Historias de la Historia

Triste, fría y hambrienta Navidad

"¿Qué tiene de feliz esta Navidad?", se preguntaba el general McAuliffe, sitiado con sus paracaidistas y constantemente bombardeado por el enemigo 

Paracaidistas sitiados en Bastogne con su árbol de Navidad
Paracaidistas sitiados en Bastogne con su árbol de Navidad

Les habían ofrecido unas estupendas vacaciones de Navidad. La 101 División Aerotransportada era la unidad más baqueteada del ejército norteamericano, sus paracaidistas habían sido la vanguardia del Desembarco de Normandía, y desde entonces habían pelado durísimo y sufrido muchas bajas. Se merecían, y sobre todo necesitaban un descanso. Los mandaron a una zona tranquila del Norte de Francia, junto a las Ardenas belgas.

Pero precisamente por allí, por las Ardenas, se produjo el 16 de diciembre de 1944 una inesperada ofensiva alemana que arrolló a las líneas americanas. En absoluta debacle, derrotados y desmoralizados, los americanos que sobrevivieron al ataque sólo podían huir, no eran ya una fuerza de combate. El mando solamente tenía a mano como refuerzo a la 101 División “de vacaciones”, sin equipo de campaña, ni municiones, ni provisiones, pero eran los únicos capaces de resistir el ímpetu del enemigo. Los enviaron al pueblo de Bastogne, un estratégico nudo de comunicaciones que había que defender a toda costa. Y lo hicieron, aunque los alemanes los cercaron y se quedaron sin línea de suministros. Allí iban a pasar su triste, fría y hambrienta Navidad, sufriendo brutales bombardeos y duros ataques durante toda una semana.

El 24 de diciembre, al caer la noche, mientras sus compañeros se iban a la cama, un soldado alemán escribió a su mujer: “Contra todo pronóstico, el ataque de Nochebuena no se ha producido. El frente está en calma. Supongo que los americanos estarán tan contentos como nosotros de que esta noche sagrada para todos sea tranquila…” Pero la Nochebuena no había terminado. “Entre las 10 y las 11 se desató el infierno -diría Charles Kokourek, un paracaidista americano superviviente, víctima del estrés de combate- Me dicen que hemos sufrido un terrible bombardeo, pero yo no he oído nada de tan exhausto que estoy”.

El general McAuliffe (4º por la izquierda)  comparte con su estado mayor su cena de Nochebuena, salmón de lata y galletas
El general McAuliffe (4º por la izquierda) comparte con su estado mayor su cena de Nochebuena, salmón de lata y galletas

Pese a todo, fiesta

A pesar de las circunstancias, los sitiados intentaban celebrar la Navidad. A las 5 de la tarde del 24, el paracaidista Ted Goldmann, tras varios días soportando bombardeos masivos, fue relevado de su puesto de combate y se retiró con sus compañeros a una casa cercana. Era la única que tenía sótano, donde estaban refugiados un viejo y varias mujeres y niños. Cuando vio llegar a aquellos muchachos helados y famélicos, una abuela se puso a amasar harina e hizo 14 panes, que metió en el horno. Esa fue la cena de Nochebuena para 20 soldados y 18 civiles. “Me acordaré toda mi vida de aquella viejecita, habría dado mi vida por ella en aquellos días abominables”, decía Goldman.

Hubo humor incluso para poner árboles de Navidad. Aprovechando la calma de la tarde del 24, varios soldados de la plana mayor, que no estaban en primera línea, sino en la el centro de Bastogne, adornaron un abeto con las cintas metálicas que los aviones lanzaban para despistar al radar enemigo, con latas de comida vacías y hasta con obuses de mortero. También alguna lata llena, haciendo de regalo. “Realmente disfrutamos de aquel 24 de diciembre, brillaba el sol y hacía algo más de calor –decía Ben Rous, uno de los soldados- Vino un fotógrafo e hizo fotos de nuestro árbol”.

Más privilegiados aún que los soldados de la plana mayor, los oficiales de estado mayor tuvieron su árbol y fiesta de Navidad en el castillo de Rolley, donde se había aposentado el cuartel general de la 101 División, conviviendo con la condesa y sus hijos. El capitán Hatch trajo un abeto y el capitán Pangern le dio a la condesa los papeles decorados que habían envuelto los regalos que recibiera de su familia. En la guerra no se tira nada, y la aristócrata pudo empaquetar así unos regalitos improvisados para sus niños, que colocó en el árbol.

Luego fueron todos a la misa del gallo en la capilla del castillo. “Los niños se lo pasaron muy bien hasta las diez –recordaba el capitán Hatch- Pero los alemanes se preparaban para atacar y empezaron a bombardear nuestro cuartel general –o sea, el castillo- Tuvimos que interrumpir nuestra fiesta de Navidad y mandar a los civiles al sótano”.

Hubo bastantes misas del gallo en el perímetro defensivo, porque también estaban cercados los numerosos capellanes castrenses de la división. Unas fueron en iglesias y capillas, otras en templos improvisados, incluido un garaje.

Nochebuena en primera línea

Incluso los hombres de servicio en primera línea intentaron celebrar la Nochebuena. El paracaidista Mike Zorich había sido enviado en avanzadilla con un compañero, para observar al enemigo. Se habían arrastrado lo más cerca que pudieron a las posiciones alemanas, y estaban pegados a la tierra, sin moverse ni hacer ruido, cuando oyeron muy cerca a dos alemanes cantando villancicos. Eran también dos observadores enviados en avanzadilla. “Nosotros nos pusimos a cantar como ellos, pero en voz baja porque temíamos llamar la atención de los alemanes, pero no se dieron cuenta porque cantaban muy fuerte. Fue así como celebramos la Navidad en el frente”.

Cantar, oír misa o hacer remedos de árboles de Navidad era relativamente fácil, otra cosa fueron las comidas navideñas. Tras una semana se habían agotado todas las provisiones de los paracaidistas, y los suministros lanzados desde aviones habían empezado sólo el día de antes y no eran suficientes. No todos tuvieron la suerte de cenar un pan recién horneado en Nochebuena, como Ted Goldman. El soldado de planeadores Leland G. Jones recordaba: “La Nochebuena tres de nosotros intentamos prepararnos una taza de sopa caliente con ayuda de unos Life Savers, que era todo lo que nos quedaba”. ¡Los Life Savers eran caramelos de menta! Eran los caramelos más populares de América y su producción se consideró de interés estratégico, el ejército los incluía en sus raciones de campaña porque era llevarles un recuerdo del hogar a unos soldados que hacía poco que habían dejado la infancia. Pero de ahí a hacer sopa con ellos…

Algo mejor cenó el general McAuliffe, el jefe accidental de la 101: salmón de lata y galletas. McAuliffe tenía salidas que se han hecho célebres. Cuando unos parlamentarios alemanes llegaron bajo bandera blanca con una oferta de capitulación, su única respuesta fue “nuts!”, cuya traducción más exacta sería “¡cojones!”. Su frugal cena de Nochebuena debió inspirarle la felicitación navideña que dirigió a sus tropas: “¿Qué de feliz tiene esta Navidad? os preguntareis –comenzaba el mensaje- Estamos peleando, hace frío y no estamos en casa, es cierto… Pero le estamos haciendo a nuestro país y a nuestros seres queridos un valioso regalo navideño, y tener el privilegio de participar en este magnífico combate, en verdad que la convierte en una Feliz Navidad”.

Al día siguiente, el 26 de diciembre, los tanques de Patton lograron romper el cerco alemán y terminó el asedio de Bastogne.

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