Hay un párrafo en la página 200 de este libro que retrata de manera magistral la personalidad de Eric Jiménez, batería de Lagartija Nick, Los Planetas y Enrique Morente, entre otros. Transcribo para que se hagan una idea: “Cuando hablo sobre algo de lo que no tengo ni puta idea, siempre lo hago con mucha seguridad y con un tono muy alto, y además establezco contacto visual constante con mi interlocutor. Si puedo llevar la contraria al especialista en la materia, mucho mejor. De esta manera se pica, y así desarrolla un tema que yo desconocía completamente y que, en un contexto normal, nadie se molestara en explicarme”, comparte. Un gran ejemplo del tipo de lógicas que dominan la mente de las estrellas de rock. Y es que, no nos confundamos, Eric es uno de esos pocos batería capaces de alcanzar ese estatus, hasta el punto de conseguir que leamos no solo una sino dos autobiografías suyas, que recomendamos desde Vozpópuli.

La primera entrega, Cuatro millones de golpes (2017), fue una crónica de abandono paterno, disfunciones compulsivas y el poder de la música como compañera y redentora. Contaba tantas cosas que confieso que dudé que le quedase material suficiente para una secuela. El caso es que ahora llega Viaje al centro de mi cerebro (Plaza y Janés, 2021) y el nivel se mantiene, tirando de oficio y de memoria. El secreto de sus libros es la mezcla de crudeza 'underground' con la dulzura de alguien que valora las relaciones humanas por encima de cualquier otra cosa Me explico: Eric puede pasar cuarenta horas de viaje por España tragando LSD con la ayuda de whiskys con Red Bull, como recoge el capítulo más salvaje del texto, pero resulta creíble diciendo que sus excesos nacen del miedo a la soledad y que solo es realmente feliz cuando comparte tiempo con su mujer y su hija. La mayoría de los rockeros te cuentan eso y sabes que ocurre justo lo contrario: soportan regular a su familia y solo son felices entre ‘groupies’, cámaras. y drogas.

Lo que engancha de las historias de Eric es una vulnerabilidad verosímil. “En aquella época me sentía muy solo y quedarme sin compañía en casa me daba pavor”, confiesa en la página 53. Este es el trampolín a todo tipo de aventuras delirantes y desquiciadas.

En el texto encontramos pasajes preciosos, por ejemplo cuando recuerda su devoción por las fiestas patronales desde los doce años: “Me encantaba ir a las verbenas de los pueblos para ver a las orquestas sobre los escenarios. Me parecía mágico aquel mundo de colores y de bafles. Veía a los músicos ahí arriba y para mí se convertían en héroes automáticamente. Había una orquesta que se llamaba 24 Kilates que siempre empezaba con un tema instrumental de Los Relámpagos. Me pasaba en las verbenas desde la tarde, cuando montaban el escenario, hasta la madrugada. (…) Otra orquesta que me gustaba era Inverosímil, compuesta por minusválidos; su batería, Fermín, era un auténtico espectáculo. Cuando tocaban "The Wall" de Pink Floyd, él se ponía un casco de albañil”, recuerda.

Planetas armadillos, planetas iguanas

En el fragmento anterior hay muchas claves del estilo de Eric, que disfruta tocando vestido de cura o bajo palio, como Franco entraba en las iglesias. También es un batería acostumbrado a lidiar con las minusvalías emocionales de sus compañeros de grupo. Incluso las describe con cierto vuelo literario. Una prueba es su crónica del día en que Kieran (bajista de los Planetas) cerró una puerta de la furgoneta sin mucho cuidado y machacó los dedos de Florent (guitarrista), que se los curó él mismo y estuvo en silencio durante semanas. “Nosotros somos raritos de cojones y tenemos nuestros propios códigos, y el lenguaje del silencio es uno de ellos. Si no lo utilizáramos, la cosa acabaría con mucho ruido. Nuestras conversaciones, sobre todo las tensas, son lo más similar a las que tendría un armadillo con una iguana, bueno, no, porque seguro que ellos sabrían entenderse mejor que nosotros”.

El batería comparte historias como la del camello que tuvo secuestrado cinco meses a un subordinado por un kilo de coca

Por supuesto, hay muchas historias sobre drogas, una de las banderas vitales de Los Planetas, tanto en sus letras cpmo en su iconografía. Las historias más duras son las que vivió en sus comienzos, con traficantes como uno al que apodaban El Amo del Calabozo, que llegó a secuestrar a un chaval al que había entregado un kilo y volvió diciendo que se lo habían robado. “Al chico lo tuvo retenido durante cinco meses en un piso para que soltara toda la verdad y le devolviera toda la cocaína. Son cosas que crees que solo pasan en las películas pero también sucedían en Granada”. Eric incluso vio un asesinato en una discoteca en la que estaba de fiesta y que tuvo que ser desalojada, entre policías y cámaras de televisión. También explica cómo se utilizan las drogas como pase de ‘backstage’ y para abrirse paso a ciertos espacios de la industria musical. Y añade la tronchante anécdota final sobre necesitar una raya en mitad de un acto cultural (no la desvelamos, cómprense el libro).

Terminamos. Los pasajes donde cuenta su boda con detalle son de alto voltaje hortera, pero también conmovedores. La trayectoria vital de Eric nos habla de cómo el trabajo, los amigos y el amor son tres vigas a las que podemos agarrarnos incluso con la vida más desestructurada. Además, lo hace sin arrepentimientos estériles ni moralina precongelada. Hay también mucho sentido del humor y retratos despiadados del indie, como cuando describe la sala Maravillas de Madrid en los noventa como un garito donde "había muchas chicas con vestidos de vieja chupando piruletas y chicos muy jóvenes con cara de loco psicótico experimentando sus primeros viajes con las drogas. Siempre estábamos rodeados de muchísimas fans y de algún que otro melómano pasado de vuelta que nos contaba lo que había sentido al escuchar el último disco de Mercury Rev. Qué puto coñazo. No me interesaba ni una cosa ni la otra". Así escribe Eric Jiménez, alérgico al postureo.