Cultura

El Desmoche: un cineclub global para tiempos de pandemia

Agentes culturales impulsan un foro internacional para compartir experiencias y contenidos

El Desmoche: teleclub global para tiempos de pandemia
El Desmoche: teleclub global para tiempos de pandemia

¿Recuerdan La Clave? Me refiero a aquel programa que arrancó en la segunda mitad de los años setenta y que consistía en la proyección de una película y un debate posterior con expertos (y que se solía rematar con recomendaciones bibliográficas). Intentaban crear debates y vínculos culturales, como los ateneos republicanos o la red de teleclubes organizada por Fraga en el tardofranquismo.

Los avances tecnológicos permiten que todos tengamos un equipo de reproducción en nuestra casa y cada vez nos dé más pereza debatir con los demás. Para frenar esta inercia, muy acusada en tiempos de confinamiento, surge el ciclo de El Desmoche: quedadas virtuales para ver en común documentales entre profesionales de la cultura -vía Vimeo o Youtube- con posterior coloquio en Whatsap, donde parrticipan los protagonistas, a veces responden con un océano de por medio. La cita es todos los viernes de pandemia a las 22:00 y el interés crece con cada sesión. Incluso ha empezado a tener eco en prensa.

Comenzamos los integrantes iniciales de la tertulia, unas quince personas; ahora rondamos las cien de seis países diferentes", explica Caravaca.

Para explicar cómo funciona nos atiende Rubén Caravaca Fernández, dinamizador cultural de amplia trayectoria, especializado en proyectos basados en la cercanía y la diversidad (normalmente ajenos la industria anglosajona). “El Desmoche nace como una tertulia que se reúne en algún bar de la Plaza de Cascorro (Madrid) cada equis tiempo. Hablamos de lo que surja: especialmente asuntos relacionados con la cultura. Cuando llegó la cuarentena, decidimos ver cine en común con títulos a los que normalmente no accedemos, para luego comentarlos juntos. Casi siempre son proyectos relacionados con manifestaciones culturales que apenas tienen difusión”, explica. ¿A cuánta gente convocan? “Comenzamos los integrantes iniciales de la tertulia, unas quince personas; ahora rondamos las cien de seis países diferentes. Además de España, han participado voces de Estados Unidos, Holanda, Colombia, Chile y Argentina. El debate posterior suele ser intenso y enriquecedor; las sesiones pueden llegar a las dos horas”, recuerda.

Shakira y la champeta

¿Qué películas se han debatido hasta ahora? Comenzaron con Alalá (2016, Remedios Álvarez, 2016), que retrata la vida cotidiana de una escuela de flamenco en el corazón de las Tres Mil Viviendas, uno de los barrios más pobres de Sevilla. El objetivo del documental es dar una visión de la zona distinta de la habitual en las secciones de sucesos. También proyectaron Yo soy así (2000, Sonia Herman Dolz), una denuncia poética de la gentrificación y la homogeneización cultural de Barcelona. La base de la historia es el cierre de La Bodega Bohemia, refugio de cantantes ‘amateur’ de boleros y de personajes inclasificables como Carmen de Mairena.

Otra de sus apuestas fue Geometría del esplendor (José Ramón da Cruz, 2016), repaso de la trayectoria del grupo ruidista-experimental Esplendor Geométrico, que partiendo de los postulados de la movida terminaron cuajando una trayectoria muy personal. Como ven, se trata siempre de explorar los márgenes de la cultura oficial. Las otras películas emitidas hasta ahora han sido Criminales del copyright (2009), El tren popular de la cultura (2014) y Kibera Sauti (2017).

Han proyectado un documental sobre los picós, sistemas de sonido ambulantes que sirven a las capas populares de Barranquilla para organizar su ocio

Lo más singular que han proyectado hasta ahora es Picó: la máquina musical del Caribe (Roberto de Zubiria, 2014). Se trata de una radiografía de los recursos de ocio autoorganizado de las clases populares de Barranquilla, Colombia. Ignorados por la industria, sin dinero para divertirse como los demás, las capas populares apostaron por unos ‘soundsystems’ -pequeñas discotecas móviles, al estilo de las de Jamaica- con los que satisfacer su pasión por la música y el baile.

Resulta fascinante cómo lograron crear un verdadero puente aéreo con África para estar a la última de las novedades discográficas. A la hora del debate, se descubre que también va a participar la estrella local Charles King, que comparte la divertida la anécdota de que la superventas pop Shakira ejerció de telonera en uno de sus conciertos. No fue estamos ante un dato irrelevante, como demuestra el hecho de que Shakira bailase en la Super Bowl unos minutos de champeta, el vibrante estilo popular incluido en el menú de los picós.

Cultura ignorada

La elección de este documental está conectada con una experiencia agridulce de Caravaca como promotor. En los inicios de 2020, se esforzó por organizar una gira española de Los Reyes de la Champeta, mítico grupo de veteranos relevantes en el género. Ningún festival o centro cultural de España mostró mucho interés, lo que llevó a cancelar el proyecto, antes incluso de que irrumpiese el coronavirus.

Justo cuando fracasó este asalto de los champeteros, aparece Shakira en la Super Bowl reivindicando este estilo ante una audiencia global de 103 millones de personas. Resumiendo: la industria cultural acelera el movimiento e intercambio de propuestas, muchas veces estandarizadas, pero deja demasiadas cosas interesantes fuera. Quien aspire a encontrarlas, tendrá que montar sus propias tertulias y cineclubes al estilo de El Desmoche.

Otra de las proyecciones más interesantes del ciclo fue el documental Entre gatos universalmente pardos (Borenstein y Finvarb, 2018) que narra la vida del periodista y novelista maldito Salvador Benesdra. Su novela de culto El traductor (1998) es una radiografía de las derrotas y miserias de la izquierda argentina.

Así lo explicaba Caravaca en un artículo reciente: “Su vida laboral, las condiciones de trabajo en una editorial que presume de progresismo y de izquierdas, pero que no duda en actuar y compartir los mismos métodos de los que se califican como capitalistas y conservadores, lo que origina siempre múltiples contradicciones entre sus trabajadores. ¿Cómo actuar ante los que dicen reconocer los intereses de los débiles, publicando textos de autores comprometidos, incluso revolucionarios, y al mismo tiempo utilizar las herramientas más reaccionarias para doblegar a los más combativos? ¿Qué hacer ante los que se reconocen como ‘nosotros’ y actúan como ‘ellos’? ¿Qué papel juegan los sindicatos aliados de gobiernos en pos de un pacto social cuyo resultado es que los más débiles siempre pierdan, en tiempos de crisis o no? ¿Qué responsabilidad tienen en todo ello los representantes sindicales? El final siempre es el mismo, intento de salvamento individual ante la segura derrota colectiva que te lleva a preguntarte algo que sobrevuela sobre toda la novela: ¿existe realmente la izquierda?, ¿tienen realmente algo de progreso los autodenominados bloques progresistas?”, remata.

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