Cultura

Pérez-Reverte: "Cualquier imbécil puede decir que es Espartaco, pero eso no se consigue haciendo tuits"

El escritor presenta una novela policíaca contada por un perro y que se desarrolla en el mundo de los sabuesos

Pérez-Reverte, esta semana en la presentación de su nueva novela.
Pérez-Reverte, esta semana en la presentación de su nueva novela. EFE

Un tipo duro, Negro. Con dientes para sujetar y desollar. Con sólidos silencios, los que provienen de la memoria de alguien que hirió y mató. Alguien que luchó en una arena sucia rodeado de hombres dispuestos a pagar su muerte o cobrar la de su oponente. Alguien roto, como aquellos que Arturo Pérez-Reverte conoció en sus años de reportero de guerra y que ha volcado en sus obras desde hace más de veinte años: héroes con fisuras, gente que olvidó quién era, luchando. A diferencia de los otros personajes de su obra, Negro es un mastín español mezclado con fila brasileño. Es, pues, un perro. Ese es el protagonista de la más reciente novela del académico y periodista: Los perros duros no bailan (Alfaguara), un libro que vuelve a confirmar que Pérez-Reverte está en su mejor momento. Del mercenario Falcó al sabueso. Se divierte. Experimenta.

Pérez-Reverte se resiste a hablar de actualidad, aunque no se resiste a contestar, con un eufemismo, a la pregunta sobre la reflexión de libertad del libro: "Cualquier imbécil puede creerse Espartaco, pero eso no se consigue poniendo tuits... ¿sabes a quién me refiero, verdad?"

Escrita en apenas un mes -agosto del verano pasado-, este libro surgió con la velocidad de quienes tienen una idea en mente desde hace años, escribiéndose en silencio. Los perros duros no bailan es el motivo por el cual Arturo Pérez-Reverte se presenta ante un grupo de periodistas en una rueda de prensa celebrada este jueves, y en compañía de su editora Pilar Reyes, quien se ha referido a ésta como una "novela revertiana". El académico viste pantalones de pinza. Americana de paño grueso. El cabello rasurado, muy corto. Espartano. Impoluto. Pérez-Reverte ha venido a hablar de su nueva criatura. Con cintura de peso welter, el escritor esquiva los anzuelos con los que la prensa pretende pescar un titular de actualidad. Ni Cataluña, ni migrantes, ni hostias. El hueso duro de roer está bien sujeto en sus mandíbulas: esta novela. Aunque no se resiste a contestar, con un eufemismo, a la pregunta sobre la reflexión de libertad presente en este libro: "Cualquier imbécil puede creerse Espartaco, pero eso no se consigue poniendo tuits... ¿sabes a quién me refiero, verdad?", dijo antes de dar por cerrado el asunto actualidad. 

"No era mi objetivo denunciar nada pero era una derivada. Las peleas de perros están presente en el fondo de la novela. En España el maltrato animal sale casi gratis"

"Es una novela polaciaca pura y dura, limpia", dice Pérez-Reverte. Eso sí: advierte una cosa, su trasfondo. Las peleas de perros como escenario de crueldad. "Es policiaca canonica, porque es corta, seca... tiene humor, tiene ironía, tiene guasa, pero también el lado amargo y triste. No era mi objetivo denunciar nada pero era una derivada. Las peleas de perros están presente en el fondo de la novela. En España el maltrato animal sale casi gratis. La ley española contra el maltrato animal es la más infame en Europa, deja inefensos a los animales", explica el escritor y académico. Pero hay más: asumir la voz de un perro le permitía a Pérez-Reverte escribir con más libertad sobre temas que hoy, por exceso de corrección política y linchamiento en redes, son más complejos de abordar. Aunque eso a Pérez-Reverte le trae sin cuidado, pero no deja de preocuparle efecto que pueda tener en los periodistas. "Peor que la crisis económica ha sido la autocensura en los medios por la corrección política", ha dicho. 

Esta es también, una novela de lucha, que recuerda que "hay que estar continuamente ganándose la libertad", explica el escritor.

Esta es también, una novela de lucha, que recuerda que "hay que estar continuamente ganándose la libertad", explica el escritor. Si los hombres y mujeres que cobran vida en los libros de Arturo Pérez-Reverte están rotos, cómo no iban a estarlo sus perros. Los héroes revertianos tienen cicatrices: Lucas Corso, Diego Alatriste o la Teresa Mendoza de La reina del sur. Todos se han hecho en el combate, ocurra éste en el siglo XVI, el XX o en un descampado donde los humanos apuestan dinero mientras dos sabuesos se despedazan a dentelladas. Ese es el punto de partida de Los perros duros no bailan, una novela dotada de la fuerza que caracteriza la obra de Pérez-Reverte pero que conserva un rasgo singular: está protagonizada y narrada en primera persona por un sabueso que regresará a las peleas de perro para salvar a sus amigos. 

Las 160 páginas de Los perros duros no bailan se sostienen en la voz de Negro, el mastín español mezclado con fila brasileño, quien después de haber sobrevivido a las peleas de perros y de haberse reinventado como un sabueso guardián, se ve obligado a regresar a aquel infierno para rescatar a dos amigos: Teo y Boris el Guapo, un rodesiano pelirrojo y un lebrel, ambos secuestrados y obligados a pelear en naves industriales. Por sus amigos, Negro volverá a la arena de lucha en la que despedazó decenas de sparrings y luchadores. Una lista de vencidos que forjaron, a su pesar, su fama de fiero campeón. De asesino. Transcurrido el tiempo, y convertido ya en sabueso guardián, Negro vive atormentado por los recuerdos de los perros que hirió y mató, ese sitio al que no desea regresar. Pero lo hará. Por lealtad.

"Con Negro quise simbolizar la lealtad y el coraje, el valor y la dignifidad. Enfrentarte y pelear aun sabiendo que no vas a ganar. Estoy muy orgulloso de este personaje, de Negro. Me gusta ese perro. Ese perro me hubiese gustado que fuera mío".

En conversación con la prensa, Pérez-Reverte contesta a distintas preguntas y ofrece sus impresiones. "He perdido el respeto por muchos seres humanos pero jamás a los perros", dice. "Yo ya no puedo escribir de otro tipo de personajes, cada quiene es rehén de su propia vida. Me interesa el héroe cansado, tipo Alatriste. Me interesan los personajes que tienen una historia y a quienes la vida le ha dejado marcas. Con la edad uno va perdiendo las palabras con mayúsculas: la lealtad y dignidad son las únicas palabras que me quedan y los perros tienen ambas. Con Negro quise simbolizar la lealtad y el coraje, el valor y la dignifidad. Enfrentarte y pelear aun sabiendo que no vas a ganar. Estoy muy orgulloso de este personaje, de Negro. Me gusta ese perro. Ese perro me hubiese gustado que fuera mío".

Es una historia de supervivencia, dotada de humor, crueldad y ternura, atributos acaso enfrentados que el escritor reúne tirando de la cadena del estilo y el oficio. Esta novela bebe del espíritu de El coloquio de los perros de Cervantes, pero también de Jack London y Rudyard Kipling, explica Pérez-Reverte, quien admite haber hecho un guiño a Norman Mailer y a su novela Los tipos duros no bailan. "Porque mis perros son así, son duras. No bailan. Este personaje es muy mío. Es muy Pintor de batallas. Su mirada nunca podrá ser inocente y simpática porque ha visto cosas que no ha querido ver".

"Porque mis perros son así, son duras. No bailan. Este personaje es muy mío. Es muy Pintor de batallas"

Así lo dice también en las páginas de este libro. "Aquella noche arriesgaba mucho más que un juego, una caricia o un bocado sabroso. Me iba la vida, y también la de Teo y Boris el Guapo", escribe Pérez-Reverte para colocar palabras en la boca del mastín. Negro se convertirá en un voluntario al infierno. Para entrar en el territorio enemigo, el mastín provoca una pelea con el dogo guardián de la Cañada Negra, una zona de chabolas donde cientos de perros son condenados a pelear por dinero: unos lo hacen como sparrings, pobres desgraciados a los que despedazan; otros, lo hacen como luchadores, entrenados a conciencia para matar a mordiscos a cualquier oponente en el Desolladero, ese lugar donde se libran los peores combates. Precedido por su fama de luchador, Negro se abre paso con un solo propósito: conseguir a Teo y Boris el Guapo y sacarlos de ahí.

Como ya había asomado en Perros ehijos de perra (Alfaguara), aquel volumen de textos en los que el escritor volcó su amor y admiración por los canes, en Los perros duros no bailan, Arturo Pérez-Reverte coloca el acento en la nobleza de unos seres de cuya lealtad muchas veces son indignos los humanos que se dicen sus amos. Desde los que secuestran, raptan, drogan y maltratan en las peleas clandestinas, hasta esos que abandonan a sus perros, confinándolos a una muerte segura. En esa hendidura de la fidelidad, Arturo Pérez-Reverte deja espacio para ilustrar la paradoja de humanos que renuncian a su propia condición en los actos que ejecutan.

Todos los perros de esta historia -incluso los cobardes-, son luchadores. Se redimen en su atávica naturaleza. El instinto como espacio de libertad. Es la llamada de lo salvaje. Esa genética cuya fuerza estos personajes no consiguen apaciguar ni adormecer, aunque se reúnan en el Abrevadero para dar lametazos al agua anisada que anima sus largas tertulias. Ésa es una de las vetas más fértiles de esta historia: una novela que esconde en sus páginas un alegato a la libertad, la furia que mueve a los hombres y animales a volver a sus orígenes, aunque en el caso de los segundos, esa ruta está señalizada por la más elemental y hermosa nobleza.

Un detalle de la cubierta de 'Los perros duros no bailan', de Arturo Pérez-Reverte, publicada por Alfaguara.
Un detalle de la cubierta de 'Los perros duros no bailan', de Arturo Pérez-Reverte, publicada por Alfaguara.



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