzaron su voz en una Europa indolente. ¿Cuál fue la causa de ese silencio?

La Guerra Civil española no era un  problema sólo de España, concernía a toda Europa. Y todos miraron para otro lado, callaron. Me resulta curioso que lo entendieran o quisieran entenderlo así. Thomas Mann fue el primer gran escritor en verlo. Él acota el problema porque entendió la Guerra Civil española como un crimen contra la conciencia, es decir: contra todos. Reconoce el derecho de los pueblos a definirse a sí mismos.

¿Por qué existe, sobre todo hoy, una visión tan maniquea de la Guerra Civil española?

Los intelectuales franceses de mi generación,  y en menor medida los intelectuales españoles, han cometido el error de mirar la Guerra Civil española a través de las ideologías. Marxistas, católicos y anarquistas prefieren atender a sus criterios por encima de lo que realmente ocurrió. Ha sido un desacierto, porque la Guerra Civil española es muy específica. España es un país muy particular y no puedes encasillarlo, es una manera de borrar la verdad. Existe una excepción española, que es extremadamente importante: es un país brutalizado por la guerra. Eso lo describe Thomas Mann en el texto que aparece en el libro. Y lo describe muy bien.

Hubo escritores con un papel un tanto frívolo en la contienda, por ejemplo Ernst Hemingway.

Hemingway fue, como Dos Passos, un propagandista, no una conciencia libre. Era un altavoz de la propaganda comunista, igual que Malraux lo fue del anarquismo. Albert Camus fue una excepción en ese sentido, Lorca también, Thomas Mann, George Bernanos. Ellos no responden desde el punto de vista ideológico, ni siquiera Bernanos, que era católico.

¿Y qué opinión le merece John Orwell? Lo expulsaron de Cataluña.

Fue un escritor y un hombre fantástico, muy cercano a la mirada honesta y lúcida que tuvo Thomas Mann sobre España.

¿Despreció el pueblo francés a los exiliados españoles? No hablo de Picasso ni de Semprún. Hablo de la gente común y corriente.

El Gobierno francés no fue correcto ni compasivo con el exilio español. La gente normal que veía a todos estos refugiados españoles no comprendieron lo que ocurría, y muchos sentían simpatía por ellos, pero no entendían el tratamiento político, sentían desconfianza sobre de dónde venían, si estaban involucrados en combates o si eran militares. Muy poca gente, excepto los del Sur, entendió lo que supuso la retirada. No sabían lo que estaba pasando. No tenían información ni fueron informados.

Dedica a Federico García Lorca un capítulo entero. Describe su ejecución como un nudo de rencillas y celos familiares, confrontaciones militares, homofobia. La realidad es que la familia no quiere buscar su cuerpo. ¿Alguna conclusión al respecto?

Lorca fue un visionario y probablemente su familia ni aceptó ni acepta eso. Es una figura que los avergüenza: su homosexualidad, su amistad con los gitanos, su defensa de la cultura arábica andalusí , su defensa de la mujer libre en sus obras y libros como Yerma, esa es la razón por la cual aún hoy se evita remover su figura.

Pero si ya han transcurrido décadas. Las cosas han cambiado.

Lorca es una figura profética. En su propio tiempo adelantó lo que ocurriría en el futuro y justo por eso sigue siendo incómodo. Franco nunca estuvo de acuerdo con aquel asesinato y buscó al responsable, pero nunca lo consiguió.

¿Qué le pareció la iniciativa del Gobierno de Pedro Sánchez de sacar a Franco del Valle de los caídos? ¿Cree que la memoria histórica sirve para algo? ¿Debe legislar el Estado al respecto?

Creo que Franco debe tener una sepultura normal, como cualquier otra figura histórica, en lugar de erigir un mito. Ya basta del mito de Franco. Eso genera una brecha con la sociedad. No creo en las glorificaciones.

¿Cree que sacarlo fue como un segundo funeral de Estado?

Sacarlo de ese monumento glorificante estuvo bien, ahora hay que anular su glorificación de una vez. De Gaulle, por ejemplo, intentó unificar a Francia, Franco no.

¿Cree, en el caso de la Guerra Civil española, que existe un uso interesado del pasado para polarizas el presente?

No lo creo. Mientras España no consiga reconciliar a sus muertos,  será imposible reconciliar a los vivos.

Usted fue el editor de Stéphane Hessel. Años después, ¿no encuentra en aquel breve ensayo el germen de un asambleísmo infantil que sirvió de germen a determinados populismos?

Ese libro se tradujo en 44 idiomas, fue un fenómeno en todas partes y cada país lo leyó de acuerdo a su idiosincrasia. Sin embargo, uno de los países donde se leyó con mayor profundidad fue aquí en España, porque esta sociedad entendió perfectamente, y así ocurrió durante la Guerra Civil, la importancia de una rebelión pacífica.

Un detalle de la cubierta.