Cultura

Daniel Innerarity: “A mí nadie me ofreció ser relator”

Premio Nacional de Ensayo y catedrático de la Universidad del País Vasco. Algunos lo señalaron como el hombre de Pablo Iglesias en una mesa de negociación entre el secesionismo catalán y el Gobierno de España

El filósofo y catedrático Daniel Innerarity.
El filósofo y catedrático Daniel Innerarity. Juantxo Egaña.

La principal amenaza contra la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad, así lo sostiene el catedrático de filosofía política Andrés Innerarity en su ensayo Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI (Galaxia Gutenberg), en el que el investigador de la Universidad del País Vasco, director del Instituto de Gobernanza Democrática y profesor en el Instituto Europeo de Florencia, propone una actualización de nuestros políticos, que fueron pensados en una época de relativa simplicidad social y política.

Este déficit teórico se corresponde con una práctica política que simplifica y empobrece nuestras democracias. La política, que opera actualmente en entornos de elevada complejidad, no ha encontrado todavía su teoría democrática, plantea Innerarity. Ya no tiene que enfrentarse a los problemas del siglo XIX o del XX, sino a los del XXI. Si la democracia ha efectuado “el tránsito de la polis al Estado nacional, de la democracia directa a la representativa, no hay razones para suponer que no pueda hacer frente a nuevos desafíos, siempre y cuando se le dote de una arquitectura política adecuada”.

Algunos se refieren a Daniel Innerarity como el fallido relator de Podemos, formación política cuyo líder, Pablo Iglesias, lo propuso para desempeñar ese rol. Fue invitado en diciembre a la cárcel de Lledoners por Oriol Junqueras y Raúl Romeva, con quienes se le atribuye una larga conversación respecto a la situación política en Cataluña. Innerarity admite lo segundo, pero niega lo primero. Entre sus libros más recientes cabe destacar La política en tiempos de indignación (2015), La democracia en Europa (2017) y Política para perplejos (2018), publicados por Galaxia Gutenberg. Juntos, proponen una teoría de la democracia que culminaría en este nuevo libro.

"La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad" La política se complejiza, ¿o se complica?

La política se complica. Faltan instituciones, partidos, sindicatos y medios de comunicación que profundicen el nivel de complejidad. No existe el nivel de inteligencia colectiva para resolver problemas. La mayor parte de los conceptos como soberanía, Estado, representación, fueron diseñados para realidades más sencillas. Desde el punto de vista teórico ha habido un cambio. Vivimos en sociedades más plurales, estamos más comunicados y eso ha favorecido para que muchos actores simplifiquen de manera interesada, la derecha y la izquierda.

Las últimas tres o cuatro elecciones, ya ve.

Esos antagonismos son útiles para simplificar el panorama electoral, pero son poco útiles para gobernar. Una cosa es el momento electoral, y otro el momento de gobierno propiamente dicho, en la medida que el primer momento se convierte en el fundamental de la política, cada vez con más repeticiones, y que genera gobiernos en campaña. Eso sirve para tratar con los electores, pero no para armar un Gobierno de coalición.

¿Qué le parece este Gobierno con ministerios prorrateados?

En el momento en que el bipartidismo se ha visto obligado a ceder protagonismo porque hay otros actores, obliga a ejercer un liderazgo compartido y menos competitivo. Intervienen muchos factores, pero la verdad es que ha habido experimentos de este tipo en algunos ayuntamientos.

"La coherencia intelectual es, en buena medida, reconstructiva", plantea. ¿Opera el mismo principio en la coherencia política?

Es un principio que aplico a mi propia trayectoria intelectual, a veces en la vida uno hace un plan detallado de lo que quiere hacer, y mirando hacia atrás es posible descubrir hilos conductores en que no había reparado y eso ha servido de orientación a mi trabajo. Sí que es verdad que hablando de volatilidad de la sociedad contemporánea no podemos exigir a los grandes políticos y electores la coherencia de un mundo más estable. Los políticos están más cerca del oportunismo que de la planificación, así como de la antigua noción de futuro y compromiso. Se tienen que revisar los tipos de contrato político. No puede ser una carta blanca, pero la verdad es que hay representantes que se ven obligados a cambiar a media que cambian las circunstancias, y los electores tampoco viven en una sociedad de claves estables.

Usamos viejos conceptos para nuevas realidades, dice usted. ¿En la política hemos pasado de una era Gutenberg a la era Zuckerberg?

Sin duda, es la idea básica del libro. El mundo de la economía, la cultura y la tecnología ha sido cambiando. De un mundo normativo y ritual hemos pasado a uno que vive desfases entre sus instrumentos y la naturaleza de los problemas que intenta resolver. Históricamente, los parlamentos son instituciones desde las cuales se regulaba la evolución de la sociedad. Las transformaciones eran lentas, en estos momentos la velocidad de cambio económico y tecnológico no deja margen a los parlamentos para ajustar los cambios. Estos se han convertido en entidades de reparación de los cambios.

¿Es la democracia del siglo XXI de peor calidad?

Dicho así, no me atrevo. Habría que preguntar, de peor calidad comparada con qué. Cada época tiene su forma de gobierno y sus problemas y la democracia tiene que ser juzgada en función de los problemas que tiene que resolver. Simplemente el hecho de que la ciudadanía sea más exigente y observadora y menos condescendiente con sus representantes complica tremendamente el panorama. Antes a los gobernantes se les concedía el éxito absoluto y no estaban sometidos al escrutinio continuo.

A la luz de lo que ocurre en Chile, Francia, Japón o la propia Cataluña, ¿las democracias occidentales son más vulnerables hoy?

Este tipo de fenómenos que ha mencionado en esas ciudades del mundo y otras similares ponen de manifiesto que hemos estamos por debajo del umbral de confianza que necesitan instituciones para funcionar. Esa desconfianza tiene versiones de derechas y de izquierda. La derecha desconfía de los gobiernos con equidad, pero al mismo tiempo los gobernantes desconfían de un electorado que ve actuar de manera poco racional. Esa desconfianza en dos direcciones ha alcanzado niveles cada vez más altos.

Usted fue invitado en diciembre a la cárcel de Lledoners por Oriol Junqueras y Raúl Romeva, con quienes mantuvo una larga conversación. ¿Estaba fungiendo de relator?

A ver… a mí nadie me ha planteado serlo. Hubo rumores y hubo gente que lo pensó, en parte porque yo había organizado en el Instituto Europeo de Florencia algunas reuniones para esbozar una solución. He escrito mucho al respecto. Hay que tener muchos factores en cuenta. No sé qué desenlace tendrá esto, desde luego.

¿Con o sin relator?

Depende de cómo se plantee. Así, en abstracto, hay una instancia de mediación. Está contemplada en la literatura científica de resolución de conflictos de ideologías diversas, y se ha contemplado. Todo depende de cómo se plantee.

¿Por qué llamar conflicto político al incumplimiento de la ley?  

He publicado textos sobre el tema catalán en la prensa. Lo que yo mantengo es que en Cataluña hay un conflicto en el que las dos partes que intervienen lo definen de un manera simplificadora. Es un conflicto múltiple con muchas tensiones, lo primero que habría que tratar para cualquier tipo de solución tiene que acordarse.

¿Existe alguna democracia del siglo XXI que se pueda citar como exitosa?

No. Hay ejemplos de prácticas democráticas de diverso tipo pero en general creo que estamos en un momento en el que necesitamos renovación institucional.  Europa, que tiene muchos déficit, es en estos momentos uno de los experimentos más interesantes de cómo articular los valores clásicos con un panorama social de enorme complejidad.

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