Héroes del Silencio son uno de los grandes grupos de la historia del rock español. Su impacto fue inmenso, a ambos lados del Atlántico, aunque queda el regusto amargo de que nunca sabremos hasta dónde podrían haber llegado en caso de no producirse su disolución en 1997 (con el único paréntesis de una gira de despedida en grandes estadios, diez años después). Una de las anécdotas más relevantes del documental es la que explica que en su último concierto, celebrado en Los Ángeles, tenían esperando en el camerino a una delegación japonesa con un contrato de gira listo para firmar. Era la alfombra roja para conquistar un país que hubiera sabido apreciar su solemnidad y energía épica, que a veces rozaba lo mesiánico. A continuación , la reseña de Vozpópuli

Lo que está mejor contado en esta hora y media, dirigida por Alexis Morante, es la infinita seguridad del joven grupo. La demuestran no dejándose desanimar por la frialdad con la que fueron recibidos, pero también negándose a mudarse a Madrid cuando se lo sugiere la compañía de discos. Además apostaron fuerte por asaltar el mercado europeo cuando nadie les acompañaba en el entusiasmo (resultan tronchantes las imágenes de fans alemanes chapurreando Entre dos tierras).

La confianza ciega que les encumbra es la misma que acaba con el grupo, cuando a finales de los 90 Bunbury propone (o impone) abandonar las guitarras en favor de la experimentación

Se enfrentaron a una crítica musical miope y malintencionada que -de manera muy machista- les menosprecia colocándoles la etiqueta de “banda para quinceañeras” (un público que siempre ha demostrado enorme olfato, detectando antes que nadie la grandeza de Elvis, Sinatra, Gardel, Serrat o Laura Pausini). Resulta deprimente la historia de un concurso de jóvenes bandas en Salamanca, donde Héroes quedan segundos mientras el jurado está más pendiente de comer y beber en una terraza de lujo que del escenario donde actúan los artistas aspirantes.

Drogas y oscuridad

A cualquiera le daría terror verse en pantalla grande dando una entrevista a los veinte años, pero Enrique Bunbury sale muy bien parado del trance, con un discurso sólido, maduro y centrado en el triunfo del grupo. No rechazaban ninguna oportunidad de promocionarse, por hortera que fuese el programa, pero una vez allí peleaban porque no les colocasen bailarinas ligeras de ropa (“Queríamos dejar claro que estábamos en el lado de la oscuridad”, dice Bunbury con la majestuosidad de Darth Vader). Esa confianza ciega que les encumbra es la misma que acaba con el grupo, cuando a finales de los noventa el líder les propone (o impone) abandonar las guitarras en favor de la experimentación electrónica.

Otra trama destacable es la de las drogas, abordada de frente pero con sutileza. Queda claro que el grupo tuvo una etapa de inmersión profunda, en la que grabaron colocados clásicos como Sirena varada. Todo se simboliza en una escena magistral donde intentan grabar un ensayo en Londres pero son incapaces de quitar la tapa a la cámara de vídeo. También con elegancia, se cuentan los problemas de adicción de su manager, Pito Cubillas, figura central de La Movida. Mientras el grupo afronta momentos cruciales, su representante se pierde en los océanos de la heroína con miembros de Suede, en una habitación hotel. Bunbury tiene que ir en su busca y allí se gesta la mejor anécdota del documental (mejor no destriparla).

Falta la voz de los fans y un análisis de las letras en una historia que daba de sobra para tres horas entretenidas

¿Verdicto final? El documental de Netflix cumple pero no enamora. Ajustados a los noventa minutos, se narra todo lo necesario para hacerse una idea, con la gran baza de las grabaciones antiguas, raras y caseras. Digamos que se apuesta por el cómo y se olvidan los porqués. Asistimos al retrato de un grupo que arrasa a pesar del rechazo de los críticos y la indiferencia de la industria discográfica, aupados a pura fuerza por sus seguidores, a quienes se priva de voz en la historia. Una entrevista con algún responsable del club de fans o con algún seguidor que hoy sea escritor o músico o periodista relevante hubiera dado consistencia a la historia. También se podría haber apostado por tres capítulos de una hora, ya que la historia del grupo los aguanta de sobra.

Bunbury de puntillas

Un factor clave del éxito de Héroes son las personalísimas letras de Enrique Bunbury, que aquí no merecen análisis. Sus maneras de Jim Morrison maño quedan claras en el metraje, pero falta contar el origen de su interés literario, la forma en que forja su estilo y las acusaciones de pedantería, aparte de las de saqueo literario sin acreditar a diversos poetas. Muchos pueden llegar a maliciarse -yo entre ellos- que pasar por encima de este asunto tiene que ver con no molestar al cantante, ni poner en peligro participación (recientemente el cantante declinó colaborar en un libro sobre el grupo donde sí se aborda este conflicto).

La escena de apertura del documental es magistral: "Aragón" de Labordeta sobre imágenes del desierto, cantada con voz de jotero, situando de manera perfecta al grupo en relación con su territorio. "Polvo, niebla, viento y sol...", dice la primera línea, que podría ser la de un himno de Héroes. El problema es ver luego los logotipos de instituciones como el Gobierno de Aragón, al Diputación y el Ayuntamiento de Zaragoza, Caja Rural de Teruel y otras entidades patrocinadoras. ¿Es posible que ningún productor de nuestro país quisiera poner íntegro el dinero para un documental sobre el mayor grupo del rock español? Así de tristes andan las cosas, aunque debamos insistir en que Silencio y rock&roll es un trabajo dignísimo y necesario, que no engaña a nadie ni hace perder un minuto a sus espectadores.