Erik Olin Wright es uno de los filósofos clave del cambio de milenio. Ganó su prestigio, sobre todo, gracias a su detallado análisis de las clases sociales, aportando matices que otros compañeros no habían sabido descifrar. Su tradición fue el socialismo, pero sin tragar la pomposidad ni los dogmas tantas veces asociados a esa corriente. “Al mismo tiempo que empezó a medir la clase y sus efectos, se unió a un grupo de distinguidos filósofos y científicos sociales que se autodenominaron marxistas analíticos. Si objetivo era liberar al marxismo de lo que que calificaban como ‘bullshit’ (paparruchas), todo lo que consideraban jerga incomprensible, saltos lógicos o quiméricos deseos”, recuerda Michael Burawoy, profesor de Berkeley, en el epílogo de Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI (Akal). Este libro breve fue el testamento de Olin Wright, fallecido por una leucemia en 2019.

El sociólogo dedicó la etapa final de su vida a estudiar las formas de democratizar el capitalismo, esfuerzos que resumió en el clásico Construyendo utopías reales (2010). Allí estudiaba diversas experiencias prácticas, muy destacadamente la cooperativa española de Mondragón. Hablamos de un intelectual muy pegado a la práctica y alerta respecto al autoengaño, que sabía que “a muchos, la idea del anticapitalismo les parece ridícula. No hay más que ver las fantásticas innovaciones tecnológicas en bienes y servicios que producidos por empresas capitalistas años recientes (…) La gama de bienes de consumo disponibles y asequibles para el individuo medio, e incluso para los pobres, ha aumentado drásticamente en casi todas partes”, reconoce al comienzo del texto. “Basta comparar Estados Unidos entre 1968 y 2018: el porcentaje de estadounidenses con aire acondicionado, automóvil, lavadora, lavaplatos, televisión y agua corriente ha aumentado drásticamente”, admite.

Soluciones ambiguas

Olin Wright es un pensador alérgico a los lugares comunes, que describe la Renta Básica Universal como una solución profundamente ambigua para capitalistas (los que la proponen en Davos) y también para anticapitalistas (los activistas que la reclaman en las calles). “Si, en consecuencia, lograra aplicarse y defenderse una RBU generosa , esta podría ir erosionado el capitalismo dentro del sistema económico en general, y al mismo tiempo fortalecer las condiciones de acumulación del capital dentro de los espacios reducidos en los que opera el capitalismo”, advierte.

Para Olin Wright, la amenaza del cambio climático hará inevitables las subida de impuestos y de poder estatal para hacer frente a este desafío natural"

Por ejemplo, señala, una RBU pagada por el Estado haría mucho más tolerables los trabajos ahora vinculados a la ‘gig economy’, desde repartidores de Deliveroo a conductores de Uber o personal de Amazon. “Una reforma que socavase directamente el capitalismo, promoviendo alternativas anticapitalistas sin proporcionarle (al sistema) ninguna ventaja positiva, sería perpetuamente vulnerable a ser desmantelada cada vez que menguara el poder e las fuerzas progresistas”, destaca.

El retorno del Estado

¿Por qué el capitalismo triunfante iba a permitir la articulación de alternativas en 2021? Para Olin Wright, la amenaza del cambio climático hará inevitables las subida de impuestos y de poder estatal para hacer frente a este desafío natural. “Sencillamente, el mercado no va a construir diques marinos para proteger Manhattan. La escala de recursos necesarios para dichas intervenciones estatales podría fácilmente alcanzar los niveles de las grandes guerras”, destaca.

Según este ensayo, el segundo reto al que se enfrente el capitalismo tiene que ver con el desempleo masivo que provocará la robotización. “La destrucción de puestos de trabajo por parte de las nuevas tecnologías conducirá a una marginación generalizada y a un desempleo estructural permanente, por más que en las anteriores oleadas de crecimiento económico acabó creando suficientes puestos de trabajo en nuevos actores como para compensar las pérdidas de empleo”, apunta. En cierto sentido, el capitalismo será víctima de su propio éxito. “Estas dos tendencias, sumadas, plantean nuevos y graves retos al Estado capitalista”, resume. ¿Quién podría argumentar que esto último no es cierto?