Música

'Habibi': la mejor canción de 2020 salió de un barrio marginado

La Cebolla y el Negro Jari publican su primer álbum

Negro Jari y La Cebolla en su barrio de Sevilla, las Tres Mil Viviendas
Negro Jari y La Cebolla en su barrio de Sevilla, las Tres Mil Viviendas

Lunes a las doce de la mañana. Vozpópuli se cita con La Cebolla y el Negro Jari en las oficinas de La Trinchera, su oficina de promoción, situada en el barrio madrileño de Usera. El objetivo es hablar de Caracas (Dagrama, 2020), primer álbum de la joven sevillana Natalia Jiménez García, aspirante a estrella del flamenco urbano a sus tiernos catorce años. Por cierto, el título no tiene que ver con la capital de Venezuela, sino que  alude al sobrenombre por el que es conocida su familia. A lo largo del encuentro, ella habla muy poco y se pelea contra su timidez, pero le echa una mano su productor y letrista Mamadou Mbacke Seck Diouf, alías Negro Jari. Se trata de un sevillano de 31 años y origen senegalés que ha convertido su amor por la música en una historia de redención, tras pasar por un correccional de menores y terminar triunfando con sus producciones.

Comenzamos, por supuesto, hablando sobre 'Habibi', el contagioso himno que lanzaron a finales de 2019 y ha arrasado en el año de la pandemia. Contabiliza 24 millones de visualizaciones en versión original y otros 20 millones en la remezcla de este año, donde participan Haze y La Húngara. ¿Cuándo se dieron cuenta de que el fenómeno se les había ido de las manos? “Empecé a pensar que no era lo de siempre cuando llegó al millón de reproducciones en dos semanas. Luego el ritmo se iba acelerando, llegaba al millón por semana. Mi máximo anterior era un millón en tres semanas y luego se estancaba”, explica Jari. Por su parte, La Cebolla se dio cuenta que la gente la miraba más de la cuenta en los autobuses. “Algunos me reconocían con mascarilla y todo. Me sentía un poco rara”, recuerda.

"Las fiestas gitanas son un 'cueste lo que cueste': se pueden gastar 20.000 euros en artistas tranquilamente", explica el Negro Jari

Otro dato relevante: “Me resulta más fácil componer letras sociales que festivas. Me pongas el ritmo que pongas, yo me desenvuelvo, pero en las letras me es más fácil si estoy transmitiendo un mensaje. Se me dan mejor que las rimas vacías, banales, las típicos de 'vamos a divertirnos'. Cuando trato de hacer canciones sencillas, comerciales, con mucha repetición, al final siempre acabo desarrollando una historia. Me cuesta mucho hacerlo sencillo. Me pasó en "Habibi", que valía con el estribillo pero al final terminé contando una historia”, afirma Jari.

Circuitos callejeros

Por supuesto, la canción creció principalmente en el ‘circuito musical B’, ajeno a radiofórmulas, televisiones y revistas de tendencias. Uno de sus trampolines fueron las bodas, bautizos y cumpleaños gitanos. Lo dice con máximo orgullo, incluso lo subraya en a letra de 'Le canto a la calle': “Me aconsejan cante solo a los payos que tienen lana/ no saben lo bien que pagan las fiestas gitanas”, recita. “Las fiestas las pagan muy bien. Si a una cría le da el antojo de tener a La Cebolla, no te creas que se cortan de pagarte como si fuera un bolo de discoteca. Se pueden gastar en artistas 20.000 euros tranquilamente. Aparte de todo lo que se compran para la fiesta, que es otro dineral. Yo me siento muy de la raza gitana, que es de donde sale nuestra música y además fueron los primeros que nos apoyaron", destaca.

Aclaremos lo del ‘circuito B’. En el pop español siempre ha habido dos niveles de distribución: uno la para la música de la clase media y otro para la de los pobres. Los lectores más veteranos recordarán los expositores de casetes de gasolinera, cuyos superventas no computaban para la lista de ventas oficial, una discriminación de la que solía quejarse Manolo Escobar. “El rapero Haze, que para nosotros es una especie de padrino, triunfó en los dosmiles gracias al ‘top manta’, que era donde comparaba la gente del barrio”, apunta Jari. Hoy en día, los mecanismos de discriminación son más sutiles: por ejemplo a C. Tangana le llueven ofertas de patrocinios, mientras que a La Cebolla y Jari no les han llegado todavía (Camela triunfaron a lo grande en los años noventa y todavía las están esperando). En cuanto a música pop, España sigue viviendo dividida entre dos esferas, la popular y la chachi-’cool’.

La Cebolla se define como "una niña antigua", que disfruta escuchando a Camarón, Parrita y Niña Pastori

A Natalia le quedan lejos las batallas culturales de la discriminación clasista, pero acaba pronunciándose al respecto. “Eso no debería ser así, me parece muy injusto”, afirma. Estamos ante una adolescente retraída, como mandan los canones, entregada a la música por completo. “Escucho sobre todo a la Niña Pastori, a Parrita… soy una niña muy antigua, como se dice. También mucho Camarón, desde muy pequeña”, señala. Hoy canta letras sobre lo mucho que quiere a su familia y a su barrio. De hecho, su formación musical la hizo en la escuela musical Alalá, que fue objeto de un precioso documental de Remedios Málvarez en 2016. “Entré allí muy chica, creo que tenía nueve años. Aprendí diferentes palos del flamenco. Yo ya cantaba, pero aprendí las bulerías , seguirías, sevillanas…”, dice con una sonrisa. El mote de La Cebolla se lo dieron por su cara redondeada y su coleta, que a muchos les recordaba a la silueta de la hortaliza.

Superhéroes de barrio

Las redes familiares fueron quienes conectaron a Natalia con su productor. “Yo trabajo allí, en la barriada, con algunos primos de ella, que me decían que cantaba muy bien y que probase invitarla al estudio. Hubo un momento en que tuve un hueco libre y la llamé. Me gustó mucho y ahí arrancamos”, apunta Negro Jari.

¿Son las Tres Mil Viviendas una zona conflictiva? “Hay bastante delincuencia, pero no es todo como lo pintan. También tenemos talleres artísticos para los chavales y mucha cultura musical. Yendo por allí a tu rollo, de bien, es un barrio como otro cualquiera, con gente buena y mala”, explica Jari. “Poco a poco, se ha ido creando una mezcla de razas que ha hecho crecer la fusión de diferentes estilos. Pero, se cocine el sonido que se cocine, en todas las mezclas está el flamenco. Da igual que sea hip-hop, música latina o ritmos africanos, los elementos flamencos suelen estar ahí”, añade.

Le pregunto a La Cebolla si disfruta los conciertos. “Al principio me pongo nerviosa, pero luego me siento como en mi propia casa”, dice. La estrategia del directo la describe Jari: “Llevamos tres micros y un discjockey que nos suelta las pistas. Lo que yo aporto es el hip-hop, ella el flamenco y los bailes. El discjockey nos ayuda a animar a la gente. El público suele disfrutar un montón, interactuamos mucho y les subimos al escenario. Cada vez que Natalia baila ‘Habibi’ la gente se vuelve loca, les encanta. Y eso que es no hace coreografías, improvisa algo distinto casi cada noches”, celebra Jari. ¿Ha nacido una estrella?

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