El otro día alguien afirmó ―no recuerdo ni quién ni en qué contexto― que el gran mal del hombre contemporáneo radica en un apego excesivo a los bienes materiales. En realidad, el comentario no era más que un lugar común, pero yo percibí en él una feliz síntesis del espíritu consumista y me dio por celebrarlo. Me dije para mis adentros que sí, que uno de nuestros principales problemas es un celo desordenado por las cosas: si antes el hombre concebía los bienes materiales debidamente, como medios al servicio de un fin más elevado, hoy los concibe indebidamente, como fines en sí mismos, como bienes a los que entregar por entero su alma.

Cuando, templado ya mi entusiasmo inicial, reflexioné más rigurosamente sobre la sentencia, reparé en que ésta no merecía celebración alguna. No es sólo que no fuera una feliz síntesis del espíritu consumista; es que, de hecho, el espíritu consumista constituye una evidente negación de su contenido. La nota característica de nuestro tiempo no es tanto el apego como el desapego. Lejos de aferrarse a las cosas que ya posee, el consumista, que descubre un enigmático placer en la novedad, las violenta con su afán de sustituirlas por otras. ¿Cómo decir que nuestro vecino está enfermizamente apegado a su iPhone 10, cuando fantasea con reemplazarlo por el último modelo, que tiene 5G y mucha más memoria? ¿Cómo deducir que a nuestro padre le une algún tipo de vínculo con su Jeep, cuando está deseando comprarse uno con más caballos? Aunque pueda resultar paradójico, el consumista semeja menos al avaro que acumula posesiones que al asceta que renuncia a ellas, de quien es algo así como una lastimosa parodia.

Podría objetarse que, mientras el asceta renuncia a lo material para abrazar lo espiritual, el consumista sustituye frenéticamente un bien material por otro, y que eso ya denota una suerte de apego a las cosas. La objeción es pertinente. Por supuesto, los motivos del asceta difieren de los motivos del consumista, pero lo que hallamos en este último no es un apego a las cosas, sino un desapego a la cosa concreta ―al sofá que heredé de mi padre, a la camisa que compré el verano pasado― y un apego, quizá una fascinación, por la posibilidad de adquirir cosas nuevas. Como afirma el teólogo católico William T. Cavanaugh en su luminoso ensayo Ser consumidos (editorial Nuevo Inicio), "el consumismo no tiene tanto que ver con tener más como con tener algo distinto; por eso lo que constituye el corazón del consumismo no es simplemente el comprar, sino el ir de compras". El hombre contemporáneo sacrifica la posibilidad de gozar de lo que ya es suyo por la simple sospecha de que algo que aún no lo es le hará más feliz. El objeto principal de su deseo no es la cosa concreta, tangible, limitada que está ante él, sino una brumosa idea de novedad que se encarna transitoriamente en una realidad no poseída.

Innovación y obsolescencia

Nuestro lector intuirá que el hombre no deviene consumista naturalmente, como las flores brotan en primavera o los árboles se desnudan en otoño. El paradigma de consumo ha advenido gracias a unas condiciones específicas, unas condiciones que están vinculadas al ideal del progresismo y a su incesante búsqueda de la novedad. En el frenesí innovador de nuestra época, en esa vertiginosa producción de objetos nuevos, se entrevé el mismo desapego que en el consumismo. No es casualidad. Ambos fenómenos, innovación empresarial y consumismo, están ligados por una relación de íntima dependencia. Para que el hombre se entregue a la orgía del consumismo, debe darse una producción desenfrenada de nuevos bienes ―de bienes mejores, más "adaptables", más "limpios", más "inclusivos". A su vez, para que las empresas se entreguen a una producción desenfrenada de nuevos bienes, debe haber hombres psicológicamente dispuestos a adquirirlos y a desecharlos con idéntica premura.

Bajo la apariencia luminosa de nuestra época podemos adivinar un trasfondo funesto

En un libro, Últimas noticias del hombre (y de la mujer), que no podemos dejar de recomendar, el filósofo francés Fabrice Hadjadj toma el hilo de esta idea y tira de él hasta sus últimas consecuencias. Si la innovación y el consumismo implican una incesante fabricación y adquisición de nuevos productos, y esto a su vez implica un ininterrumpido reemplazo de unos productos por otros, ¿cómo no identificar ambos fenómenos ―la innovación y el consumismo― con la obsolescencia y el desperdicio? Bajo la apariencia luminosa de nuestra época podemos adivinar un trasfondo funesto. Uno siente un desgarro cuando cae en la cuenta de que tal dispositivo, deslumbrante en su novedad, nace condenado a muerte por su propio fabricante.

"Lo fresco es fatídico, el reino de la innovación es el de la obsolescencia programada. Su novedad provisional no sólo supone la muerte de lo antiguo, sino también la destrucción de la novedad precedente, la cual, por consiguiente, estaba condenada a desaparecer desde su aparición. Quien quisiera adquirir para siempre uno de sus productos se transformaría inmediatamente en conservador. Conduciría un Ford-T. Tendría un fonógrafo de cilindros".

Ya no deberíamos concebir nuestra época como la del progreso, sino como la de la caducidad; ya no deberíamos concebir al hombre que la habita como consumidor, sino como sepulturero.

En busca de una alternativa

Llegados a este punto, estremecidos quizá por la verdadera naturaleza del consumismo, nos sobreviene la tentación de bendecir la actitud del avaro. "¡Aferrémonos a nuestras posesiones!", querríamos gritar. En realidad, sólo estaríamos compensando el defecto del consumismo pecando nosotros por exceso. El apego celoso, casi enfermizo, a las cosas en el que desemboca la avaricia no puede presentársenos como una solución; al codicioso cabe imputarle exactamente el mismo vicio que Chesterton imputaba al idólatra: el de anteponer el símbolo a la realidad que éste simboliza. Si el consumista infravalora el bien concreto, el avaro lo sobrevalora hasta erigirlo en el propósito último de su existencia.

Así pues, constatado el mal del consumismo, y archiconocido el de la codicia, hemos de buscar un justo medio en el que asentarnos, un justo medio entre la indiferencia del primero y el celo del segundo. Tal vez el mejor modo de emprender la búsqueda estribe en aceptar que tanto el consumismo como la avaricia, tanto el apego como el desapego, constituyen heréticas desviaciones de una verdad primigenia: la de que, aunque las cosas sean buenas en sí mismas, no son el Bien al que aspiramos. El avaro sabe que las cosas son buenas en sí mismas, pero parece insensible a la verdad de que no son el Bien que nuestra alma anhela. Se ata a un objeto concreto como si en él se escondiese la llave de su felicidad. El consumista, en cambio, recuerda que las cosas no son el Bien que nuestra alma anhela, pero olvida con demasiada frecuencia que, a pesar de todo, son buenas en sí mismas y que, precisamente por eso, debe honrarlas con su uso.  

El corazón de la alternativa que proponemos radica, pues, en asumir íntegramente aquella verdad primigenia y en dejar que permee nuestra relación con cada objeto concreto. Si concebimos las cosas como buenas en sí mismas, estaremos vacunados contra la tentación de desecharlas y de sustituirlas a la ligera. Si, por otra parte, asumimos que no es en ellas donde habita la felicidad que deseamos, estaremos inclinados a amarlas ordenadamente, no como fines en sí mismos, sino como medios al servicio de un fin más digno. He ahí la clave: amar las cosas. En la época de la innovación, que es en verdad la del hastío y la de la obsolescencia, nosotros sugerimos el paradigma de la renovación. No se trata tanto de sustituir unos productos por otros como de renovar permanentemente nuestra mirada, de tal modo que cada objeto, incluso el más viejo, incluso el más ordinario, se nos presente como recién humedecido por el rocío de un mañana estival. Con esa misma frescura que evoca novedad.