Historias de la Historia

La boda de Fabiola

Media España compró un televisor a plazos para ver “la boda del siglo” aquel 15 de diciembre. Fue uno de los grandes cambios sociales del siglo XX

Balduino y Fabiola, ella con el fabuloso vestido de seda y visón blanco de Balenciaga.
Balduino y Fabiola, ella con el fabuloso vestido de seda y visón blanco de Balenciaga.

La televisión no era algo al alcance de todos en la España de los 50. Eran poquísimos los que tenían “aparato” en su casa. Algunas cafeterías anunciaban “salón con televisión” y la gente ocupaba las mesas horas antes de que comenzase la programación. Pero en 1960 en todos los hogares españoles se abrió un debate: ¿compramos un televisor a plazos? El desencadenante de aquel debate nacional había sido el anuncio de que el rey Balduino de Bélgica se casaba con una española.

Poco antes la revista Paris-Match publicó  que Balduino iba a ingresar en una abadía trapense, pero en realidad el rey le había dicho a su confesor, el cardenal Suenens: “He confiado a la Virgen de Lourdes el problema de mi matrimonio”, y añadió que había que buscar a la novia en España, el país más católico del mundo en aquella época.

Verónica O’Brien, promotora de la Legión de María y persona de confianza del cardenal, también le dijo que había sentido la llamada de Dios para que fuese a España a buscarle novia al rey. Y se puso en marcha aquella operación secreta dirigida por Dios y la Virgen de Lourdes. Verónica O’Brian fue a Madrid y se presentó ante monseñor Antoniutti, Nuncio Apostólico, es decir, embajador del Papa, que naturalmente la tomó por una farsante. Pero el cardenal Suenens le confirmó que el asunto iba en serio, y entonces recurrieron a la directora de un colegio de niñas bien, que introdujo a Verónica O’Brien en los círculos de señoritas de la aristocracia. Entrevistó a varias, pero en cuanto conoció a Fabiola supo que era ella la elegida del Señor.

Fabiola de Mora y Aragón llevaba sangre real en sus venas, era hija de los marqueses de Casa Riera y, si se ponía juntos los títulos de los padres y los siete hermanos salían varias páginas del Gotha, el Anuario de la nobleza europea. Había nacido en el Palacio de Urquijo, que durante la Guerra Civil fue cuartel general de la Pasionaria,  hacía… 32 años.  Era mayor que Balduino, aunque todavía podría tener hijos con la ayuda de dios –que no ayudó–. Era Hija de María, congregante de San Vicente de Paúl, militante de Acción Católica y enfermera militar, se dedicaba a las obras de caridad, tocaba la guitarra y escribía inocentes cuentos infantiles. En fin, una solterona beata destinada a vestir santos.

Verónica O’Brien escogió el sitio adecuado para comunicarle que era la elegida, el Santuario del Cerro de los Ángeles, centro geográfico de España, pero Fabiola pensó que era una loca. “Si es verdad, que me llame el rey”, dijo algo airada.

Y el rey la llamó.

El asunto era tan secreto que Fabiola tenía un nombre en clave, “Ávila”, y para conocerse se montó un congreso eucarístico ficticio en Bruselas. No se cayeron mal, y en la segunda entrevista, que tuvo lugar en Lourdes, Balduino le pidió matrimonio delante de la Virgen. Fabiola dijo sí.

Un asunto de Estado para Franco

Cuando la Corte de Bruselas anunció oficialmente el compromiso, la boda de Fabiola se convirtió en un asunto de estado para el Gobierno español. En aquellos tiempos la España de Franco era una apestada en Europa, y que el monarca de un país democrático eligiese una española por esposa traía la esperanza de abrir fisuras en el boicot europeo. El régimen franquista echó todo su peso mediático, que era inmenso en tiempos de censura previa de los periódicos, en magnificar el acontecimiento. Eurovisión contribuyó anunciando que por primera vez retransmitiría una boda por televisión.

El 15 de diciembre de 1960 media España se congregó emocionada ante los televisores para ver la primera “boda del siglo”. La apariencia conocida de Fabiola era la de una monja vestida de seglar, lo que en realidad se adecuaba perfectamente a la beatería de Balduino. Sin embargo en la catedral de Bruselas apareció con un vestido deslumbrante que fue la sensación de la ceremonia. Era un modelo de Balenciaga, el mejor modisto de la historia, un derroche de telas preciosas, 30 metros de seda finísima y visón blanco en cantidad. Balenciaga vestía a la más alta sociedad y a estrellas de cine como Greta Garbo, Marlene Dietrich o Grace Kelly, y a las azafatas de Air France, las más chic del mundo de la aviación. Balenciaga era la pura expresión del glamur, ¿cómo es que lo eligió la ascética Fabiola?

Media España se congregó emocionada ante los televisores para ver la primera “boda del siglo” entre Fabiola y Balduino de Bélgica

La culpa era de su bisabuela, Nené, marquesa de Casa Torres, auténtica hada madrina del modisto. Balenciaga era un niño huérfano de padre, hijo de la costurera de la marquesa, y creció en el palacio de Aldamar de Guetaria, entre las obras de arte –Velázquez, el Greco, Goya– y el maravilloso vestuario de la marquesa, una de las mujeres más elegantes de Europa. A los 13 años tuvo la osadía de decirle a la marquesa que quería hacerle un vestido, y Nené se lo puso para ir a misa el domingo. Con su apoyo, el niño pudo seguir su vocación de modisto, y ella lo introdujo a los 18 años en la clientela de la alta sociedad.

Desde el punto de vista de la aristocrática familia de Fabiola, Balenciaga era un criado suyo en el sentido antiguo, es decir, alguien que se ha criado en casa y forma parte del nivel inferior de la familia. Por eso Fabiola acudió a él con toda naturalidad, aunque le asustasen un poco los modelos que le proponía. “Son demasiado regios”, decía Fabiola. “Es que son para una reina”, la convencía Balenciaga.

Las familias de clase media que habían hecho un sacrificio para comprar a plazos un televisor pensaron entonces que el gasto valía la pena

La prensa del corazón estaba en mantillas en España, pero las visitas de Fabiola al taller de Balenciaga se convirtieron en el primer objetivo de los paparachis patrios, y las especulaciones sobre el vestido tema de muchos reportajes. Pero el secreto se mantuvo hasta que Eurovisión lo reveló. Las familias de clase media que habían hecho un sacrificio para comprar a plazos un televisor pensaron entonces que el gasto valía la pena. Con su cola de seis metros bordeada de visón del color de la nieve, la novia estaba como toda España soñaba que estuviese, deslumbrante.

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