A Humphrey Bogart le costó 44 años encontrar una mujer, o al menos una que no quisiera apuñalarlo, como ocurrió con su tercera esposa Mayo Methot. Para su primer éxito cinematográfico tuvo que esperar hasta los 42 años, 'El halcón maltés'. Y cuando tenía un Oscar, un velero, y una mujer por la que dar la vida, murió de cáncer de esófago.

Quizá la vida de Bogie sea el perfecto ejemplo del absurdo. Pero más allá de esta analogía, más o menos gratuita, los personajes que interpretó en la gran pantalla fueron el perfecto ejemplo del hombre rebelde de Albert Camus.

La base del existencialismo es que la existencia precede a la esencia. Como defendiera Sartre en su conferencia 'El existencialismo es un humanismo', en la que estuvieron presentes Simone de Beauvoir y Boris Vian, el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no elige nacer, y sin embargo, libre porque desde que es arrojado a este mundo cruel, está obligado a tomar decisiones.

De esta forma, hay que tomar decisiones. El hombre se realiza en la medida en que decide y actúa. El existencialismo es vitalismo. Para Sartre las grandes máximas universales de comportamiento, como aquella archiconocida de Kant que dice que hay tratar a los humanos como un fin y no como un medio, no sirven para tomar decisiones.

Sartre pone el ejemplo real de un alumno suyo al que llaman para unirse a la resistencia contra los nazis. Sin embargo, su hermano ha fallecido combatiendo al enemigo, y su madre solo le tiene a él. ¿A quién tratar como un fin? ¿A su madre? ¿Al ideal trascendental que sugiere la lucha contra el mal? ¿El futuro de la humanidad?

El hombre tiene que elegir. El existencialismo enmarca las elecciones en el contexto de lo absurdo. Nada tiene sentido. Dios ha muerto, lo cual no es, como dijera Sartre, un mero recurso retórico. Dios ha muerto, con todas las consecuencias que ello tiene para la existencia.

"Los alemanes iban de gris y tú de azul"

Ese contexto de lo absurdo, que también desarrollará Albert Camus en sus escritos, es el que subyace en la actitud de los personajes de Humphrey Bogart. Rick, su personaje en Casablanca, es un ser que ha perdido la fe en el hombre. De participar como voluntario en el bando republicano, ha terminado regentando el bar más famoso del enclave marroquí, donde atiende a todo aquel que pague sin importar ideología o bando.

Rick ha perdido tanto la fe que si le preguntan su nacionalidad, responde: “Borracho”. El desamor, aquella lluviosa noche en París en la que “los alemanes iban de gris y tú de azul”, empujaron a Rick al absurdo. Ninguna mirada ha sabido transmitir tan bien esa falta de esperanza, ese vacío existencial, como la de Humphrey Bogart.

Bogie era un existencialista, solo que no lo sabía. Casablanca se estrenó en 1942, casi 10 años antes de que Albert Camus publicase 'El hombre rebelde', en 1951, libro que firmó la sentencia a su amistad con Sartre.

Camus y Bogart

Bogart nació el día de Navidad de 1899, y Camus el 7 de noviembre de 1913. Ambos fallecieron en fechas cercanas. El americano el 14 de enero de 1957, y Camus el 4 de enero de 1960. Uno era hijo de buena familia, clase pudiente, aunque con un padre adicto a la morfina y una madre que no lo quería. El otro, se crio en familia pobre, sin padre, pues falleció por las heridas de la metralla en la Primera Guerra Mundial, y con una madre que apenas hablaba.

Tanto Camus, como Bogart, aspiraron los sinsabores de la existencia con el mismo ímpetu como el que le daban una calada a un cigarrillo. Ambos sabían también que no les quedaba más remedio que seguir adelante, porque no había otra opción posible.

Camus, en 'El hombre rebelde', viene a decir, precisamente, que aunque todo carezca de sentido, siempre hay un impulso que nos lleva a rebelarnos contra él. Es en la lucha contra el sinsentido, donde se halla el propio sentido. Es en la pelea contra molinos de viento, donde hay que dar el callo cada día.

Esto mismo parece decirse Rick cuando accede a ayudar al amor de su vida, Ilsa, y al líder de la Resistencia, Viktor Laszlo, su pareja. En un momento en que los nazis iban por delante, en que la guerra parecía perdida, un romántico se atreve a sacrificarlo todo por unos valores.

En su primera gira por Nueva York, que a Camus más que impresionarle le decepcionó por la vacuidad del modo de vida americano, tan frío como la piedra de los rascacielos, ligó con Patricia Blake. Sus amigas apodaron a Camus “el joven Humphrey Bogart”.

Stegan Kanfer escribe en su biografía de Bogart que “después de haber encarnado la figura solitaria de Ernest Hemingway y al caballero andante contemporáneo de Raymond Chandler, el personaje de Humphrey Bogart se contemplaba ahora como un ejemplo del duro existencialista tal como lo había definido Camus: vulnerable pero obstinado, injusto pero apasionado de la justicia, que hace su trabajo sin vergüenza ni orgullo a la vista de todos, siempre dividido entre la pena y la belleza”.

Rick es el verdadero hombre rebelde. Merece la pena luchar porque no hay victoria posible. Porque los molinos seguirán ahí, ese avión seguirá esperando y Bogart, otra vez, mirando a Ingrid Bergman, dirá: “Si ese avión despega y no estás en él lo lamentarás. Tal vez no ahora, ni hoy, ni mañana, pero sí más tarde, durante el resto de tu vida”.

Hay quien puede calificar de anticuado hablar a estas alturas del siglo XXI de un tío que fumaba como un carretero y llamaba “nena” a las chicas, o del existencialismo, tan pasado de moda. No les falta razón. Como anticipa el filósofo Gilles Lipovetsky, la sociedad del narcisismo ha marginado de tal manera al sentido que ya no queda espacio para esa pregunta. La gente hoy puede vivir sin un sentido, es la era del vacío. Otra razón para ser rebelde.