Hace un año ya del golpe bajo, de la noticia que nadie quiso recibir ni encajar. Fue un domingo por la noche. Un nueve de febrero de 2020, la fecha de la muerte del periodista y escritor David Gistau. Una verdad irreversible, que no aceptaba desmentidos ni tenía marcha atrás. Entonces era difícil saberlo, pero su desaparición fue el desembarco de un año que vendría a quitárnoslo todo. Aún se preguntan sus lectores cómo habría descrito Gistau los ataúdes desplegados sobre la pista del Palacio de Hielo o las camas dispuestas cual damero en el Hospital de Ifema.

La suya, por rotunda, es una ausencia que no amaina. Cualquier intento por mitigarla, la aumenta. Cuando se cumple un año de su muerte, el sello Debate publica El penúltimo negroni,  una antología de las columnas del periodista y escritor desde sus inicios hasta la última etapa tras su vuelta al diario El Mundo. Se trata una selección realizada por el periodista David Lema y prologada por Manuel Jabois. El volumen, que procura el retrato de la evolución de la pluma de un Gistau al que ya no es posible leer en una sola dirección y que en estas líneas ya muestra al escritor que trabajaba para el periodista y el columnista. Alguien al que la página de periódico le estaba justa y necesitaba un lugar más amplio.

Escribió esta semana Jorge Bustos que David Gistau no parecía el escritor que era. No se lo parecería a él, porque hasta en las comas se le notaba: sin afectación ni impostaciones; sin manierismos, contorsiones ni estilismos de prosa ajena; alguien que de leerlo todo, acabó pareciéndose a sí mismo, a nadie más. Por eso leerlo en este libro deja una sensación de alegría y vacío. Adentrarse en esta compilación es asomarse a un mar seco que estas páginas intentan llenar con un gotero. Lo que está es bueno, ¡y cómo no va serlo!, pero resulta insuficiente, porque sabemos que no habrá más.

Uno de los atributos de este libro es el texto introductorio de David de Lema  y en cuyas páginas traza un perfil de David Gistau en tanto personaje: segundo de tres hermanos, fruto del matrimonio de un abogado de familia acomodada y madre francesa, un joven de educación esmeradísima y soledad prematura con la pronta muerte del padre. Habla también Lema de sus comienzos en la revista Pasajes de Renfe o su paso por el recién creado diario La Razón, también episodios como el arresto al que casi lo someten los gendarmes franceses durante la mili española, también sus intentos de corresponsal de guerra o sus años argentinos.

Lema describe los reveses de una vida que pudo durar más. Desde el accidente que le partió la quinta y la sexta cervical, episodio desde cual arrastraba problemas de coagulación , hasta el trombo en el pulmón, como si las muertes esquivadas fueran tiempo prestado que le hicieron tomar conciencia de la necesidad de sentar la cabeza y aparcar la locomotora del enfant terrible que hasta entonces había sido. Y justo así abre la selección de textos: con el nacimiento de su primer hijo, un texto que lleva por título Del Martini al meconio.

Siete capítulos

El penúltimo negroni está estructurado en siete capítulos: Rosebud (sobre el tiempo perdido no pasado), que contiene sus artículos más íntimos y personales. Le siguen dos bloques conformados por textos políticos, ya sean crónicas o columnas: Gistau, desencadenado, que incluye crónica política de personajes como José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez o Ciudadanos hasta momentos clave como Cataluña , así como Rocanrol reglamentario, también en clave política. A estos se añade un cuarto apartado mucho más amplio en el que Gistau se luce: Cómo ser Norman Mailer, y en el que aborda temas de cultura, literatura y cine, y en cuyas páginas aborda sus temas clave –western, mafia, gansters, periodismo-. Avanza el libro con Psicosis en Chamartín y en el cuadrilátero  –el texto sobre el taconazo de Guti sigue siendo una verdadera joya-, Figurante de guerra y El puto folio del columnista.

"La vida de David Gistau, por su precocidad estuvo llena de rutilantes primeras veces", escribe Manuel Jabois en el prólogo. Vuelve el gallego sobre la idea del escritor que Gistau no llegó a ser del todo, acaso por falta del tiempo. Pero no por falta de palabras, podrá rematar el lector, con el libro entre las manos. Con más páginas y más tiempo, Gistau habría perfeccionado sus ganchos aún más certeros y veloces. Si en Golpes bajos afilaba palabras, en su Gente que se fue trazó un bestiario de lo masculino y un zoológico de la hombría, pero, sobre todo, levantó un paisaje de la ausencia, una multitud de gente rota. Emocionan de ese libro publicado por Círculo de Tiza un Daniel guionista con su plaza Santa Ana y sus croissants o esos hombretones entristecidos como Arturo, un personaje descrito con elegancia y compasión. Alguien que después de pasar la noche entera varado en un puticlub encerrado en un coche de alta gama con una cría en brazos, busca la primera mesa libre del bar y se bebe un Negroni mientras lee el ABC.

El Negroni era de los tragos favoritos de David Gistau. Los preparaban sus amigos y los llevaban de un lado para otro en el tanatorio de la Paz el día que se despidieron de alguien que se marchó muy pronto. El premio de columnismo que lleva su nombre, y que El Mundo y ABC anunciaron hace unos meses, parece hoy una manera de ganarle terreno a la muerte, de hacerle perder pasos ante el recuerdo de un escritor clásico y elegante como un vaso de Campari, ginebra y vermú rojo posado en la balda de la biblioteca: un mar al que irán a ahogarse los fantasmas, los de Gistau y los nuestros.

Con los ojos abiertos ante este volumen, el lector ve desfilar los años de la España reciente, y hasta puede que eche en falta algunas crónicas de un Gistau en estado de gracia –la de aquel Julen succionado por un pozo y removido por los medios como la sombrilla de un trago o la de aquellos mendigos en la Barcelona del procés-, sin embargo, persiste una sensación de cajón de sastre, un ramillete de ausencias. Sonreirá el lector, sin duda, porque leer a David Gistau repone, restituye y remite el vacío de una última página del periódico, que permanece en blanco desde el día de su muerte, y aunque estos folios poseen ese sabor recalentado de lo que ya no se puede revertir, hay consuelo, compañía y belleza en esta edición de Debate. Es esa forma de llenar un mar seco con un gotero de negroni.