España y Francia estuvieron a punto de declararse la guerra en tiempos de Carlos II porque los respectivos embajadores en Londres coincidieron en una puerta. Ambos querían que el otro les cediese el paso, un típico conflicto protocolario de los que muchas veces han tenido consecuencias catastróficas.

El protocolo internacional no es ninguna tontería, es el código que rige las relaciones entre estados y entidades supranacionales. Acatando que hay unos superiores a otros se evita la ley de la selva, que el pez grande se coma al chico, siempre que el pez chico se comporte educadamente. Cuando Hussein Dey, último gobernante independiente de Argel, tocó con su abanico al cónsul francés en señal de reprobación, Francia respondió con la conquista de Argelia de 1830.

La irresponsable conducta del presidente turco Erdogan, ninguneando a la presidenta de la Comisión Europea, no sorprende a nadie que sepa algo sobre los islamistas en general y Erdogan en particular (véase el artículo La amenaza turca sobre Europa, publicado en Historias de la Historia el pasado 4 de abril). En el universo religioso que Erdogan ha impuesto sobre Turquía después de un siglo de laicismo, la mujer en un ser de segunda clase, esto no tiene vuelta de hoja. Desde su punto de vista, demasiado hizo con recibir a Ursula Von der Leyen. Al fin y al cabo acaba de retirar a su país del Convenio contra la Violencia sobre la Mujer porque, como recomienda algún imam radical, el marido tiene derecho a pegarle a la esposa según la ley islámica.

Lo que Erdogan no previó es que la Unión Europea está dispuesta a tragar con todas arbitrariedades del turco por miedo a que “suelte” hacia Europa al millón de refugiados que tiene en sus campos, pero la opinión pública de 2021 está hipersensibilizada con las cuestiones de la mujer, y condena con rayos y truenos incluso los “micromachismos” más intrascendentes. El espectáculo de la presidenta de la Comisión Europea de pie ante dos hombres cómodamente sentados en sillones, va a tener más consecuencias que los 160.000 ciudadanos turcos que Erdogan ha detenido por razones políticas.

Un fallo de protocolo en el Siglo de Oro

En el Siglo de Oro, cuando España era todavía la primera potencia del mundo, hubo también un caso de menos sillones que personas, resuelto por la diplomacia española de forma mucho más elegante. Le sucedió al Cardenal-infante don Fernando de Austria en un viaje hacia Italia.

Don Fernando era el hermano menor de Felipe IV, y en 1632, cuando tenía 23 años y ningunas ganas de seguir la vida de arzobispo de Toledo que le habían adjudicado siendo un niño, el Rey, o más bien su valido, el Conde-duque de Olivares, decidieron darle funciones en la alta política. Tenía que ir a gobernar los Países Bajos, el puesto más conflictivo de la Monarquía Hispánica, y se pensó que tuviese un entrenamiento gobernando primero en Cataluña y en Milán.

Desde el mismo inicio de su vida pública el Cardenal-infante topó con los conflictos del protocolo. Su primer acto como Virrey de Cataluña sería presidir las Cortes catalanas, y fue a jurar el cargo a la catedral de Barcelona. Cuando llegó los consellers tenían puestos los sombreros y no se descubrieron ante la realeza encarnada por don Fernando. Pretendían los catalanes disfrutar del privilegio nobiliario más codiciado de Europa, el de los Grandes de España que podían estar cubiertos ante el Rey. Pero la Grandeza de España era una exigua elite dentro de la alta nobleza, y era inimaginable que una numerosa asamblea de burgueses se les pudiera igualar.

El cardenal-infante Don Fernando de Austria

Pero don Fernando había previsto la jugada y se hizo acompañar por el duque de Cardona, Grande de España y catalán, al que había pedido que fuese descubierto. Un simple secretario llamó la atención sobre esta circunstancia al conseller en cap, Bernard Sala, que se quitó entonces el sombrero, y los demás le imitaron. El conflicto parecía resuelto, pero esa tarde se celebró un pleno del Consejo del Ciento en el que vituperaron violentamente a Sala.

“Puedo jurar con verdad que en mi vida he tenido tan mal rato como de ayer tarde acá –diría Sala- He pasado la noche sin dormir, sea Dios loado. Ha sido tan mal recibida la acción de ayer … que pienso esta mañana nos han de quemar, que según el tumulto de ayer, debe estar la hoguera medio encendida”. La cuestión dio lugar a que los síndicos barceloneses manifestasen su “disentimiento” en las Cortes hasta que se les diese satisfacción; como ésta no llegó, las Cortes se paralizaron y quedaron inconclusas, mientras los consellers se declaraban en huelga de actos oficiales presididos por el Virrey don Fernando. Lo de Cataluña hoy día tiene raíces lejanas.

El segundo conflicto protocolario del Cardenal-infante llegó cuando dejó Cataluña para ir a Milán. El viaje era por mar y estaba prevista una etapa en Niza, puerto que pertenecía al Ducado de Saboya. Saboya era un estado-tapón entre Francia y las posesiones españolas de Italia, y podía considerarse el país estratégicamente más importante para España. Sin embargo la alianza que existía desde tiempo de Felipe II estaba amenazada por las ambiciones del actual Duque, Víctor Amadeo, que estaba tentado de pasarse al lado francés.

La visita del Cardenal-infante debía servir para asegurar la lealtad de Víctor Amadeo, pero surgió amenazante una cuestión de etiqueta. Víctor Amadeo exigía que se le llamase “Alteza”, como lo hacía el Rey de Francia para halagarle. Pero ese tratamiento, que se da a los príncipes, era el que tenía un Infante de España, y era impensable que el Duque tratase de tú a tú a un Infante.

Don Fernando envió por delante a un diplomático, don Martín de Axpe, con un abanico de propuestas. Debía ir haciendo ofertas al alza hasta satisfacer la vanidad del Saboya. La primera era tratarle de príncipe dilectísimo. ¿Le parecía poco? Entonces príncipe serenísimo... ¿Tampoco quedaba contento? Fuera entonces Alteza, pero debería responder a don Fernando llamándole Alteza Real, porque lo importante era poner en evidencia el rango superior del español.

El Duque de Saboya se dio por satisfecho con el binomio Alteza-Alteza Real, y entonces dio más de lo que se le había pedido. Cuando recibió a don Fernando en su castillo de Villafranca, en el salón solamente había un sillón para que se sentara don Fernando, mientras Víctor Amadeo permanecía de pie. Haciendo asimismo gala de magnanimidad, el Infante que había exigido superioridad protocolaria, la rechazó ahora; “no se quiso servir de ella hasta que trajesen otra” silla para su primo saboyano, y todos quedaron contentos. Así resolvía un caballero español la falta de asientos.