Cultura

Sangre, poesía y pasión: la vida exagerada del Teatro Real

Este miércoles Gregorio Marañón y Plácido Domingo han presentado la historia del coliseo madrileño escrita por el periodista Rubén Amón y publicada por Alianza editorial

Rubén Amon escribe una historia del Teatro Real de Madrid.
Rubén Amon escribe una historia del Teatro Real de Madrid.

Sangre, poesía y pasión eran los requisitos que Giuseppe Verdi consideraba imprescindibles en una ópera para que fuese considerada tal. Tres palabras de naturaleza hiperbólica que el periodista Rubén Amón -fiel a su enfático estilo- ha elegido para titular la historia sobre el Teatro Real de Madrid publicada por el sello Alianza Editorial y que este miércoles ha presentado junto a Plácido Domingo y Gregorio Marañón en la sede del coliseo.

Alineados a contraluz ante una cristalera con vistas a la ciudad, el autor, el presidente del Real -elegido hace apenas unos días por tercera vez consecutiva- y el cantante lírico español más importante, explican el meollo de estas páginas. La biografía de un edificio que puede, ahora sí, dominar el paisaje  de una ciudad que durante años le dio la espalda. Basta leer el título del ensayo para darse cuenta:  Sangre, poesía y pasión. Dos siglos de música, ruido y silencio en el Teatro Real.

Como teatro de ópera, el Real ha estado más tiempo cerrado que abierto, una mala salud de hierro de la que Rubén Amón da cuenta como si una vida exagerada se tratara

El Teatro Real, escribe Rubén Amón, necesitó treinta y dos años para nacer: los que transcurrieron desde 1818 hasta 1850, el periodo que se consume entre que Fernando VII -¡ay, el rey felón!- ordenara la colocación de la primera piedra hasta la inauguración que presidió Isabel II -la reina castiza, la de los tristes destinos- en aquel paréntesis modernizador de un siglo marcado por una guerra de independencia y tres guerras civiles. A punto estuvo de morir el teatro, varias veces. Una en 1925, cuando fue declarado en ruinas. Otra en 1964, en los años del franquismo.

Como teatro de ópera, el Real ha estado más tiempo cerrado que abierto – 105 años contra 96-, una mala salud de hierro de la que Rubén Amón da cuenta como si una vida exagerada se tratara -un cuaderno de navegación, como el de Romaña-.  En las páginas de esta historia encargada por la institución -para que el periodista la escribiera a su aire y con total independencia, dice Marañón-, conviven los tiempos de mayor sinfonía -la visita de Verdi o el reestreno que hizo Plácido Domingo de Parsifal en 80 años después, 2001-  intercalados con periodos del más estrepitoso silencio y, lo que es peor, del ruido político de las demasiadas injerencias. Las de la dictadura y las de la democracia.

"El Teatro Real adquiere una posición dominante ante una ciudad que siempre le fue hostil", dice Amón con una fila de campanarios y pináculos modernos a sus espaldas:  desde edificio de Telefónica hasta los ductos de ventilación de Preciados.  Y si hoy el Real vive rozagante tras aquellos años de hambruna es porque ha alcanzado, asegura el periodista, una independencia política, institucional y económica que le permitió corregir esos tiempos en los que el coliseo tuvo tantos directores artísticos como entrenadores el Atlético de Jesús Gil. En otras palabras: resurgir de sus cenizas, a perpetuidad. 

Al real lo salvaron y condenaron por igual falangistas y demócratas. Lo resucitó, acaso, la vocación que tienen -como los puentes- las cosas duraderas

Espejo de su tiempo, el Teatro Real acogió las revoluciones tecnológicas -la luz eléctrica una de ellas- y las sociales. Su salón de baile alojó sesiones del Congreso de los Diputados en 1841 y, al mismo tiempo, se convirtió en la diana de la necedad política: desde su uso como elemento de propaganda hasta su destino como arma arrojadiza en tiempos de democracia. Lo salvaron y condenaron por igual falangistas y demócratas. Lo resucitó, acaso, la vocación que tienen -como los puentes- las cosas duraderas. De un tiempo extinto a otro de extinción.

A lo largo de ocho capítulos que sirven de biografía ciudadana, el periodista Rubén Amón desgrana el espíritu de comunión y tragedia que envuelve todo cuanto ocurre en el interior del Real. Al título del ensayo lo jalonan la hipérbole… y la verdad, los extremos de una misma historia.  "La vida del Teatro Real recorre esos dos ciclos: el de la música, pero también el del ruido y el silencio. Eso es lo que cuenta este libro, a través de un tiempo y sus personajes. Desde sus inicios hasta … y por qué no los años de Gerard Mortier”, agrega Gregorio Marañón, no sin intención, al referirse al polémico director artístico que precedió a Joan Matabosch, quien tomó el testigo del fallecido Mortier y cuya gestión Plácido Domingo ha calificado como "una etapa de oro", por la mezcla que ha conseguido en su repertorio entre lo clásico y lo innovador.  

Plácido Domingo evoca aquella función de julio de 2010 en la que volvió al escenario del Real, ya no como tenor sino como barítono en el papel de Simon Boccanegra

De la hipótesis tremebunda de la tragedia a la catarsis de la larga vida. El Real es un teatro de tenores, dice Amón. En su escenario los más importantes intérpretes vivieron su consumición y renacimiento. Desde el decimonónico Julian Gayarre hasta Plácido Domingo, quien evoca esta tarde la función de julio de 2010 en la que, tras padecer un cáncer de colon, volvió al escenario del Real, ya no como tenor sino como barítono en el papel de Simon Boccanegra. Aquella función en la que sacó pecho, voz y capote… con una capa del dux genovés. En buena medida azuzado por Amón,  Domingo dio cuenta de su costumbre de entonar un pasaje que cantará la próxima vez en el teatro del que acaba de despedirse e incluso recordó, porque así lo apuntó Elena Salgado (ex ministra socialista y gerente del real en 1996), el día en que pergeñó unas notas de Parsifal en el escenario aún en obras de un teatro en construcción.

Desde los años en los que Verdi estrenó La forza del destino hasta Adelina y Julián Gayarre -a lo Frascuello y Lagartijo- en la Lucia di Lammermoor de 1880...

Entre la música y el silencio. Así discurre el libro de Rubén Amón. Desde los años en los que Verdi estrenó La forza del destino y sostuvo un pulso con Wagner en el gusto del público madrileño, o aquellos en los que Adelina Patti  debutó con sus partituras de La Sonnambula bajo el brazo y rivalizó con Gayarre -a lo Frascuello y Lagartijo- en la Lucia di Lammermoor de 1880, hasta la castración de su reapertura como sala de conciertos, años también de fortuna con la visita de Karajan en 1968 o Leonard Bernstein enn 1984. 

En la sexta planta del Teatro Real de Madrid una cristalera despliega las vistas de la ciudad. Quienes escuchan, pasan revista a los edificios y a los nubarrones de tormenta a punto de descargar. Justo cuando se celebran los doscientos años desde que se colocó la primera piedra del edificio, en 1818, el Teatro Real puede, al fin, dominar  a la ciudad que durante años le dio la espalda. De eso va esa historia, de una perpetua resurrección. El tránsito del ruido … a la furia, contado por Rubén Amón,  alguien que se dice pianista elemental, y que encontró en el teclado su instrumento más afinado para contar esta historia.

Un detalle de la portada de 'Sangre, poesía y pasión' (Alianza), de Rubén Amón.
Un detalle de la portada de 'Sangre, poesía y pasión' (Alianza), de Rubén Amón.

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