Los niños españoles de los años ochenta crecimos entre alegres estribillos movideros y superventas estadounidenses como Madonna, Prince y Michael Jackson. En mitad de aquel paisaje chispeante, solía aparecer en las listas de éxitos un señor mayor extremadamente delgado, solemne hasta cuando cantaba estribillos alegres como ‘Yo quiero verte danzar’, un ritmo que te obligaba a levantar el culo del sofá y moverte de alguna manera. En realidad, Franco Battiato, muerto este martes a los 76 años, fue el primer músico que nos enseñó que el pop no era territorio exclusivo de dioses sexuales desbordantes de energía y juventud, sino que también tenía un espacio para personas maduras con un punto melancólico y conflictos culturales más amplios que los de veinteañeros eufóricos como Rick Astley.

Fue el primer artista italiano en despachar un millón de copias de un solo álbum , con La voce del padrone (1981). Giró por medio mundo aprovechando la tecnología para poner subtítulos en el idioma local y que así no se perdiera el trabajo de sus letras, un recurso evidente pero que muy pocas estrellas pop utilizan. Sus recitales eran verdaderos viajes con diversas fases, unas de concentración casi religiosa, otras de densidad experimental y finales entregados a la catarsis pop. Entendía que un disco conceptual no es consiste en apabullar al oyente con pirotecnia musical, sino que es una oportunidad para explorar un temática en profundidad, con lenguajes accesibles al gran público. A pesar de vivir muchos años apartado del mundanal ruido, no habitaba mentalmente en una torre de marfil, sino que bajaba con sus canciones a batallas tan concretas como el rechazo al berlusconismo.

Battiato había alcanzado ya a principios de los setenta sonidos que que los gourmets todavía consideraban vanguardistas dos décadas más tarde.

Uno de los grandes méritos de su carrera fue confirmar que se puede competir con los anglosajones en la música pop, aunque tengan la ventaja de que ellos la inventaron. ¿Cómo se le veía, por ejemplo, desde Londres? Músicos supercool como Alexis Taylor, de la banda indietrónica Hot Chip, se declaró varias veces devoto de Foetus (1971), un álbum que grabó en italiano y en inglés. “Es una especie de Peter Gabriel británico”, dijo al diario The Guardian en 2016. “Este es su primer disco en solitario. Tiene un sonido muy hermoso, construido sobre sintetizadores analógicos, pero también muy pop. Las canciones son inmediatas, melódicas y sencillas al oído. Me encanta la versión italiana, que es la primera que escuché. Las letras hablan, de manera muy original, sobre describir cuál es tu lugar en el mundo; nada que ver con las letras confesionales típicas de los cantautores. Me recuerda al enfoque al pop de Brian Wilson (Beach Boys) mezclado con algún mito underground de los noventa, digamos con Jim O’ Rourke de Chicago”. ¿Resumiendo? Battiato había alcanzado ya a principios de los setenta sonidos que que los gourmets todavía consideraban vanguardistas dos décadas más tarde.

Batiatto: gloria y mística

Los talibanes del battiatismo pueden llegar a ser una tribu irritante, tanto o más que los dylanitas. Hablan como si su ídolo fuese objetivamente el artista pop más interesante de Italia, algo totalmente indemostrable. Encajar en tus discos más referencias culturales que Mina, Gino Paoli, o Laura Pausini no te convierte automáticamente mejor músico. Son los mismos que piensan que Caetano Veloso es indudablemente lo mejor de la música brasileña porque en sus letras usa más palabras que Roberto Carlos. O quienes piensan que escuchar ‘Omega’ de Enrique Morente y Lagartija Nick les pone en un plano superior a quienes prefieren el flamenco más sencillo y clásico. Eso no quita que Batiatto sea un gigante del pop, merecedor de todos los halagos que ha recibido.

Comprendía perfectamente que el poderío de la música popular estaba en su dimensión colectiva. “Muchos consideran la vanguardia superior a ciertas canciones, pero no es así”, dijo hace un lustro a la revista Jot Down. Místico militante, era capaz de firmar canciones que te hacia sentir elevado, a veces hasta límites difíciles de sospechar. “Le cuento algo: aunque no soy tan estúpido como para creer que yo fuera la causa, eso nunca lo he creído, a principios de los noventa varias mujeres -siete u ocho mujeres- se hicieron monjas de clausura después de haber escuchado “L’ombra della luce” y este tipo de canciones. Las madres me llamaban para darme las gracias. Y eso que hay familias que no soportan la idea de que un hijo o una hija tomen una decisión de este tipo. Fue maravilloso, maravilloso. A veces me sucede que, cuando surge algún problema, abro el ordenador, escucho alguna canción mía de los años noventa y me digo ‘Dios, qué cosa magnífica’. Cuando alguien viene y me dice: “Perdona, ¿puedo cambiar algo?”. Yo siempre digo: haz lo que te dé la gana. Nunca he considerado las canciones como de mi propiedad. ¿Por qué iba a hacerlo?”, explicaba en la misma charla.