La noche era perfecta, la organización también. Después de leer esa misma tarde alguna crónica de negligencias festivaleras palmarias, resultaba todavía más impresionante asistir al funcionamiento suizo de La Noches del Botánico, con sus accesos bien calculados, su prohibición de comer y beber en los asientos y sus eficientes empleadas que patrullan silenciosas los pasillos comprobando que todo el mundo llevábamos bien puesta la mascarilla. El sonido, como siempre, impecable también, como nos tienen acostumbrados (a juicio de este cronista de Vozpópuli).

Puntualmente salieron los mariachis, causando alguna sorpresa, ya que un recurso tan potente suele dejarse para el final, aplicando la estrategia del in crescendo. El Cigala prefiere empezar fuerte con ellos para entregarse después al jazz latino aflamencado con piano, batería y contrabajo; luego vuelve a sacar al grupo para el gran final. En la noche del sábado confirmó -por enésima vez- haber llegado a un nivel de autoridad y solvencia que se puede considerar una garantía (no hubo una sola canción deshilachada, desvaída, ni a medio gas). Las melodías fluyen, te vas dejando mecer y de repente un requiebro te hace darte cuenta de lo alto que te ha llevado. Ocurrió, por ejemplo, con una intensa interpretación de “Si tú me dices ven”, la mejor pieza del potente Cigala canta a México (2020), donde deja claro que es un maestro de la canción sentimental latina.

Aunque Diego representa la masculinidad clásica, es capaz de hacer una versión intensa y vulnerable de “La gata bajo la lluvia”, joyas del repertorio de Rocío Dúrcal

Hubo muchos momentos de grandeza, por ejemplo una tremenda versión de “Somos novios” de Armando Manzanero. Tiene mérito que un artista tan maduro y experimentado como El Cigala sea capaz de hacer suya está pieza, que es pura inocencia. No se puede pedir mejor homenaje al maestro Manzanero en el año que murió por coronavirus. También destacó “Lágrimas negras”, que sigue cantando con toda el alma a pesar de que lleva haciéndolo, con máxima frecuencia, dieciocho años ya. O la manera en que se sigue volcando en clásicos como “Inolvidable” y “De qué manera te olvido”, otras dos cimas de la noche. Como los grandes actores, la voz de Diego es capaz de inyectar matices y densidad vital a cualquier relato que le pongan delante. Los discos que graba son grandes, pero los conciertos siempre son mejores.

Cigala en plenitud

Se conoce el repertorio del derecho y del revés, por eso puede permitirse juguetear con “Dos gardenias”, que comienza torrencial y termina disuelta en un gozoso jugueteo rítmico, con el que mantiene al público a su merced. También demuestra el empaque necesario para enfrentarse a “La media vuelta”, una de esas canciones que se cantan con la máxima confianza -la del protagonista- o no consigues que prenda. Se pierde y se equivoca en algún verso -“donde quiera la tarde” en vez de “cuando muera la tarde”-, pero sabe volver al cauce sin despeinarse. Por cierto, aunque Diego representa la masculinidad clásica, la de toda la vida, es capaz de hacer una versión bonita y vulnerable de “La gata bajo la lluvia”, una de las joyas del repertorio de la inmensa Rocío Dúrcal (eso sí, masculinizando el titulo para ser “gato” y perdiendo la rima central del estribillo, sin que la canción sufra).

El Cigala estaba dispuesto a hacer un tercer bis, pero lo impidió la displicencia de parte del público, que desfilaba impaciente hacia la salida

Por eso cabrean tanto algunos detalles finales del público de ‘alto standing’ que suele acudir a este ciclo de conciertos. Primero, y esto es general, parece que nos cuesta un mundo pasar tres canciones sin atender el móvil, distrayendo a los espectadores del escenario. Después a algunos se les hace largo el concierto, así que deciden desfilar por el pasillo después del primer y segundo bis para ahorrarse los atascos o la cola del taxi. Tienen todo el derecho, pero quedó y claro que Diego estaba dispuesto a hacer un tercero y decidió no hacerlo ante el espectáculo de un público menguante (se sabe por la cara de sorpresa de algunos músicos del grupo de mariachis, desconcertados por tener que marcharse de la tarima cuando estaban preparados para otra canción).

Esta vez Diego bebió mucho menos que en su anterior concierto en el Botánico, donde el público terminó aplaudiendo cada copa que le ponía en la mesita la chica de producción. Parte de la audiencia, una pequeña parte, decidió compensar la modesta ingesta del artista. Los peores elementos de mi zona de la grada entraron en la cuarta canción, aguantaron tres piezas seguidas -a duras penas- y se volvieron a la preciosas terrazas del Botánico para seguir bebiendo casi hasta los bises, con las naturales molestias para el resto con las entradas y salidas (siempre en mitad de algún tema). Cuando termina el concierto, se ponen a comentar a gritos que Diego es un “fenómeno de los fenómenos”, cuando le han tenido delante y han decidido escuchar menos de un tercio del concierto, rebajando el placer de quienes queremos disfrutarlo al completo. Hay gente a la que el dinero le sienta requetemal.