El verano de 1976 fue uno de los más cálidos y secos que se recuerdan. En este contexto de sofoco extremo, literal y figurado, se desarrolla la película El horizonte, un melodrama rural dirigido por la cineasta suiza Delphine Lehericey y protagonizado, entre otros, por Laetitia Casta, Clémence Poésy, Patrick Descamps, Thibaut Evrard y el joven debutante Luc Bruchez. Esta película aborda aspectos tan íntimos como el amor, el dolor y el despertar de la inocencia, sin perder de vista problemas universales y contemporáneos como el cambio climático, el medio ambiente o las conquistas sociales de la mujer.

Después de haber pasado por el Festival de San Sebastián, donde se alzó con el Premio Lurra de Greenpeace, la película se estrena en los cines de España este miércoles. Su propuesta es sencilla, sensible, delicada y visualmente muy atractiva, capaz de dejar un regusto agridulce y de palpitar en el recuerdo, a base de retazos íntimos del verano del descubrimiento del hijo menor de una familia procedente del ámbito rural de Suiza.

El protagonista de esta historia es Gus, un adolescente de 13 años, hijo de una familia de granjeros, que trata de sobrevivir a uno de los veranos más asfixiantes que recuerda, en el que tendrá que ayudar a su familia en las labores del campo para evitar que la sequía arruine la economía familiar, basada en sus cultivos y su ganado.

Fotograma de 'EL horizonte' / Gjorgji Klincarov
Fotograma de 'EL horizonte' / Gjorgji Klincarov

Con una precisión cautivadora, Lehericey sumerge al espectador en la perspectiva de este joven para observar con curiosidad e inocencia la asfixia física que viven los miembros de esta familia, pero también mental, y pone especial énfasis en la madre, a la que da vida Laetitia Casta. Lo que cualquier espectador puede advertir en la vida real con pocos detalles, en esta ocasión llega a través de una mirada naif que dosifica las señales que advierten que algo importante va a ocurrir.

La directora ha explicado a Vozpópuli que entender la trama a través de este personaje es donde "radica la originalidad de la historia". En ella, Gus contempla "con rabia y con trauma" aspectos duros como la "violencia" y la "muerte", pero también observa el "nacimiento del amor". "No quería una historia inocente, sino que el niño recibiera todo lo que ocurre con una mirada pura que permite alejarse de todo tipo de juicio, al mismo tiempo que me permitía tener una sencillez de puesta en escena que para mí era muy importante en esta película", cuenta la directora.

Este drama está basado en la novela homónima de Roland Buti que, según asegura la directora, es "bastante sombría, con más muertes y un epílogo final que es muy pesimista respecto al mundo actual". "No hay ninguna esperanza en este libro respecto a la agricultura, el clima, la mujer y sus posibilidades", ha señalado la cineasta respecto a los cambios que introdujo en la película, en la que ha huido de un "final tan tremendista y pesimista".

Los dilemas de los 70, los dilemas de hoy

Al abordar este guion, Delphine Lehericey (Lausana, Suiza, 1975), que trata temas como la emancipación mujeres, el final de la infancia y la relación del hombre con la naturaleza, la cineasta pensó en el peso del movimiento "mee too", en la "visibilidad" y en la "toma de conciencia" de los asuntos que preocupan. "Tenía ganas de volver a contar esos dilemas muy propios de los años 70 y ver cómo se reflejan hoy, porque ha habido avances pero también mucha regresión", apunta.

Lehericey afirma que es "feminista", pero sobre todo se siente "cineasta", y desde esa posición ve que "el patriarcado pesa sobre toda la humanidad, hombres y mujeres". "Estamos todos un poco cohibidos, atrapados por este patriarcado y por el papel que se nos otorga. Los hombres piensan de cierta manera y las mujeres sufren a partir de lo que piensan e intentan liberarse", agrega la cineasta en referencia a la trama de esta historia.

Uno de los tabús que pesan en esta película es el papel de la mujer como madre, un rol que habitualmente cumple la función de agrupar y mantener unida a la familia y que, en esta ocasión, se aleja de su cometido. Tal y como cuenta la cineasta, el personaje de Laetitia Casta está "atrapada en esa responsabilidad", pero finalmente "tiene la valentía de irse". "Ella decide no estar condenada a lo que se supone que tiene que hacer, es una especie de heroína. Toma la opción que desea en nombre del amor y del sentimiento, me parecía necesario transmitir esto en la película", ha concluido.