Una de mis amigas más inteligentes, filósofa de pasado punk, tenía un pasatiempo perverso: plantarse los domingos ante las iglesias del barrio de Salamanca para disfrutar del espectáculo social. Allí acuñó la expresión ‘revolcándose en el Loden’, para ilustrar la autosatisfacción de unas élites madrileñas encantadas de conocerse y de sobreactuar en sus rituales de reconocimiento (Loden es la tela liviana y calentita, inventada por monjes tiroleses, favorita de la clase alta capitalina). Recordé la expresión leyendo el sustancioso y divertido Ya sentarás cabeza (Libros del asteroide), diarios periodísticos donde Ignacio Peyró retrata a su clase social en los bares finos, en los círculos de poder cercanos a Mariano Rajoy y en los agitados pasillos del grupo Intereconomía. El autor despliega una relación de atracción y rechazo a esos ambientes selectos. Estén o no de acuerdo con sus observaciones o con sus posiciones políticas, apuesto a que no se arrepentirán de dar una oportunidad a este libro, que acaba de alcanzar su segunda edición. Peyró respondió las preguntas de Vozpópuli.

P. España es un país donde no se estila la crítica con nombres y apellidos, como la que usted despliega en Ya sentarás cabeza. ¿Parte de damnificados?

R. El tono del libro es amable, aunque nunca he querido ser un retratista de cámara. Creo en una literatura sin sangre pero con filo. El escándalo, que seguramente ni siquiera podría provocar, no me interesa en absoluto. Por supuesto, hay que hacerse responsable de lo que uno escribe. Pero la acogida del libro -amigos y no amigos, izquierdas y derechas- ha sido muy hermosa, aunque cuando te alaban un libro siempre te parece como si hablaran de algo ajeno.

P. Hay una frase en el arranque que me parece demoledora: “Antes nadie se reconocía como pijo y ahora todo el mundo quiere serlo”. Casi parece de Pasolini, un intelectual en sus antípodas políticas. ¿Cuáles son las consecuencias de este cambio?

R. Los españoles solíamos ser gentes modestas y cabales, una sociedad curiosamente igualitaria, de modo natural. La ostentación era cosa mal vista. Entiendo que eso cambia cuando, de pronto, dejamos atrás el pueblo y el país conoce unos años de crecimiento económico y cambio moral vertiginoso. En menos de una generación se pasa del rosario en familia a discutir sobre whiskies de malta. De poner las aceras o la línea del teléfono a construir un nuevo museo de arte abstracto. No ha sido fácil no volverse un poco loco en España.

P. Otro de los aforismos que más me ha hecho pensar dice así: “Para la derecha, la cultura es eso que les gusta a las mujeres de los ricos”. A lo largo del libro, se llega a maravillar de que ‘La gaceta’ consienta en tener sección cultural, como si fuese un pequeño milagro.

R. En general, se tiende a despreciar la proyección intelectual de la derecha, que puede haber sido más oculta -u ocultada-, y que puede gustar más o menos, pero está ahí. Pienso en el pensamiento tradicionalista, por ejemplo: gustarán o no, pero no es gente boba ni ligera, todo lo contrario. Y no se les conoce. También hay una tradición de buena prosa. En todo caso, imagino que hay una cierta inseguridad o un cierto malestar: buena parte de la cultura contemporánea les parecerá ajena a su sentir, y en el fondo no andan tan mal encaminados; no son muchos los novelistas que puedan decir algo del mundo de las oficinas o la abogacía o las finanzas, porque estaban en talleres de narrativa. No se ven reflejados en una cultura que, como mucho, los satiriza. Y, por supuesto, hay otra razón: si vas a regir bancos, lo de leer libros te parecerá poca cosa.

Por primera vez se vemos 'triunfadores' que abominan de cualquier propósito cultural y no necesitan comprarse un Juan Gris para su mala conciencia porque no la tienen"

P. Elogia usted el criterio cultural de Mariano Rajoy, poco amigo del cine de autor. Por ejemplo, en esta frase: “Su distancia de las ñoñeces y ‘mírames’ de la cultura actual solo habla de su buen juicio”.

R. ¿Quién quiere ñoñeces con Lorca y Sor Juana, María Zambrano o Tomás Luis de Victoria? En España, y en el ámbito hispanohablante en general, estamos familiarizados con figuras de una altura pasmosa, no siempre tan bien conocidas ahí fuera como hubieran podido serlo. Los prestigios culturales se construyen durante mucho tiempo: en Reino Unido, en los años treinta, por cada estudiante de español había setenta de francés. Estamos, de alguna manera, compensando un déficit de siglos. Sí veo adecuado que haya un cierto énfasis en lo contemporáneo: no es una superstición pensar que la época habla a la época. Pero luego cada uno se hace su traje a la medida con la cultura, y elige su propia tradición. Personalmente, a mí me parece que esa ambición cultural personal tiene algo que ver con cierto refinamiento del espíritu, aunque luego los creadores pueden ser genios a partir de materiales de deshecho o puras frivolidades. En todo caso, ahí las modas tienen poco que ver: ¿por qué extrañarse si te habla más Garcilaso que no sé quién de hoy? A todos, por otra parte, nos termina superando la cultura de nuestro tiempo. Todas las estrellas del rock terminan con artritis. ¿Amamos a Leopardi por lo clásico que tiene o por aquello que debe a la época? Estar al día no creo que sea una pasión necesaria para la persona culta.

P. Se pregunta usted también “Cómo hemos llegado a equiparar lo clásico con lo rancio”. No llega a responder, aunque intuye que las universidades han contribuido a esto.

R. Es fácil que lo clásico tenga menos valor cuando no se conoce. Y en buena parte su transmisión ha desaparecido. Ojo, no me verá usted llorando: tenemos lo que queremos. Sí observo que cada vez el filisteísmo ya ha dejado de pagar el pequeño peaje de boquilla que antes pagaba a la cultura: más allá de que viendo según qué cosas, extrañe poco, por primera vez se ve a “triunfadores” que abominan de cualquier propósito cultural y ya ni siquiera necesitan comprarse un Juan Gris para su mala conciencia porque no la tienen. Están orgullosos de, digamos, su militancia no-lectora. A mí me parece mal, pero bastante tengo con cuidar mi jardín como para cuidar del mundo.

P. Por todo el libro sobrevuela una enorme distancia -incluso menosprecio- respecto a la España popular. Me refiero a los comentarios sobre polígonos, reguetón, verbenas y localidades playeras. Lo expresa usted sin disimulo y a mí -como lector plebeyo y partidario del perreo- me ha hecho pensar en que prefiero esta visión que la de ciertos comentaristas socialdemócratas que abrazan lo popular de manera condescendiente.

R. Entiendo que uno se pierde algo de la vida si durante unos años no es un poco bobo o esnob, pero incluso aceptando esto, me sorprende lo del “menosprecio” a la España popular. Al fin y al cabo, en el libro hay menos París que Herrera de Alcántara y hay más tractoristas que duques. Sin duda he debido de explicarme mal: las verbenas, la aglomeración playera y las afueras con polígonos son cosas que me generan, como mínimo, tanto rechazo como atracción -y en todo caso un interés o sorpresa genuinos-. Amo la cultura popular española y, de hecho, como editor, siempre he intentado, por ejemplo, publicitar los escritos de Ángel Aponte y su Retablo de la vida antigua. Durante un tiempo incluso soñé con hacer una revista dedicada a “cosas españolas”, un poco al modo de la ‘Country life’ británica. Demonio, que yo le puedo citar treinta municipios de Toledo en dos minutos. El problema de la cultura popular es que se ha acabado: el pueblo ya no canta canciones. Canta lo que la industria cultural quiere que canten. Ahora creo que los muchachos que nacen en un pueblo tienen las mismas cosas malas que las ciudades y pocos de sus beneficios. Así todo se resiente. ¿Cultura popular? ¡Pero si es Netflix!

El pijerío es un universal: nada se parece más a un pijo de un sitio que el pijo de otro"

P. Uno de los términos de moda es 'madrileñofobia'. Me interesa su opinión, como madrileño capaz de escribir que “si alguien decretase la extinción de los madrileños, creo me costaría oponerme”.

R. La literatura es el reino de la exageración: no quiero que se extingan ni las cucarachas. Al margen del efecto cómico de las desproporciones, todos podemos tener algún momento de auto-odio, claro, pero creo que hay que vigilárselo: al fin y al cabo, el auto-odio es una de las muchas formas de la vanidad. Más allá de esto, no hay capital -también regional o comarcal- que no haya sido odiada; pensemos en la “Roma ladrona”, “la ciénaga de Washington”, etcétera. Ciertamente, el pijo madrileño es una forma de arrogancia. Se le puede coger cariño -hay todo un mundo de preocupación por el estatus. Culturalmente no ha ido muy allá. Y las relaciones con los lugares donde, por ejemplo, veranean, siempre tienen sus complejidades. De todos modos, el pijerío es un universal: nada se parece más a un pijo de un sitio que el pijo de otro. Valga por Madrid y Barcelona, incluso. En todo caso, es muy difícil pensar que Madrid no ha hecho una gran virtud de ser una ciudad abierta.

P. El libro son unas memorias periodísticas, así que me gustaría terminar preguntado qué posibles salvaciones o reciclajes ve a la profesión en estos momentos tan duros.

R. Llevan siendo duros mucho tiempo: varias crisis se han dado la mano. Las redacciones se han despoblado, la profesión se abarata, el oficio se depaupera incluso ante la propia mirada. No sé si es el pago por unos años maravillosos, que era de donde veníamos. O quizá la normalidad sea un periodismo más marrullero -así nació- y no altos estándares que han durado más o menos un siglo. Pero igual que algunas industrias o sectores han cerrado para siempre, el periodismo va a durar y, aunque ha costado casi una generación, creo que por fin empieza a levantar cabeza.