“Tiene un aire de autoridad asombroso en una niña tan pequeña”, dijo Winston Churchill cuando la conoció hace 93 años. Isabel II de Inglaterra tenía en ese momento dos añitos, se llamaba Isabel de York y nadie pensaba que fuese a reinar. Sin embargo los caprichos de la Historia la convertirían en reina, y es más, en uno de los soberanos que durante más tiempo ha llevado –y lleva- la corona, 69 años, cerca de alcanzar los 72 de Luis XIV.

Esta semana la reina británica ha celebrado su 95 cumpleaños. Es curiosa la mezcla de rancia tradición y espíritu práctico que muestra Isabel II, porque en realidad ella nació en abril de 1926, pero en el mes de abril llueve a cántaros en su país, de modo que celebra el cumpleaños el segundo lunes de junio, que estadísticamente es la época de mejor tiempo. Y es que su fiesta no consiste en soplar las velas de una tarta, como el resto de los mortales, sino en la más aparatosa parada militar que existe en el mundo, el Trooping the Colour (Desfile de la Bandera), donde todo el mundo va a caballo y los soldados llevan uniformes del siglo XIX.

Debido a la pandemia por segundo año consecutivo no se ha podido celebrar en Londres, con la pompa y las masas de público acostumbradas, sino en privado, en el patio del Castillo de Windsor, y además ensombrecido por la muerte del príncipe Felipe. Si el marido de la reina no hubiera fallecido hace sólo dos meses, habría cumplido cien años el 10 de junio. En conjunto han sido la pareja real más longeva de la Historia.

El reinado de Isabel II comenzó el 6 de febrero de 1952, en medio de una gira por la Commonwealth. La mala salud de su padre, Jorge VI, había obligado a que la joven heredera, casada hacía poco y con dos niños pequeños, se hiciese cargo de las obligaciones dinásticas más pesadas, como los viajes por un Imperio que todavía se extendía por todo el mundo. Aunque las giras también tenían sus momentos buenos, Isabel y Felipe estaban esos días pasándoselo muy bien en Kenia, alojados como turistas de lujo en el Treetop Hotel, cuyas habitaciones son casitas construidas en las copas de árboles gigantescos. Allí les llegó la noticia de la muerte de Jorge VI, que los había despedido en el aeropuerto, aunque ya se le veía muy perjudicado por su cáncer de fumador.

Isabel regresó inmediatamente, y cuando llegó a Inglaterra, al pie de la escalerilla del avión, estaba esperándola Winston Churchill, el primero de la larga serie de premiers (jefes del gobierno) que ha tenido en su reinado. Otra joven en sus circunstancias se habría empequeñecido ante una figura histórica imponente como la de Churchill, pero ya hemos dicho la opinión que éste tenía de Isabel, de modo que hubo desde el principio respeto mutuo y enseguida aprecio. En realidad Isabel II se ha llevado sorprendentemente bien con la mayoría de sus premiers, especialmente con los laboristas Harold Wilson y Tony Blair.

Únicamente ha tenido malas relaciones con Margaret Thatcher, a la que detestaba por “mandona” y por su falta de humanidad hacia los sectores desfavorecidos de la sociedad británica.

El principio de su reinado estuvo lleno de acontecimientos históricos, pues tras la reconstrucción del país, destrozado por la Segunda Guerra Mundial, vino la implantación de un Estado del bienestar avanzado, con la novedad para la Historia británica de largos periodos de gobierno laborista en los que, como hemos dicho, la reina se entendió perfectamente con los primeros ministros de la izquierda. También se produjo la disolución del Imperio –antes de Isabel II solamente se había emancipado la India-, empezando por la independencia de Ghana en 1957, y culminando con la devolución de Hong-Kong a China en 1997, de modo que a Isabel II sólo le queda una colonia: Gibraltar.

Guerras fuera y en casa

El reinado de Isabel II ha tenido dos guerras propias. La primera en 1956, cuando Egipto nacionalizó el Canal de Suez, que era de propiedad franco-británica. Francia e Inglaterra invadieron Egipto en una breve y victoriosa campaña, y recuperaron el control del Canal, pero Estados Unidos los llamó al orden como si fueran niños traviesos. Después de la Segunda Guerra Mundial el único país occidental con licencia para invadir era Estados Unidos, de modo que tuvieron que renunciar al Canal y salir de Egipto con el rabo entre las piernas. Para Gran Bretaña fue la mayor humillación imaginable, habían dejado de ser una potencia imperial. Fue su 98.

La segunda guerra fue con Argentina, pero esta vez la empezaron los argentinos, que en 1982 invadieron las Islas Falkland o Malvinas. Margaret Thatcher aprovechó la excusa para montar una cruzada nacionalista que la salvó políticamente cuando estaba bajo mínimos. En Washington gobernaba Ronald Reagan, que adoraba a la ultraconservadora Thatcher, y dio el visto bueno. Fue la última guerra del Imperio británico, a partir de entonces el ejército de la reina, que es de gran calidad, ha sido un auxiliar del norteamericano, y sus guerras, Iraq y Afganistán, han sido guerras de Estados Unidos en las que Londres era el aliado menor.

Pero lo que más guerra le ha dado a Isabel II no han sido los enemigos exteriores, sino su propia familia. El desastre del matrimonio de Carlos y Diana, que al principio parecía la perfecta historia rosa, socavó a la misma monarquía. Diez años después de la boda, con el matrimonio separado y compitiendo en airear la condición de adúlteros, los sondeos mostraban que un 21% de los británicos eran partidarios de la República, un descontento con el sistema monárquico que jamás se había manifestado así. Isabel II calificó ese año de 1992 de Annus horribilis, año horrible en latín.

Lo peor faltaba aún por llegar, la tragedia de la muerte de Diana en 1997 provocó una histeria general de amor a Diana –“la Princesa del Pueblo”, la había bautizado Tony Blair- y rechazo de la Familia Real. Y siguiendo fatalmente la teoría de las fichas de dominó, los otros hijos de Isabel II, Ana y Andrés, también se divorciaron, pese a que la Iglesia Anglicana no admite el divorcio y que Isabel II es “Cabeza de la Iglesia”, como si dijéramos Papa de los anglicanos.

La situación se calmó con el paso del tiempo y la aparición en la escena pública del hijo mayor de Carlos y Diana, Guillermo, el heredero del heredero. Su romance con Kate Middleton resultó perfecto, él era un chico serio y honesto, ella bellísima y discreta, y han tenido tres niños sanos y encantadores. El príncipe de Gales, que parecía especialista en meter la pata, dejó de hacerlo, posiblemente porque encontró la paz en su matrimonio con Camilla Parker-Bowles, su amor de siempre. La misma Camilla se ha ido imponiendo en la escena con suma discreción. En el último cumpleaños de la reina antes de la pandemia, en junio de 2019, el cortejo que iba del Palacio de Buckingham al Trooping the Colour lo abría un landó, un coche de caballos descubierto, en el que Camilla llevaba a su lado a Kate Middleton –Guillermo iba a caballo más atrás-, y enfrente a la pareja Harry-Meghan Markle. Parecía que los hijos de Diana habían aceptado a “la otra”, a la mujer que le quitó el puesto a su madre.

Pero la paz familiar es algo que no dura entre los Windsor. Meghan ha resultado ser más tóxica que Diana (véase La espantá del Príncipe Harry, en Historias de la Historia del 12 de enero de 2020), y su archifamosa entrevista televisada en el programa de Oprah Winfrey, en la que acusó de racista a la Familia Real británica, ha sido letal para la popularidad de la monarquía inglesa.

En un reciente sondeo publicado en marzo por un periódico prestigioso como The Observer, el 46% de los encuestados opinaba que la Familia Real británica era “racista”, y solamente un 55% de los británicos se manifestaban partidarios de la Monarquía. Hace solamente dos años los monárquicos convencidos eran el 61%, y si se hubieran hecho sondeos al inicio del reinado de Isabel II habrían dado el 90% de partidarios.

Pero la vieja reina ha pasado ya por tantas cosas que parece indestructible, como la Esfinge de Gizeh. Vestida con sus peculiares modelos y sombreros de colores pastel parece dispuesta a renovar la hazaña de su madre, la Reina Madre, que vivió hasta los 102 años.