HISTORIAS DE LA HISTORIA

No hay civilización sin deporte

¡Tenemos fútbol, felizmente! El deporte es un elemento clave de nuestra civilización, su vuelta da sensación de regreso a la normalidad

Carrera de hoplitas en una ánfora panatenaica del siglo IV antes de Cristo.
Carrera de hoplitas en una ánfora panatenaica del siglo IV antes de Cristo.

El deporte está en la base de nuestra civilización. Los que inventaron la democracia, la filosofía y el teatro, los griegos, inventaron también el deporte. Lo convirtieron en una parte imprescindible de la educación, pero también en un espectáculo de masas, con competiciones que apasionaban al público tanto como ahora. Y en un elemento clave del juego de la política, lo que quizá fuese su aspecto más trascendente.

El 26 de junio de 1969, un partido de fútbol librado en México entre las selecciones de Honduras y El Salvador provocó la 'Guerra del Fútbol'. Ganó El Salvador, clasificándose para el Mundial de México de 1970, y el embajador hondureño advirtió a sus futbolistas en los vestuarios: "Hemos roto las relaciones con El Salvador. Posiblemente haya una guerra". Las hostilidades comenzaron efectivamente el 14 de julio, y aunque la guerra sólo duró cinco días hubo 6.000 muertos. Había serios problemas entre los dos países vecinos que justificaban el conflicto, pero el desencadenante fue la competición deportiva, una muestra de estupidez histórica difícilmente igualable.

Precisamente lo contrario hacía la sabiduría de los griegos, suspender las guerras para practicar el deporte. La Hélade estaba compuesta por numerosas ciudades-estado. Al haber tantas entidades políticas coexistiendo en un espacio pequeño, los conflictos eran numerosos e inevitables. Siempre había alguna ciudad en confrontación con otra, y esto llevó a buscar fórmulas para paliar la conflictividad. Para esos se inventaron los juegos deportivos, que suponían no sólo la suspensión de hostilidades, sino que además daban la oportunidad de ajustar cuentas entre ciudades en un estadio, en vez de en el campo de batalla.

En nuestro tiempo se han reinventado los Juegos Olímpicos (el olimpismo pretender contribuir a la paz entre las naciones), pero en la Grecia clásica no eran los únicos instrumentos de paz. Existían también los Juegos Píticos, celebrados cada cuatro años en Delfos, sede de un famoso santuario de Apolo, los Juegos Ístmicos, dedicados a Poseidón cada dos años en el Istmo de Corinto, o los Juegos Nemeos, también bianuales, celebrados en Nemea en honor de Zeus.

En todos ellos se suspendían las guerras entre ciudades para que todos pudieran participar o presenciarlos tranquilamente, pero además eran ocasión de otros contactos culturales. Los escritores y los filósofos acudían para recitar sus obras, el equivalente a un moderno lanzamiento editorial –en los Juegos Olímpicos escuchó Tucídides a Herodoto, el maestro de la Historia–, pero también se convertían en ferias comerciales, donde se vendían productos de todas partes. Para Pitágoras los juegos eran como la vida misma, unos buscaban la fama, otros hacer negocio, y otros ser espectadores.

Gymnastiké 

Los griegos creían en la unión permanente entre lo físico y lo moral. En las odas que el poeta Píndaro dedicaba a los vencedores (eso y la corona de olivo eran sus premios) se exaltaban los valores del coraje, el esfuerzo y la piedad. Por eso el deporte constituía uno de los tres pilares de la educación: Grammatiké (aprender a leer y escribir), Musiké (música, danza y literatura) y Gymnastiké (educación física) que derivaba su nombre de gymnós, desnudo, porque el deporte se practicaba desnudo. Se puede considerar por eso un aspecto del culto al cuerpo, a la belleza física, que se plasmaría en esas maravillosas estatuas de hombres y dioses cuyos cuerpos desnudos de mármol todavía nos fascinan. Para los griegos que acudían a los juegos, ver a los atletas desnudos era ya en sí un atractivo irresistible.

Con el paso del tiempo, sin embargo, se premiaba a los deportistas con algo más que odas y coronas vegetales. Era tanta la pasión que despertaban los juegos que las diferentes ciudades empezaron a buscar deportistas profesionales para asegurarse triunfos. Les daban sueldos vitalicios, exención de impuestos, entradas privilegiadas en el teatro y grandes primas si ganaban una competición; incluso fichaban deportistas en el extranjero, y se sobornaba a los adversarios para que se dejaran ganar. Todo como hoy, incluidas las indignadas críticas de algunos intelectuales a este despilfarro.

Había tres clases de deportes. Las pruebas ecuestres, carreras de caballos o de carros que se celebraban en el hipódromo. Las carreras de carros se convertirían en el deporte de masas por excelencia, el equivalente a nuestro fútbol. Alcibíades utilizó el patronato del equipo de carros vencedor en los Juegos Olímpicos para convertirse en un líder político populista.

Las pruebas de fuerza eran lucha, pugilato, pancracio (mezcla de las dos anteriores) y el pentatlo, que definía al atleta más completo, pues incluía carrera, salto, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha. Sin embargo la que se consideraba más difícil y gloriosa era el pancracio.

Y por último, las carreras pedestres: de velocidad, de media distancia, de fondo (dólicos, de unos 5 kilómetros), y la más importante, la carrera de hoplitas, que se corría desnudo pero armado con casco, escudo y lanza. Esta prueba era la que cerraba los juegos, de la misma forma que ahora es el maratón. En los juegos griegos, sin embargo, no existía la carrera-reina. “Maratón” no era una prueba deportiva, sino una hazaña reciente, que explica la importancia del deporte para los griegos.

Durante la I Guerra Médica, en la llanura de Maratón se enfrentó un ejército de 9.000 hoplitas atenienses a 20.000 persas. Los hoplitas eran ciudadanos de clase media, con posibilidades económicas para comprarse un casco, unas grebas (protección para las piernas, como las espinilleras de los futbolistas) y un hoplon, un escudo redondo muy grande. Este equipo protegía todo el cuerpo del guerrero, pero era muy pesado, había que ser un auténtico atleta para manejarse con esa parafernalia en el campo de batalla. De ahí la importancia de la carrera de hoplitas.

En el ejército ateniense de Maratón estaban alineados el filósofo Sócrates y el autor de tragedias Esquilo, pero entre los griegos no se podía ser intelectual sin ser deportista, por eso Sócrates y Esquilo fueron capaces de hacer la misma hazaña que el resto de sus camaradas. Lanzando el grito de guerra ¡Eleleu!, emprendieron una carrera de 1.500 metros que recorrieron en sólo 5 minutos, manteniendo perfectamente la formación de la falange, inmunes, gracias al hoplon, a la lluvia de flechas que lanzaban los persas, a los que envolvieron en una perfecta maniobra táctica, realizando una matanza.

Se ha hecho famoso el mensajero que tras la batalla corrió los 42 kilómetros de Maratón a Atenas a decir Nenikekamen (hemos ganado), dando nombre a la larga carrera. Pero lo cierto es que, al saber que una escuadra persa amenazaba a Atenas, Sócrates, Esquilo y los 9.000 atenienses fueron también capaces de correr esos 42 kilómetros hasta su ciudad, la más memorable carrera de hoplitas de la Historia.

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