Cultura

Verbena de La Paloma: de la pobretería de Galdós al sainete del Apolo

Una imagen del estreno de la zarzuela dedicada a las fiestas madrileñas.
Una imagen del estreno de la zarzuela dedicada a las fiestas madrileñas. Wikipedia

En el antiguo barrio de Calatrava, entre la calle Toledo y la plaza de la Cebada, se celebran las fiestas de La Paloma. Dedicada a la virgen de la que toma ese nombre, esta es la verbena que cierra el verano castizo. Durante seis días, La Latina acoge a propios y ajenos, a gatos y no gatos. Buena parte del espíritu del Madrid del XIX respira en esa fiesta que sirvió de inspiración a escritores, compositores y cronistas, y cuyo mapa literario se encuentra plagado de referencias galdosianas. 

Hoy La Latina es el barrio madrileño de los bares, restaurantes y fiestas, pero entonces era un revoltijo de calles y de corralas, muchas de ellas desaparecieron al construirse la Gran Vía de San Francisco. También la iglesia donde se veneraba a la virgen de la Paloma desapareció, la actual es una construcción de 1911. De ahí viene el origen de la tradición y el fervor poular: de la imagen de la virgen de la Soledad, cuyo retrato fue descubierto por unas monjas en un corralón en 1787.

La Fortunata de Galdós iba por la calle de la Solana a escuchar misa a la iglesia de la Virgen de La Paloma

Isabel Tintero, una vecina del barrio que vivía en la calle de la Paloma -de ahí el cambio de nombre-, compró el cuadro y lo expuso en el portal de su casa. La popularidad de la imagen atrajo a numerosos madrileños. Desde 1797, castizos y forasteros se reunían para adorarla. Por eso el 15 de agosto la procesión con la imagen mariana es uno de los ejes centrales. Hay versiones algo más prosaicas del asunto. “La Iglesia tuvo que inventarse algún festejo nocturno para evitar que los madrileños se suicidasen en masa por el calor”, al menos así lo cuenta Raquel Peláez en su libro ¡Quemad Madrid!.

Aunque no es la patrona de la ciudad, La Paloma es la más castiza de las vírgenes. La Fortunata de Benito Pérez Galdós iba a escuchar misa a su iglesia: “Por la calle de la Solana, donde habita tanta pobretería, iba Fortunata a misa a la Paloma, y se pasmaba de no encontrar nunca en su camino ninguna cara conocida”. A ella dedicaron Tomás Bretón y Ricardo de la Vega 'La verbena de la paloma', una zarzuela emblemática del género lírico y que transcurre en Madrid, en el mes de agosto, durante las fiestas patronales.

De la Vega escribió La verbena para el Apolo, entonces la meca del teatro por horas. Ofrecía cada noche cuatro espectáculos diferentes. La compañía contaba con 19 artistas y 50 coristas, así una orquesta de 50 profesores. En la práctica, era un teatro de repertorio, y fue justo ahí, en el año 1894, donde se estrenó. Chulapas y chulapones, los castizos, el boticario, el sereno, el tabernero o los guardias. Todo está retratado ahí. El dueto ¿Dónde vas con mantón de Manila? o las coplas de Don Hilarión ‘Una morena y una rubia’ resumen el espíritu del Madrid del XIX, que permanece atrapado en este sainete de en un acto y tres cuadros.

De la Vega escribió La verbena para el Apolo, entonces la meca del teatro por horas

En los días previos al quince de agosto, se multiplican las reuniones y verbenas alrededor de la plaza de la Paja, la plaza de la Cebada, Puerta de Moros y, prolongándose por la carrera de San Francisco, las del antiguo campillo de San Francisco y el vecino campillo de las Vistillas, extendiéndose por el conjunto de jardines de Las Vistillas. En esos días, prácticamente hasta San Francisco el Grande, se pierden de vista los humeantes tenderetes y la calle queda envuelta en el vapor del chorizo asado y las gallinejas.

En su Fortuna y Jacinta, Benito Pérez Galdós le dedica unas líneas a la casquería y sobre todo al oficio de las personas que se dedicaban a freirlas: «Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la gallinejera, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de la Arganzuela». Casi todo lo que ocurre en el barrio es rastreable en las novelas de Galdós, en cuyas historias hay una cartografía de aquel Madrid: desde el que come sus guisotes y fritangas en San Francisco el Grande o “a la cátedra de picardías y teatro de todas las barrabasadas madrileñas” que supone la calle Toledo, como escribe en el pasaje de Los Cien Mil hijos de San Luis en los Episodios Nacionales.

En su tetralogía dedicada al usurero Francisco Torquemada, Galdós retrata la cavas Alta, Baja y de San Miguel, hoy satélites de las verbenas de La Paloma

También en su tetralogía de las dedicadas al usurero Francisco Torquemada Galdós retrata las cavas Alta, Baja y de San Miguel, que hoy hace las veces de satélite de las verbenas de La Paloma. En cada una de las novelas de ese ciclo, los personajes se mueven también por Bailén o la Costanilla de Capuchinos. Su don Nazario Zaharín se mueve también Calatrava, la plaza de la Cebada, el Cerrillo del Rastro, la Puerta y el Puente de Toledo, de la misma manera en que en Misericordia vuelven a aparecer los rótulos de la Cabeza, la Ruda y Arganzuela, Mesón de Paredes, Puente de Segovia, la Cava Baja y la plazuela del Ángel. Un folio de papel cebolla calcó el espíritu de esas calles, que cada agosto rebrotan en su melancolía castiza manifiesta, a su manera, en la verbena de La Paloma. Olvidadas hoy en el soniquete de la música y el barullo de los tenderetes quedan escondidos los rótulos literarios y artísticos de una de las verbenas más castizas del verano. 

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