Videoarte

Un estremecimiento llamado Bill Viola

Es uno de los videoartistas fundamentales. El Guggenheim de Bilbao le dedica una retrospectiva.

El Guggenheim de Bilbao dedica una retrospectiva a Bill Viola.
El Guggenheim de Bilbao dedica una retrospectiva a Bill Viola. EFE

La última vez que Bill Viola expuso en España fue en 2014. Aquel año, el artista colaboró con la escenografía del Tristán e Isolda de Wagner que estrenó el Teatro Real, en Madrid. La ocasión dio para una pequeña muestra en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la que el artista confrontó algunas de sus videoinstalaciones con los maestros clásicos: Goya, Zurbarán, Ribera, Pedro de Mena, Alonso Cano y El Greco. El efecto era sobrecogedor, incluso a pesar de lo pequeño de la muestra. Tres años más tarde, Viola vuelve a España… y de qué forma.

En ocasión del vigésimo aniversario de la institución, el Museo Guggenheim Bilbao le dedica una retrospectiva al que, sin duda, es uno de los videoartistas fundamentales del Siglo XX. Viola creó una nueva sensibilidad alejada de los manierismos de su generación.

Algo que los espectadores podrán constatar en las 27 obras realizadas a lo largo de su carrera que se exhiben en las salas del museo. Desde Cuatro estaciones, creada en sus inicios en 1976, hasta Nacimiento invertido, de 2014. El recorrido intenta reflejar desde la evolución técnica –del monocanal al multicanal en alta definición- hasta los cambios en el perfeccionamiento de su estética.

La sensibilidad visual se divide en antes y después de Viola, un creador total, capaz de generar un universo envolvente como las catedrales o los estremecimientos

La sensibilidad visual se divide en antes y después de Viola, un creador total, capaz de generar un universo envolvente como las catedrales o los estremecimientos. Bill Viola (Nueva York, 1951) comenzó a experimentar con el videoarte a principios de la década de 1970, a raíz de su participación en el programa de Estudios Experimentales de la Universidad de Siracusa (Nueva York), dirigido por su profesor, Jack Nelson.

En Siracura conoció a David Ross (curator de videoarte) y trabajó como asistente de figuras tan icónicas del Media Art como los artistas Peter Campus y Nam June Paik en el Everson Museum of Art. Interesado en el misticismo, la poesía y las filosofías, tanto de oriente como de occidente, Viola empleó las posibilidades técnicas del vídeo como herramienta en su constante indagación acerca de la condición humana, el nacimiento y la muerte, o los procesos de cambio, renacimiento y transfiguración, temas destacados en su obra.

La exposición Bill Viola: retrospectiva se remonta a sus primeras experiencias con el vídeo e incluye tempranas cintas monocanal como Cuatro canciones (Four Songs, 1976) y El estanque reflejante (The Reflecting Pool, 1977–79) en las que su contenido poético aborda ya cuestiones tan  importantes como la noción del tiempo y su deconstrucción, el significado de nuestra existencia y lugar en el mundo. En las obras de la década de 1980, cuando Kira Perov (su esposa y colaboradora en la década de 1980) comienza a trabajar con el artista.

En esos años, emplea la cámara y objetivos especiales para capturar el paisaje y grabar imágenes de lo que normalmente se encuentra más allá de nuestra percepción. Esta etapa también sirve de transición hacia las instalaciones de los 1990, que ocupan salas enteras y sumergen al observador en la imagen y el sonido.

La exposición Bill Viola: retrospectiva se remonta a sus primeras experiencias con el vídeo e incluye tempranas cintas monocanal como Cuatro canciones (Four Songs, 1976)

El interés constante de Viola por los temas espirituales se evidencia en objetos escultóricos como Cielo y Tierra (Heaven and Earth, 1992) y en grandes instalaciones, como Una historia que gira lentamente (Slowly Turning Narrative, 1992), una instalación que lleva años sin exponerse y que pertenece la colección del Museo Reina Sofía. Se trata  de proyección giratoria con uno de sus lados en espejo que emite de manera aleatoria imágenes cambiantes que interactúan con los reflejos y sombras de los espectadores, atrapados en el remolino desconcertante en el que un mantra se repite, una y otra vez.

Un detalle del montaje dedicado a Bill Viola.
Un detalle del montaje dedicado a Bill Viola. EFE

De ese trabajo, si se quiere más analógico, Bill Viola pasa a las pantallas planas de gran definición. Comienza producir piezas de pequeño y mediano formato en una serie que tituló Las Pasiones, un estudio en torno a las emociones a cámara lenta, como Rendición (Surrender), o que muestran el paso del tiempo y de las generaciones, como La habitación de Catalina (Catherine’s Room) y Cuatro manos (Four Hands), todas de 2001. A estas obras íntimas le siguen instalaciones monumentales como Avanzando cada día (Going Forth By Day, 2002), en la que cinco grandes proyecciones murales que comparten un espacio común invitan a los espectadores a indagar en sus vidas y en la existencia humana.

Durante la última década y empleando diversos medios y formatos, Viola ha seguido mostrando lo fundamental de la experiencia de la vida, algo que ilustra, de manera elocuente, su empleo del agua en obras como Los inocentes (The Innocents, 2007), Tres mujeres (Three Women, 2008) y Los soñadores (The Dreamers, 2013), y su recorrido por el ciclo de la vida que se inicia en la exposición con Cielo y Tierra (Heaven and Earth, 1992) y concluye con un renacimiento en la obra Nacimiento invertido (Inverted Birth, 2014).

Bill Viola se comporta como las catedrales: se impone y arrasa, encandila. La lentitud, el juego sensorial y la fascinación mística convierten sus instalaciones no sólo en un artefacto, sino en una atmósfera.



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