El homenaje del Congreso en el Día de las Víctimas del Terrorismo resultó degradado por la presencia de Bildu. Ni las principales asociaciones de víctimas, ni la oposición al gobierno de Pedro Sánchez –acusado de aliarse con Bildu- asistieron, pero tampoco el propio Sánchez, solamente tres ministros. Como desagravio a los que han sufrido la barbarie terrorista vamos a evocar a una víctima particular, Dora Bloch, cuyo calvario comenzó precisamente el mismo día del homenaje institucional, un 27 de junio de hace 45 años. Si todos los crímenes terroristas encierran una gran vileza, el asesinato de Dora el 5 de julio de 1976 fue especialmente repugnante.

        Dora nació en Haifa en 1901, hija de un emigrante ruso, uno de los primeros colonos judíos del movimiento sionista, y se había casado en 1925 con un súbdito británico, por lo que tenía esta nacionalidad además de la israelí. En junio de 1976 emprendió lo que debía ser un viaje gozoso para asistir a la boda de un hijo en Nueva York. La acompañaba otro hijo, y el 27 de junio se embarcaron en Tel-Aviv el vuelo 139 de Air France con destino París.

        El avión, con 248 pasajeros y 12 tripulantes,  era un Airbus A300 que hacía escala en Atenas, donde subieron tres hombres y una mujer que poco después del despegue, sobre las 12’30, se apoderaron del avión en nombre de la Revolución palestina. En aquella década se habían producido repetidos secuestros con los que la Resistencia palestina quería llamar la atención del mundo sobre su causa, lo que consiguió. El póster de Leila Jaled, una joven secuestradora, militante del FPLP (Frente Popular de Liberación de Palestina), cuya belleza contrastaba con el fusil de asalto Kalashnikov que empuñaba, se convirtió en un icono para la izquierda mundial.

        Aunque normalmente los secuestradores exigían la liberación de presos palestinos, su principal objetivo era, al menos al principio, propagandístico, lo que suponía que había que evitar que muriesen pasajeros o tripulantes. Comparado con el terrorismo islámico actual, aquello era lo que podríamos llamar un “terrorismo blando”, que respetaba normas de humanidad. De hecho en la escala que el Airbus secuestrado hizo en Libia para recargar combustible, pusieron en libertad a una pasajera que fingió sufrir un aborto. Luego, al llegar a su destino en Uganda, liberarían a la mayoría de los pasajeros.

        Una peculiaridad del secuestro era que dos de los cuatro terroristas, incluida la mujer, eran alemanes, miembros del RZ (Revolutionäre Zellen, Células Revolucionarias), un grupúsculo terrorista muy misterioso, que jamás fue detectado ni desarticulado por la policía, y que se autodisolvió en el anonimato. Brigitte Kuhlmann y Wilfried Böse eran de hecho los fundadores del RZ y unos de los escasos nombres de miembros de la organización que se conocen. Los dos palestinos también pertenecían a un grupúsculo muy marginal de expulsados del FPLP, el llamado FPLP-ME.

        El Airbus aterrizó en el aeropuerto de Entebbe, Uganda, en la madrugada del 28 de junio. Usurpaba el poder en Uganda, a base de brutalidad, uno de los más repugnantes tiranos que ha producido la Historia, Idi Amín Dada, que tras haber coqueteado con Israel durante algún tiempo se había pasado al campo islámico, porque Arabia Saudita pagaba mejor que Israel. Los secuestradores contaban, por tanto, con que Entebbe era territorio amigo, y que el ejército ugandés les defendería de una posible operación de rescate.

        Se inició el proceso de negociaciones usual en estos casos. Los terroristas pusieron en libertad a 155 pasajeros y a la tripulación, aunque ésta se negó a abandonar al resto del pasaje, que eran los ciudadanos israelíes. A cambio de la libertad de éstos los secuestradores pedían a 53 presos palestinos, de los que 40 estaban en cárceles israelíes, amenazando con empezar a matar rehenes el 1 de julio, aunque no lo hicieron.

        El gobierno israelí aceptó la negociación, pero paralelamente puso en marcha el rescate. No vamos a detallar aquí la Operación Rayo, más conocida por Operación Entebbe, sobre la que incluso se han hecho cuatro películas. Finalmente el 4 de julio, a las 11 de la noche, un comando israelí capitaneado por el coronel Yonatán Netanyahu (hermano del que luego sería primer ministro), asaltó la terminal del aeropuerto, mató a todos los secuestradores y liberó a los rehenes, aunque tres de ellos murieron en el tiroteo, víctimas de “fuego amigo”. Por parte de los asaltantes solamente murió Netanyahu, por disparos de los soldados ugandeses que protegían a los terroristas, de los que también murieron bastantes.

Faltaba una

Sin embargo una pasajera se había quedado atrás: Dora Bloch. Días atrás había enfermado y, por esa regla de humanidad que observaban los palestinos, había sido llevada al Hospital Mulago de Kampala, la capital de Uganda. Al día siguiente del rescate el embajador británico en Uganda y un diplomático visitaron a Dora en su habitación. Les dijo que la trataban bien, pero se quejó de la comida, de modo que el diplomático fue a su casa y volvió con alimentos, pero ya no le dejaron entrar en el hospital y Dora Bloch desapareció de la faz de la tierra.

        ¿Qué había pasado? La venganza de Idi Amín. Furioso por el ridículo que habían hecho sus fuerzas armadas, incapaces de prevenir el aterrizaje de varios aviones Hércules y la operación de rescate, decidió tomar represalias sobre la anciana enferma que había quedado en la cama del hospital.

        Amín envió a su “asesino de cámara”, el capitán Nasur Ondoga, cuyo cargo oficial era jefe de protocolo del Presidente, y al hombre más temido del país, Faruk Minawa, director de la Oficina de Investigaciones del Estado, la Gestapo ugandesa.     Acompañados de dos sicarios, Ondoga y Minawa irrumpieron en el hospital y sacaron de la cama a rastras a Dora Bloch. Los médicos, enfermeras o policías que intentaron oponerse al secuestro también serían asesinados, así se las gastaba Idi Amín.

        Siguiendo las órdenes directas de Amín, a Dora la mataron a tiros Minawa y Ondoga, que intentaron destruir la evidencia de su crimen quemando su cadáver en una plantación a 30 kilómetros de Kampala, donde se encontrarían sus restos solamente después del derrocamiento de Amín. Lo que hace tan horrorosa la ejecución de Dora Bloch es que no fueron unos terroristas fanatizados, palestinos o alemanes, quienes la asesinaron, sino el presidente de un estado reconocido internacionalmente –aunque Gran Bretaña rompió las relaciones diplomáticas a raíz del crimen-.

Pero no fue la única víctima del terrorismo de estado del régimen de Amín. El dictador ugandés ordenó asesinar a cientos de ciudadanos kenianos por el simple hecho de tener esa nacionalidad. Era una salvaje represalia por el apoyo logístico que el gobierno de Kenia había prestado a la operación de rescate.

        Cuando tres años después Amín, en su megalomanía, invadió Tanzania y se anexionó parte del vecino país, el ejército tanzano le dio una severa lección en el campo de batalla y, pese a que Amín contó con el apoyo militar de la Libia de Gadafi, conquistó Kampala y expulsó a Amín del poder. Arabia Saudita le daría generoso asilo a este presidente-terrorista.