Cultura

Súbeme el listón, que me voy a ahorcar...

La torera María de los Ángeles Hernández falleció esta semana. Como ella hubo muchas. Figuras unas, anónimas otras. Matadoras, rejoneadoras... y madres, y maestras, y médicos, y filólogas. La suya es una figura ciudadana, la de quienes creen en los tribunales, la de quienes pelean y trabajan. 

Súbeme el listón, que me voy a ahorcar...
Súbeme el listón, que me voy a ahorcar... EFE

Como no podía torear de a pie –entonces en España era ilegal- , María de los Ángeles Hernández (Alicante, 1946- Madrid, 2017) aprendió a hacerlo a caballo. Lo hizo junto a la rejoneadora  portuguesa Amelia Gabor. De ella cuenta don Andrés Amorós, institución taurina viviente y crítico del ABC,  que era la menor de seis hermanos, que a los 15 quedó huérfana y tuvo que trabajar duro en el campo y luego como vendedora en las playas. La suya es esa capacidad que tienen las catedrales y los rascacielos para no quebrarse, para no doblar sino en los medios –el lugar donde mueren los toros bravos- o en los tribunales, el lugar en el que se baten quienes respetan las libertades ciudadanas. Que la vida, a veces, va de orejas cortadas de otra forma. 

Fue la primera mujer con carnet de torero, la que avivó el gesto político de creer en los tribunales

Su fuerza y su belleza eran tales que le llegaban a la voz –dobló en el cine a Claudia Cardinale- y sobrepasaban el blanco y negro. Retratada sin color, quien la observa vestida de luces en las fotografías se hace a la idea de que vestía siempre de grana y oro, acaso porque son los colores perfectos para su rubia cabellera, toda ella de hilo de oro, ese estambre reservado sólo a los diestros. Pero si había algo grande en María de los Ángeles Hernández, algo realmente grande, fue su verdad. Esa virtud que en los toreros es una forma de existencia y no un atributo, algo etimológico –del griego: aletheia-, aquello  que ocurre sin velos, o mejor dicho desvelado, ante quienes lo presencian. “Mi única verdad era ser figura del toreo”, dijo ella en una entrevista. Y así lo procuró. O al menos hizo todo para que nadie se lo impidiese.

Pero si había algo grande en María de los Ángeles Hernández, algo realmente grande, fue su verdad.

En los años finales del franquismo, María de los Ángeles Hernández  llegó hasta los tribunales para que el Ministerio de Interior –Arias Navarro ocupaba la cartera- aceptara que las mujeres pudieran, como cualquier hombre, coger su capote y su muleta. Hoy, su batalla luce lejana. Y sin embargo enfurece; alborota mares en quienes crecimos con ortopedias y mimos y nos acostumbramos a tener por corazón un charco de agua destilada. Brava María de los Ángeles. Tanto, que quienes leemos su historia parecemos reses claudicantes, seres afelpados que olvidaron embestir y se duelen con banderillas plásticas, de esas que se usan para los aperitivos y no para los miuras. Nosotros hoy entendemos por lucha, lo que en otro tiempo fue un percance -que diría Almudena Grandes-.

Cuánta diferencia con María de los Ángeles. Nosotros hoy entendemos por lucha, lo que en otro tiempo fue un percance.

Para quienes tarde y atropelladamente quisiéramos saltar del estribo al albero, esta mujer es un remolino. Pero torear, como vivir, es cosa seria. Exige rebeldía. Para quienes no vamos a trabajar con una espada bajo el brazo, para quienes lidiamos reses mansas –el ego, el miedo al fracaso, al fallo, a nosotros mismos-, la vida de María de los Ángeles Hernández es un listón que podríamos atarnos al cuello, para subir luego a una silla y dejarnos caer. Y aunque para eso también hace falta valor cuando la vida aprieta de verdad, estoy segura de que para nuestro yo peluche –nuestro yo millenial-, ese sería el gesto pendular de quienes sólo conocen su ombligo. El de María de los Ángeles -como novillera llenó el Nuevo Circo en Caracas y a su vuelta tomó la alternativa- , es un listón tan alto que nos obliga a embravecernos. A ser mar, en lugar de charco.  

Como ella hubo también muchas toreras, pero también madres, y maestras, y reponedoras, y tenderas, y lavanderas, y políticas, y artistas, y científicas, y médicos, y filólogas. Hubo mujeres que fueron toreras sin pisar ninguna arena.

Como ella hubo muchas y valientes toreras, por ejemplo, Mary Fortes Roca, la madre de Saúl Jiménez-Fortes. Las hubo. Figurones unas, anónimas otras. Rejoneadoras, matadoras, banderilleras.... Pero también madres, y maestras, y reponedoras, y tenderas, y lavanderas, y políticas, y artistas, y científicas, y médicos, y filólogas –María Moliner nuestra que no estás en la RAE…. porque les dio miedo dejarte entrar-. Hubo mujeres que fueron toreras sin pisar ninguna arena. Y algo de ellas entra en la vida de esta mujer, algo que nos obliga a todas (y a todos; que no lo digo por género, lo digo porque lo creo) a plantarnos, a cruzarnos, a enderezarnos la corbatilla aunque nos muelan a volteretas; a ser más mujeres y más hombres de lo que somos: a no dejarnos pegar, ni siquiera por nuestras dudas.

Algo en la muerte de esta mujer nos pide retomar lo que hemos olvidado, a recordar que hubo a quienes les costó mucho más.

Algo en la muerte de esta mujer -fuera o no una figura- nos pide retomar lo que hemos olvidado, a recordar que hubo a quienes les costó mucho más. Hace ya unos meses, en la barrera de Las Ventas, escuché a un banderillero decir, en plena lidia: “Sácale pecho. Así. Muy de verdad”.  Aquello que gritaba  El Francés –así le dicen a Christopher Fourcart, de  padre  parisino y madre sevillana-, esa retahíla torera procuraba transmitir  al matador en plena faena, lo que las banderillas bien puestas hacen con el alma: sujetar; aplacar una fuerza y al mismo tiempo avivar otra que proviene de un mundo remoto. Desde ese día, la mucha verdad del Francés me ha dejado claro un tipo de certeza. La de quienes suben el listón, no para ahorcarse, sino para lidiar, para vencer aun fracasando. Una que sirve para subir el escalón que va de luchar a luchar todavía más.

Leo la vida de María de los Ángeles, que podría ser la de mi madre o la madre de usted, lector, y me entran ganas de dar coces en el aire.

Leo la vida de María de los Ángeles, que podría ser la de mi madre o la madre de usted, lector, y me entran ganas de dar coces en el aire. Y podrán, lector, gustarle o no los toros, pero la verdad es la misma: vienen tiempos oscuros y justo por eso tenemos que invocar las luces, las de un traje llamado razón. Y aunque ése, los toros, no es el tema exacto de este texto, aun siéndolo, procuro decir otra cosa: que toca apretarse el corazón y entender que en todos los lugares nos espera una guerra, una a la que no hemos acudido a pedir perdón, sino a morir matando; porque no la elegimos.

En esta mujer habitaba la rebeldía de Antígona, aunque ella no lo supiese; la misma que sintieron las sufragistas, o los oprimidos por cualquier arbitrariedad.

En esta mujer habitaba la rebeldía de Antígona, aunque ella no lo supiese; la misma que sintieron las sufragistas, o los oprimidos por cualquier arbitrariedad. Y de eso hablo, lector, de eso: de resistir con la razón, con el trabajo, con el coraje de aquellos a los que no les basta hacerse víctimas. Y podría hablar del día de la mujer, pero me temo, aunque lo respeto, que no creo en ese tipo de efemérides, al menos no así. Prefiero las que celebran, en silencio, todos los días. Vinimos aquí a subir el listón, ya alto, de quienes nos alumbraron, de aquellos a los que todo les costó mucho más. Por eso hablo de esta mujer. Porque vinimos a ahorcar el miedo. Vinimos a dejar de ser mansos, a dejar de ser peluches.



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