Cultura

Tom Wolfe: el gran provocador, el Balzac de Park Avenue

Tom Wolfe hizo suya una nueva forma de retratar. Desde aquella Beth Ann y la macrobiótica o el Bernstein que servía canapés a los panteras negras en un ático en Manhattan hasta una Miami balcanizada y marcada por la sangre

Tom Wolfe: el gran provocador, el Balzac americano
Tom Wolfe: el gran provocador, el Balzac americano

Fue el dandi por excelencia. Un hombre de traje blanco, pañuelo azul en el bolsillo de la americana y sombrero panamá. El sureño neoyorquino. El autor que dividió en dos el periodismo y una de las firmas principales de un movimiento que inyectó a las páginas de la prensa el veneno que ya corría a raudales en la cultura de masas: el Nuevo Periodismo. Se trata de Tom Wolfe (Virginia, 1931- Manhattan, 2018), escritor y periodista norteamericano que falleció este martes, a los 87 años, a causa de una neumonía. El siglo XX confirma su extinción en muertes como ésta. 

Hijo de un granjero, aspirante a jugador de beisbol en sus años mozos y retratista de una Noteramérica marcada por la contradicción. Ya en su juventud apuntaba maneras, pero sobre todo en sus años de madurez, Tom Wolfe se convirtió en el neoyorquino (de adopción) más vilipendiado por The New Yorker –tenía un largo juicio contra aquella publicación-. Polémico, provocador y escritor tachado de “antiamericanista” tras su debut en ficción con la novela La Hoguera de las Vanidades, una crítica feroz -ya entonces, en 1987- a las costumbres de una sociedad dominada por la afectación de sus propias aspiraciones. Nunca llegaron a perdonársela del todo. 

John Updike destrozó Todo un hombre (1989); Norman Mailer lo llamó imbécil y The New Yorker llegó a detestarlo

En las páginas de La hoguera de las vanidades pululaban ya el espíritu desaforado de Belfort, Madoff e incluso Trump; mejor dicho, los arquetipos de aquel bestiario. Porque ése fue su gran tema: Norteamérica, su mejor retrato y su mayor gresca. Aquella primera novela adaptada a la gran pantalla -y quizá una de las más conocida de su obra- fue la explosión superventas de algo que él ya había hecho en todas y cada una de sus crónicas: incomodar. Comenzó como colaborador en publicaciones como The Washington Post, Enquirer y New York Herald, cada pieza suya estaba dotada de un estilo novelesco.Tom Wolfe hizo suya una nueva forma de retratar. Desde aquella Beth Ann y la macrobiótica o el Bernstein que servía canapés a los panteras negras en un ático en Manhattan hasta una Miami balcanizada y marcada por la sangre, llena de pequeños reinos de taifas, tan multiétnica como conflictiva en su más reciente novela Back to blood, publicada en 2012. Era un narrador eficaz y culto: su uso de los tiempos, las interjecciones y onomatopeyas, pero -sobre todo- los diálogos. Aquellas fueron sus mejores herramientas para darle una vuelta de tuerca al realismo.

John Updike destrozó Todo un hombre (1989), su segunda novela yNorman Mailer lo llamó imbécil en más de una ocasión. A él, le daba igual: lo que pensaran o dijeran. Él, aseguraba, no nació para escribir grandes libros, sino para ser un gran escritor. Apodado a sí mismo un heredero de Balzac, Wolfe procuró, siempre, retratar la realidad en sus libros, ya fuera con sus reportajes sobre sobre los hippies de los años sesenta (Ponche de ácido lisérgico) o con la caricatura de los yuppies de los ochenta con la que se estrenó en la ya mencionada La hoguera de las vanidades.

Fiel a su estilo polémico, periodístico y directo Wolfe se empeñó en las estampas peliagudas e irresueltas de Estados Unidos

Fiel a su estilo polémico, periodístico y directo Wolfe se empeñó en las estampas peliagudas e irresueltas de Estados Unidos. Emergió cómo parte de la corriente del Nuevo Periodismo: un grupo compacto, vistoso y pagado de sí mismo -¿para qué lo vamos a negar?-. Jimmy Breslin, Joan Didion, Gay Talese, Hunter S. Thompson y Eolfe, claro. A ellos los bautizaron en 1972 como "los nuevos periodistas". Habían transcurrido seis años desde que Truman Capote publicara A sangre fría, historia que se convertiría en el icono de la “no ficción”, una literatura basada en hechos reales que se nutría de los métodos del reportero y la pluma sedosa del novelista. Eso era Wolf, el grupo de quienes supieron extraer de la vida la droga dura literaria.

Empujados por el viento rabioso de aquellos años, esta generación de periodistas se enfrentó con una década furibunda: la crisis de los misiles; los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King; la guerra de Vietnam;  la aparición de los hippies y yippies; Leary y su santo sacramento del LSD. En medio de aquel caos, las viejas herramientas del reporterismo tradicional no parecían suficientes para entender el mundo. Las páginas de The New York Times y The New Yorker se convirtieron entonces en la ventana para las crónicas y reportajes  de un periodismo  más narrativo, liberado de la prisa y la pirámide invertida.

Tom Wolfe fue una de las firmas principales de la prensa y la literatura de EE UU. Un maestro de la prosa y el diálogo, un cretino para algunos -Mailer tiene cosas que decir al respecto- y uno de los autores fundamentales del siglo XX. Hoy los periódicos parecen un poco peor escritos. Con menos papel. Cada vez más grises y enfermemos de sí mismos.



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