ÓPERA

Aida regresa 20 años después al Teatro Real: ¿es la ópera de Verdi una historia sobre arraigo y migración?

Una imagen del montaje de Hugo de Ana, en 1998.
Una imagen del montaje de Hugo de Ana, en 1998. Javier del Real

Veinte años después de que el argentino Hugo de Ana concibiera la ópera Aida de Giuseppe Verdi (1813-1901) para la reinauguración del Teatro Real, en 1998, el coliseo madrileño ofrece una reposición del montaje para celebrar el bicentenario de su fundación y el vigésimo de su reapertura. Aunque con matices, vuelve al escenario una ópera que jamás pudo reponerse, porque sus requerimientos técnicos y humanos lo hacían imposible: más de 300 personas en escena, además de una ambiciosa producción artística. Dos décadas después de aquel acontecimiento, el Teatro Real ha programado 17 funciones que se celebrarán  del 7 al 25 de marzo.

Dos décadas después de aquel acontecimiento, en 1998, el Teatro Real ha programado 17 funciones de la reposición a cargo de Hugo de Ana

Hugo de Ana, responsable de la dirección de escena, escenografía y figurines de la ópera, ha revisado la producción original de 1998, actualizando algunos elementos escenográficos y parte del vestuario, pero manteniendo la esencia simbólica de la producción, que está dominada por una monumental pirámide con la que sugiere la magnificencia del poder político y religioso que preside y determina el argumento. La producción mantiene así su énfasis original: la profunda soledad de los poderosos que se debaten entre sentimientos, dudas y contradicciones que no pueden compartir ni mostrar. "Un amor tan sólido como el muro que impide su consumación", asegura Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real.

Aida retrata un amor "tan sólido como el muro que impide su consumación", asegura Joan Matabosch

Según De Ana, Aida consigue un equilibrio entre los momentos de masas y los íntimos, unos resumen el elemento simbólico del militar que avasalla a un pueblo, los otros sintetizan el conflicto personal que encarna la relación triangular, casi piramidal, que involucra a Ramadès -el vencedor- frente a Aida y su padre, Amonastro, ambos cautivos del poder egipcio representado en Radamès y en el que coinciden el amor de la princesa etíope con la idea de lealtad a un pueblo que se enfrenta al dominio de otro.

El elemento central de esta ópera tiene que ver, según De Ana, con una condición metafísica que ya estaba presente en otras óperas del italiano como Don Carlo. "La última escena del cuarto acto simboliza la condición final del ser humano: la tumba de Aida. Esa imagen, la de la tumba,  ya estaba presente en Don Carlo y a su manera en La fuerza del destino, una concepción romántica del ser humano en su ascensión y transformación espiritual". 

Tres repartos se alternarán en la interpretación de los papeles protagonistas de Aida. En el rol titular se alternarán la soprano ucraniana Liudmyla Monastyrska, la italiana Anna Pirozzi y  la estadounidense Lianna Haroutounian, las tres identificadas con el repertorio verdiano.  Las acompañan Violeta Urmana, Ekaterina Semenchuk y Daniela Barcellona como Amneris; Gregory Kunde, Alfred Kim y Fabio Sartori como Radamès; y Gabriele Viviani, George Gagnidze y Àngel Òdena, como el rey Amonasro. Tanto estos como el resto del elenco actuarán  con el Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real, bajo la batuta de Nicola Luisotti, que interpretará desde el foso su tercer título verdiano en Madrid después de las versiones de Il trovatore y Rigoletto.

Luisotti, quien ha dirigido cerca de 17 títulos verdianos, ha subrayado la condición de Verdi como un hombre de su tiempo. Alguien que, sin criticar violentamente la realidad, la describe como una forma de hacer visible  los conflictos de su época, algunos de ellos todavía vigentes. En el caso de Aida, Luisotti ha hecho hincapié en una lectura de la ópera como un drama que opone a la etíope con su propia identidad y sentimientos.

Según el director, Aida no es del todo una cautiva de los egipcios, sino un personaje que experimenta un conflicto asimilable a los procesos de migración. Por un lado extraña una patria idealizada, Etiopía, al mismo tiempo que se integra en Egipto -su propio nombre es una imposición egipcia, asegura-. "Su integración es tal, hasta el punto de enamorarse del hombre que puede dar muerte a su padre, el rey Amonastro, que ha convocado una guerra para liberarla", explicó. 

Tres instituciones colaboran con el Teatro Real en esta ocasión: la Lyric Opera de Chicago, la Ópera Nacional de Lituania de Vilna y el Teatro Colón de Buenos Aires. El montaje, en esta ocasión, goza del patrocinio de Endesa. Asimismo, se llevarán a cabo una serie de actividades asociadas a la ópera: cursos, exposiciones, conferencias, coloquios, visitas guiadas (como la titulada Cara a cara con las reinas de Egipto, a la cámara acorazada del Museo Arqueológico Nacional), o talleres para niños y adultos como el de Caligrafía egipcia antigua, en la Biblioteca Nacional). También participan en estas actividades el Museo del Romanticismo, la Real Academia de la Historia e Instituto de Historia y Cultura Naval.

Aida, una tragedia moderna

Un Verdi ya maduro —tenía 60 años al momento de componerla— pensó que Aida sería su última gran obra. Estrenada en 1871 en la Ópera del Cairo y tres años más tarde, el 12 de diciembre de 1874 en el Teatro Real, Aida ha sido considerada por los especialistas y la crítica como la recuperación de la grand opèrafrancesa: escenas llenas de pompa, combinadas con un gran despliegue orquestal y coral para evocar el esplendor del antiguo Egipto, donde se sitúa la acción.

Verdi pensó que sería su última gran ópera. Aida tuvo sus antecedentes más visibles en Nabucco (1842) y 

Los lombardos en la primera cruzada (1843)

Emplazada en el registro de los grandes temas religiosos y políticos, Aida tuvo sus antecedentes más visibles en Nabucco (1842) y Los lombardos en la primera cruzada (1843). Verdi compuso Aida después de Don Carlo (1867), acaso con la pretensión no sólo de recuperar el gran género sino de crear una tragedia moderna capaz de repartir el drama universal en la superposición de la emotividad individual —el amor entre personajes cuyos pueblos están enfrentados— y colectiva —la oposición política entre vencedores y vencidos implícita en esa tragedia—.

Todo ocurre en el tiempo de los faraones, en medio de una campaña militar de los egipcios contra los etíopes, que terminó con la cautividad de Amonasro, el rey etíope con pretensiones invasoras. Es justo allí donde se gesta la historia de amor entre el jefe militar egipcio Radamès y la esclava etíope Aida, hija de Amonasro. Inscrita en la oposición de los sentimientos y la lealtad política propia de los dramas románticos —a la manera de la ocupación romana en la guerra de las Galias que sirve de telón de fondo a la Norma, de Bellini—, en Aida el amor es más fuerte y poderoso que el odio entre los pueblos, el conflicto entre convicciones sociales e incluso las traiciones que empujan y contienen, al mismo tiempo, los sentimientos de sus protagonistas. 

Ocurre en el tiempo de los faraones, en medio de la campaña militar de los egipcios contra los etíopes. Allí se gesta el amor entre el jefe militar egipcio Radamès y la esclava etíope Aida

Aida fue un encargo realizado a Verdi por el jedive Ismail, virrey de Egipto, Pasha para su estreno en la Ópera de El Cairo. Para muchos, Aida puede considerarse com una ópera de masas. Su conocida marcha triunfal del segundo acto, el fragmento estelar utilizado como reclamo en los principales discos recopilatorios –ironiza Matabosch citando a Terenci Moix– ha sido identificada como “música clásica para los que odian la música clásica”. La obra, sin embargo, dista mucho de ser una mera “exhibición de vacuo colosalismo escénico”, asegura Matabosch. Se trata de una composición universal que, por su autenticidad y equilibrio, se ha convertido en una de las óperas más populares.

Verdi y Madrid

Con el recuerdo reciente para los melómanos de la aplaudida versión que se representó en Salzburgo este verano —y que fue dirigida por Ricardo Muti e interpretada por Ana Netrebko—, con esta reposición de Aida en el Teatro Real, esta ópera de Verdi sobrepasa las 350 funciones en el coliseo madrileño, si se suman las que tuvieron lugar en las temporadas anteriores a su cierre, en 1925. Esto la convierte en una de las obras más representadas en Madrid. Giuseppe Verdi fue el compositor preferido del público madrileño del siglo XIX.  Tal era la afinidad entre el taliano y el público del Real, que Verdi acudió a la capital para el estreno La forza del destino, en invierno de 1863.

Con esta Aida, esta ópera de Verdi sobrepasa las 350 funciones en el Teatro Real

Giusseppe Verdi llegó a saludar hasta once veces para recibir los aplausos del público en el estreno madrileño de La forza del destino. Y eso que hubo no pocos problemas.  Verdi venía de San Petesburgo. Fue recibido el 11 de enero 1863. Todavía hoy, en el número seis de la Plaza de Oriente, se conserva una inscripción en el lugar de Casa Castaldi, fonda frecuentada por músicos y artistas italianos que viajaban a Madrid  a España y en la que se alojaron tanto Verdi como su mujer Giussepina. Al parecer, el compositor se volcó por entero en el estreno y se dedicó, sin pausa, a hacer algunos ajustes en la partitura.

Al estreno, el día 21 de febrero de ese año, acudió la reina Isabel II, que agasajó al compositor italiano al terminar la función. También se encontraban entre los asistentes Rosalía de Castro y Ángel de Saavedra, duque de Rivas, en cuya obra Don Álvaro o la fuerza del sino se basa La forza del destino verdiana. Al parecer, el duque no quedó nada contento ni con la versión de su obra que hizo Verdi ni con el pago que recibió por derechos de autor. Pero ése, claro, es otro asunto. En esta temporada de conmemoraciones ─el bicentenario de su fundación y los 20 años de la reapertura─, el Teatro Real mira, pues, a su historia pasada y reciente.  "Es fundamental para una institución como ésta hacer un ejercicio honesto de memoria colectiva, de lo contrario no podemos proyectarnos hacia el futuro", aseguró Joan Matabosch. 



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