Cultura

El jardinero de Goya sabe cosas de 'Los fusilamientos' que aún ignoramos

El sirviente dijo a un cronista del XIX que Goya vio todo desde su ventana. Lo acompañó para ver a los fusilados aún insepultos que el pintor abocetaría bajo la poca luz de la luna.  

El 2 de mayo de 1808 en Madrid o ''La lucha con los mamelucos''
El 2 de mayo de 1808 en Madrid o ''La lucha con los mamelucos'' ©Museo Nacional del Prado

Los hechos que retrata Goya en ambos lienzos ocurrieron en el transcurso de un día y la madrugada del siguiente, hace ya más de doscientos años. Una guerra que aún enseña sus heridas en las paredes del museo del Prado: Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Píoy El 2 de mayo o la carga de los mamelucos, obras en las que Francisco de Goya comenzó a trabajar entre julio y noviembre de 1814, apenas meses después de finalizada la guerra de independencia contra los franceses.  A la manera de un díptico, Goya compuso la elipsis de una jornada a la que siguieron seis años más de muerte y de los que el pintor aragonés extrajo no pocas estampas. Las más icónicas, estas: el alzamiento de los patriotas contra los franceses el día 2 de mayo de 1808 y el fusilamiento de centenares de ellos en la madrugada del tres.

Aunque hay quienes aseguran que hay más lienzos sobre el tema, Goya pintó solamente dos cuadros con los hechos del 2 de mayo de 1808 y no cuatro

Aunque hay quienes aseguran que hay más lienzos sobre el tema, Goya pintó solamente dos cuadros con los hechos del 2 de mayo de 1808 y no cuatro. Así lo indican los estudios de Manuela Mena, jefa de Conservación de Pintura del Siglo XVIII y Goya del Museo Nacional del Prado. Otras cartas y documentos lo certifican, por ejemplo las facturas relativas sólo a dos marcos para las telas acordadas y que se incluyen en el catálogo de la exposición  Goya en tiempos de guerra. Según los expertos del museo, Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío y El 2 de mayo o la carga de los mamelucos fueron un encargo de la Regencia continuado por el rey Fernando VII. Para ello, Goya planteó dos temas cruciales que se complementan visualmente y tienen un significado conjunto: el ataque del pueblo de Madrid a las tropas de Joachim Murat, lugarteniente de Bonaparte en Madrid, en la mañana del 2 de mayo y la consiguiente represalia del ejército francés. Escogió para este último asunto las ejecuciones de "la noche y la lluviosa madrugada del 3 de mayo a las afueras de Madrid", lo que confería más dramatismo a la escena –según los textos museísticos aportados por el Prado-.

Fue el propio Isidro Trucha, el jardinero del pintor, quien lo contó. Según el sirviente, Goya vio todo desde su ventana, ayudado por un catalejo

Las versiones sobre la forma y el lugar en el que Goya decidió pintarlos son novelescas. No del todo exactas e incluso hasta se contradicen, pero ejercen un raro encanto. Cada una, de hecho, tiene su propia enmienda, pero eso no las hace menos atractivas. Según el relato del cronista del siglo XIX Antonio María de Trueba (1818-1889), Goya fue testigo de todo que pasó. Lo vio desde los ventanales de La Quinta del Sordo, en la ribera del Manzanares. Fue el propio Isidro Trucha, el jardinero del pintor, quien lo contó. Según el sirviente,  Goya vio todo desde su ventana,  ayudado por un catalejo.  Incluso llega a afirmar que, por la noche, él mismo lo acompañó para ver a los fusilados aún insepultos que Goya abocetaría bajo la poca luz de la luna.  

El testimonio del jardinero Isidro Trucha ha quedado fue recogido por  Antonio María de Trueba quien da buena cuenta de sus palabras en Madrid por fuera. La descripción ha sido recogido en algunos estudios monográficos del lienzo y en éste puede leerse: “Desde esta ventana vio los fusilamientos de la Montaña del Príncipe Pío con el catalejo en la mano derecha y un trabuco naranjero cargado de balas en la izquierda (…) Al acercarse la media noche, me dijo mi amo (…) Me acuerdo de todo como si hubiera pasado ayer. Era noche de luna, pero como el cielo estaba lleno de negros nubarrones, tan presto hacía claro como obscuro. Los pelos se me pusieron de punta cuando vi que mi amo con el trabuco en una mano y la cartera en la otra guiaba hacia los muertos (…)”, así reproduce Antón de los Cantares –como llamaban también al cronista Antonio María de Trueba– las palabras del jardinero, quien salpimentó la escena con más detalles.  

"En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca arriba, otros boca abajo, éste en la postura del que estando arrodillado besa la tierra..."

"Sentámonos en un ribazo a cuyo pie estaban los muertos, y mi amo abrió su cartera, la colocó sobre sus rodillas  y esperó a que la luna atravesase un nubarrón  que la ocultaba. Bajo el ribazo revoloteaba, gruñía y jadeaba algo (…) pero mi amo seguía tan sereno preparando  a tientas su lápiz y su cartón. Al fin la luna alumbró como si fuera de día. ¡En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca arriba, otros boca abajo, éste en la postura  del que estando arrodillado besa la tierra, aquél con las manos levantadas al cielo pidiendo venganza o misericordia, y algunos perros hambrientos se cebaban  en los muertos, jadeando de ansia y gruñendo a las aves de rapiña que revoloteaban sobre ellos, queriendo disputarles la presa! Mientras yo contemplaba aquel horrible cuadro lleno de espanto, mi amo lo copiaba…”.

Algunos historiadores han atribuido este testimonio de Isidro Trucha a la fértil imaginación de Antonio María de Trueba. El hispanista francés René Andioc le dedica un exhaustivo texto para relativizar ese pasaje

Algunos historiadores han atribuido este testimonio  de Isidro Trucha a la fértil imaginación de Antonio María de Trueba.  El hispanista francés René Andioc le dedica un exhaustivo texto para relativizar ese pasaje. Se trata Goya: letras y figuras, publicado por la Casa de Velázquez en 2008 y que dedica buena parte de sus disertaciones a  El Dos de Mayo y Los Fusilamientos, pero también a Los Caprichos. A las inexactitudes se suman otras. En el siglo XIX, el arquitecto y escritor Charles Yriarte escribió la monografía Goya, sa vie, son œuvre (1867) y en ella afirma que Goya situó la escena de los fusilamientos en la zona de los cuarteles del Príncipe Pío, donde ese día se realizaron algunas de las ejecuciones importantes (se hicieron también en otras zonas de la ciudad, incluidas sus puertas principales). Sin embargo, según los catálogos y descripciones que hace el museo del Prado,  esa información es inexacta, ya que los investigadores e historiadores han identificado  como posibles escenarios el “desmonte de la Moncloa”, un lugar próximo a la plaza de los Afligidos junto al antiguo convento de San Bernardino, cerca del palacio de Liria. E incluso aseguran que el paisaje podría reproducir la urbanización entre la montaña del Príncipe Pío y el Palacio Real. De una forma u otra, el escenario planteado por el artista no se corresponde, sin embargo, con la zona del Príncipe Pío. Un primer dato que relativiza, todavía más, la leyenda del jardinero.


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